"Ocurre esto muchas veces, no hacemos las preguntas porque aún no estábamos preparados para oír las respuestas, o, simplemente, por tener miedo de ellas. Y, cuando encontramos el valor suficiente para hacerlas, es frecuente que no nos respondan, como hará Jesús cuando un día le pregunten, Qué es la verdad, entonces se callará hasta hoy". José Saramago
Un mundo, dos civilizaciones
Ryszard Kapuscinski
En las sociedades históricas todo ha sido decidido en el pasado. Sus energías, sentimientos y pasiones están orientados al pasado, dedicados a la discusión de la historia, al significado de la historia. Viven en el reino de la leyenda y de los linajes fundadores. Son incapaces de hablar del futuro, porque el futuro no despierta en ellos la misma pasión que su historia. Es gente histórica, que nace y vive en la historia de las grandes luchas, divisiones y conflictos. Son como un viejo ex combatiente de guerra, que sólo quiere hablar de la gran experiencia que le proporcionó tan hondas emociones que nunca pudo olvidarlas. Las sociedades históricas viven con este peso que nubla sus mentes y su imaginación. Están obligadas a vivir profundamente en la historia; así se identifican. Si la pierden, pierden su identidad. Entonces no sólo serán anónimos, habrán dejado de existir. Olvidar la historia sería olvidarse de sí mismos, una imposibilidad biológica y psicológica. Es una cuestión de supervivencia.
Pero para crear nuevos valores, una sociedad tiene que tener una mente limpia que le permita concentrarse en algo orientado al futuro. Ésta es la tragedia en la que están atrapadas las sociedades históricas. Estados Unidos es, en cambio, una nación afortunada. No tiene problemas con la historia. Su mentalidad está abierta al futuro. Al ser una sociedad joven puede ser creativa sin que el peso de la historia tire de ella, sujetándola por la pierna, atando sus manos. El peligro para EE.UU. –y para el resto del mundo– es que su desarrollo sea tan dinámico y creativo que llegue a convertirse en un mundo completamente distinto en este mismo planeta. EE UU produce a diario elementos de una civilización totalmente nueva que se aleja cada vez más de la del resto del mundo. La diferencia no está sólo en la riqueza y la tecnología, sino en la mentalidad. La posición y el poder del dinámico EE UU y la parálisis de las sociedades históricas es el gran problema para el futuro de la humanidad. A diferencia de lo que creíamos hace 20 años, el mundo no converge, sino que se separa como las galaxias.
Cuando fui por primera vez a África, hace 30 años, encontré algo de agricultura, infraestructura y medicina modernas. Había un cierto paralelo con la Europa que había sido destruida por la guerra. Hoy, hasta lo que el colonialismo dejó en África se ha deteriorado. No se ha construido nada nuevo. Y mientras tanto, EE UU está entrando en el ciberespacio.
Tras la II Guerra Mundial, hubo un gran despertar de las conciencias en el Tercer Mundo. La guerra demostró, especialmente para África y Asia, que los países amos, como Francia o Gran Bretaña, podían ser vencidos. Además, los centros de poder del mundo se desplazaron de los imperios alemán, japonés, francés y británico a EE UU y la URSS, países sin tradición de potencia colonial. Estos acontecimientos convencieron a los jóvenes nacionalistas del Tercer Mundo de que podían alcanzar la independencia.
La lucha por la independencia tuvo tres etapas. Primero llegaron los movimientos de liberación nacional, especialmente en los países asiáticos más grandes. La India obtuvo la independencia en 1947 y China en 1949. Este periodo concluyó con la Conferencia de Bandung en 1955, donde nació la primera filosofía política del Tercer Mundo: el no alineamiento. La promovieron las grandes y pintorescas figuras de los cincuenta: Nehru en la India, Nasser en Egipto y Sukarno en Indonesia. La segunda etapa, en la década de los sesenta, se caracterizó por un gran optimismo: la descolonización se extendió con rapidez junto a la filosofía de la no alineación como guía. En 1964, 14 países africanos consiguieron la independencia. En la tercera etapa, que comenzó en los años setenta, el gran optimismo que había acompañado al nacimiento de las naciones empezó a esfumarse. Se comprobó que pensar que independencia nacional significaría automáticamente independencia económica y cultural era utópico e irreal.
La cuarta etapa se abrió con la revolución iraní de 1979, que surgió como una reacción a las optimistas iniciativas de desarrollo. El carácter tecnocrático de los valores modernos y los planes industriales del periodo optimista pasaron por alto la dimensión crucial de las sociedades históricas: los valores éticos y religiosos de la tradición. Las sociedades histórico-tradicionales rechazaron esta nueva forma de vida porque sentían que amenazaban a la parte más elemental de su identidad.
La rápida importación de tecnología en Irán, por ejemplo, era también percibida por los iraníes como una humillación para un pueblo con una cultura tan antigua. Como no eran capaces de aprender la tecnología, se sentían avergonzados. Esa humillación provocó una reacción muy fuerte. Los iraníes casi destruyeron las fábricas de azúcar construidas por especialistas europeos debido a la enorme ira que sentían. Consideraban que, como extranjera, esa tecnología había sido incorporada para dominarles. El cambio fue tan rápido que no fueron capaces de aceptarlo. Las grandes masas iraníes que siguieron al ayatolá Jomeini pensaban que los grandes planes económicos del sha y sus consejeros occidentalizados no servían para conducirlos al paraíso. En consecuencia, se acentuaron aún más los valores antiguos. La gente se defendía escondiéndose en los viejos valores. Las viejas tradiciones y la antigua religión eran el único cobijo a su alcance.
Los movimientos emocionales y religiosos que contemplamos hoy día en todo el mundo islámico son sólo el comienzo. La revolución iraní abrió un nuevo periodo en los países del Tercer Mundo: el periodo de la descolonización cultural. Pero esta contrarrevolución no puede triunfar. No es creativa, sino defensiva. Sigue estando definida por aquello que niega. Conduce a la parálisis. Mientras tanto, EE UU sigue avanzando, en comparación, a la velocidad de la luz. Nada cambiará a no ser que las sociedades históricas aprendan a crear, a hacer una revolución de la mente, de la actitud, de la organización. Si no destruyen la historia, ésta les destruirá a ellos.
Ryszard Kapuscinski es periodista y escritor polaco. © New Perspectives Quarterly. Distribuido por Los Angeles Times Syndicate International. Domingo, 24 de febrero de 2002. © Diario El País
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De lo que se dice de Ruanda sólo es cierto su tragedia
Ryszard Kapuscinski
De todo cuanto oyen y leen los europeos sobre Ruanda, lo único que es rigurosamente cierto es la tragedia de su población. El resto está contaminado por una ignorancia casi total.
Para enderezar los entuertos hay que empezar por decir que el conflicto que azota al corazón geográfico de Africa no es étnico, racial ni tribal. Quienes definen a los hutus y tutsis como dos tribus, dos etnias enfrentadas, no saben lo que dicen. Los tutsis, que llegaron a Ruanda y a Burundi hace cientos de años, seguramente de algún lugar de la península Arábiga o de Etiopía, son, utilizando la terminología conocida en España, la «casta de hidalgos», los aristócratas, mientras que los hutus forman la casta de los pobres, de los campesinos.
Los tutsis eran, de siempre, los propietarios de grandes rebaños, mientras que los hutus eran labradores.
Se trata, pues, de una estructura social más similar a la de la India que a la que enfrenta a distintas etnias en diferentes partes del mundo; por ejemplo, en la ex Yugoslavia.
Los tutsis y los hutus, divididos en castas, convivieron, mal que bien, en Ruanda (y en Burundi) durante varios siglos, formando una sociedad bien organizada de tipo feudal. Los primeros síntomas de un conflicto enconado aparecieron en los años sesenta, cuando Africa, recién salida del colonialismo, conoció el comienzo de la gran explosión demográfica, que sigue siendo su talón de Aquiles.
La región de los Grandes Lagos es la parte de Africa más densamente poblada. Allí lo esencial es la tierra, y el conflicto entre los tutsis ganaderos y los hutus labradores es un conflicto por la tierra, porque de ella depende la subsistencia de la casta, y tanto más en una zona donde la superficie de la tierra de utilidad agrícola, dadas las condiciones climáticas que imperan en el trópico, con sus abundantes lluvias, se reduce incesantemente.
La explosión demográfica coincidió con la lucha de clases por la tierra y con la crisis, muy dramática, de las estructuras de los Estados africanos que nacieron de la lucha por la liberación nacional y la independencia del colonialismo. Hemos sido testigos del desmoronamiento de Estados como Somalia, Liberia y Chad; de la guerra civil que destruye sistemáticamente Angola y de la que, a lo largo de 30 años, ya ha dividido en dos partes a Sudán.
Esa crisis de las estructuras del Estado se manifestó también en el Africa de los Grandes Lagos, es decir, Ruanda, Burundi y la parte oriental de Zaire. Esa región de Africa, muy alejada de los centros civilizadores y del mar, «descubierta» para Europa apenas en el año 1899, sufre un subdesarrollo singular. Las sociedades que la habitan han conservado hasta hoy sus anacrónicas estructuras porque no tuvieron posibilidad alguna de evolucionar hacia la modernidad.
Los colonialistas –primero los alemanes y luego los belgas– siempre aprovecharon las divergencias existentes en Ruanda entre los tutsis y los hutus para gobernar con más facilidad. Incluso, cuando concedieron la independencia al país, siguieron tratando de ser los árbitros supremos y perpetuar así su dominación.
En 1985 los tutsis que se encontraban en Uganda se unieron a la oposición armada local y conquistaron el poder para el actual presidente Yoveri Museveni. Los tutsis ruandeses que combatieron en Uganda, forjados como experimentados militares en muchas batallas, llegaron a la conclusión de que había llegado el momento de iniciar la reconquista del poder, se llenaron de coraje y decidieron invadir Ruanda para conseguir al fin el tan añorado retorno a su país. La invasión de los tutsis exiliados en Uganda comenzó en 1990.
Su gran sueño era retornar a sus tierras. Fue así como declararon la guerra a un cacique terriblemente sanguinario, el entonces presidente de Ruanda, Juvenal Habyarimana, de la casta hutu. Nada lo hubiese salvado de no haber sido por la ayuda que le prestó el Gobierno de Francia.
Es verdad que la intervención armada francesa a favor del régimen militar de Habyarimana no consiguió derrotar a los tutsis, pero sí logró contener su avance, y Ruanda quedó, en la práctica, partida en dos, una controlada por el Frente de Liberación de Ruanda, integrado por los refugiados y exiliados tutsis que, deseando volver a su país, habían entrado desde Uganda, y la otra controlada por el régimen de hutu Habyarimana.
A partir de entonces, los hutus, apoyados por los franceses que incluso adiestraron a escuadrones de la muerte, se prepararon para acabar de una vez por todas con los tutsis. El régimen hutu elaboró listas muy detalladas con los nombres y domicilios de las víctimas tutsis y esperaba con impaciencia el momento más oportuno para entrar en acción.
A principios de abril de 1994 fue abatido el avión en el que viajaba el presidente ruandés Habyarimana, y aquel suceso fue la tan esperaba señal para comenzar la indiscriminada matanza. Comenzó entonces un exterminio sistemático de los tutsis que duró tres meses enteros y que segó la vida, según se calcula, de varios cientos de miles de personas en lo que ha sido calificada por muchos como una de las mayores hecatombes de la segunda mitad del siglo XX.
Como se podía esperar, los tutsis no se quedaron con los brazos cruzados.
Las unidades armadas de los tutsis, que ya controlaban parte de Ruanda, iniciaron la ofensiva contra los hutus, los desalojaron de Kigali y conquistaron el poder. Conozco personalmente a Paul Kagame, viceprimer ministro del nuevo Gobierno tutsi ruandés y ministro de Defensa, y puedo asegurar que es un hombre bien preparado, joven y muy dinámico que puede jactarse de ser «el hombre fuerte» de las fuerzas que derrocaron al sanguinario régimen hutu.
Pero la conquista del poder no significó –porque no podía significar– el fin de los horrores en Ruanda. Los hutus vencidos se retiraron a Zaire. Lo hicieron cientos de miles de civiles, pero con ellos lo hizo también el Ejército hutu, derrotado pero no liquidado. Ese Ejército, hay que decirlo, se instaló en los campos de refugiados y vivió de la ayuda humanitaria internacional.
Todos nosotros, los ciudadanos de los países que pertenecen a la ONU, los hemos estado alimentando y manteniendo con nuestro dinero durante los últimos años. No sólo ni Zaire ni las organizaciones internacionales lo desarmaron, sino que contó con el apoyo de los caciques del antiguo Congo Belga, con los amos de sus provincias orientales. Zaire es hoy otro Estado africano que se desintegra en el que son los caciques locales quienes mandan y sus intereses los que priman.
Esos caciques, que podríamos definir como «los señores de la guerra» en la zona, amos de los diamantes y del narcotráfico, pensaron que, con ayuda del ejército hutu, podrían desalojar a los tutsi del poder en Ruanda e incluso en Burundi, y ampliar así sus dominios sometiendo a dos Estados aún independientes a un nuevo yugo colonial. Y esas aspiraciones fueron precisamente la causa de la guerra que se libra actualmente en la región.
Los caciques zaireños decidieron asestar el primer golpe a los tutsi que vivían desde hacía decenios en el Zaire oriental, y trataron de expulsar de sus dominios a decenas de miles de personas que no tenían a donde ir, porque habían abandonado Ruanda hacía muchos años. Los refugiados tutsi, en una reacción desesperada de autodefensa, empuñaron las armas y comenzó la guerra que ahora ensangrienta la región de los Grandes Lagos.
En el escenario de esa guerra tenemos a un Zaire que se descompone y en el que priman los intereses de los caciques locales, un Ejército hutu bien armado y adiestrado, también por los franceses, y deseoso de recuperar el poder para su casta, los refugiados tutsis de Zaire, que defienden su supervivencia, y los Ejércitos tutsi de Ruanda y Burundi que no están dispuestos a entregar sus países.
Un rasgo singular de la región es que todos esos protagonistas están muy bien armados, porque la oferta de armas ligeras es, en Africa, inmejorable. Hay armas de fabricación belga, francesa, árabe y, sobre todo, norteamericana. El único problema es tener dinero para comprarlas. Pero curiosamente, en Africa el dinero para armas nunca falta, incluso en los países más hambrientos.
Hoy tenemos en la región de los Grandes Lagos el conflicto político que se deriva de la desintegración de Zaire y de las aspiraciones de los caciques de sus provincias orientales a conseguir el dominio en Ruanda y Burundi con ayuda del Ejército hutu. Primero quieren invadir Ruanda y ocuparla, y luego Burundi, para ampliar así sus dominios. Se enfrentan a esas aspiraciones Ruanda y Burundi, que, valiéndose de las huestes armadas de refugiados tutsi que viven en el antiguo Congo Belga, tratan de acelerar la desintegración de Zaire y ampliar así su zona de influencia.
La tarea de los tutsi parece facilitada por el hecho de que Zaire es un país sin vías de comunicación, donde en la capital nadie sabe lo que ocurre en las provincias orientales. Desde el punto de vista humanitario, el conflicto de Ruanda es trágico a más no poder, porque mueren sin remedio miles de personas. Los fugitivos que no mueren ametrallados perecen, tarde o temprano, de hambre o por culpa de las muchas enfermedades que los atacan. Y no podemos olvidar que, aunque la guerra es un problema de los Ejércitos enfrentados, la víctima principal es la población civil.
Dicen las estadísticas que en la Primera Guerra Mundial sólo el 5% de las víctimas se produjo entre la población civil, mientras que en los conflictos africanos el 80% de las víctimas son civiles y, sobre todo, mujeres y niños.
En el aspecto internacional no parece que el conflicto de la región de los Grandes Lagos pueda ser un peligro real para la paz en el continente africano. Por el contrario, todo indica que será un conflicto muy largo, un conflicto que se apagará de vez en cuando para brotar nuevamente con intensidad, pero limitado sólo al área afectada ahora por la contienda.
Eso sí, no parece haber posibilidad alguna para poner fin al conflicto, aunque sí podrán producirse intentos para suavizarlos con compromisos, más o menos duraderos pero no definitivos. Y esa realidad parece ser aceptada por todos los protagonistas internacionales. Los Gobiernos de Africa carecen de dinero para poner en marcha una intervención eficaz, y tampoco dan señales de que les importe demasiado el problema. La ONU tampoco quiere empeñarse en el asunto, porque en general no hay países en el mundo dispuestos a enviar a sus hombres a morir fuera de sus fronteras. Por último, hay que subrayar que el mundo rico no se interesa por el mundo pobre.
El mundo rico tiene sus propias preocupaciones, como pueden ser el mantenimiento del alto nivel de consumo o la lucha contra el paro o el narcotráfico. De ahí que, en lo que concierne a la tragedia de la región de los Grandes Lagos, podamos esperar solamente soluciones parciales que en ningún caso resolverán el actual conflicto.
(*) Ryszard Kapuscinski es periodista, autor, entre otros libros, de “El emperador” y “La guerra del fútbol”.
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martes, mayo 24, 2011
La globalización del mal
"... en nombre de cosas tales, letras, libros y banderas andan las personas matándose unas a otras..." José Saramago
La globalización del mal
Ryszard Kapuscinski
Vivimos en un mundo muy complejo, lleno de diferencias, con muchos niveles y planos. Por eso, para responder a la pregunta de si el mundo de hoy es distinto al que existía antes del 11 de septiembre, primero tenemos que definir el punto de partida de nuestro análisis de la realidad. Yo parto de la perspectiva que tiene el reportero, un testigo de los conflictos y transformaciones culturales que se pueden observar viajando por el mundo. Si admitimos que la realidad que nos rodea puede ser representada por una pirámide, veremos que en su base, en el punto más bajo, allí donde está el plano de las relaciones entre los seres humanos, de la vida cotidiana, nada o muy poco ha cambiado. No cabe la menor duda de que el 11 de septiembre fue un día trágico para las personas que murieron aplastadas por los escombros de las Torres Gemelas, para sus familiares y amigos más cercanos, pero lo cierto es que la humanidad sigue levantándose cada día, como lo hacía antes del ataque, para trabajar, educar a los niños, planear las vacaciones, gozar de las alegrías, sufrir enfermedades y, en definitiva, para morir. La prosaica vida cotidiana siempre se impone y triunfa. Los temores e inquietudes que sentían los hombres antes del 11 de septiembre siguen presentes en sus vidas. No hay indicios de que, en el futuro más cercano y en ese nivel de la vida, se producirá algún cambio fundamental. La historia nos confirma que las grandes crisis que ya azotaron a la humanidad en el pasado demostraron su extraordinaria resistencia. Muchos han afirmado que en el nivel más bajo de nuestra pirámide aumentaría la animosidad de los europeos y norteamericanos hacia los árabes y que entre los musulmanes también crecería la hostilidad hacia los ciudadanos occidentales. Muchos han previsto la intensificación de los conflictos entre las dos civilizaciones, pero nada de eso ha sucedido. En Occidente, los ataques contra los musulmanes han sido esporádicos y de mínima significación. Al mismo tiempo, yo no he sentido cambio alguno en el tratamiento que me otorgan en los países árabes que visito. Donde sí se han producido cambios importantes es en los niveles superiores de nuestra pirámide. En primer lugar, los sucesos del 11 de septiembre demostraron que la distancia ya no basta de por sí para garantizar la seguridad. Descubrimos con horror que la distancia ya no nos pone a salvo. Hoy podemos ser blancos y víctimas de ataques terroristas todos y en cualquier punto del planeta. En una palabra, después del 11 de septiembre ya no nos sentimos seguros, cuando vivimos lejos del enemigo en potencia; ya no nos sentimos particularmente protegidos por el océano que nos separa de él. En segundo lugar, el 11 de septiembre demostró que en nuestro globo ya no hay santuarios. Y no sólo se trata de que todos puedan ser atacados por todos, de que cualquier país pueda atacar a otro. Ese peligro ya existía mucho antes. La novedad del 11 de septiembre consiste en que demostró que en el mundo hay fuerzas que no representan los intereses de un determinado Estado, pero que, a pesar de ello, constituyen un enorme peligro incluso para los más potentes. Hasta ahora, el pensamiento estratégico se basaba en el supuesto de que las guerras se libraban entre Estados. Hoy, los estrategas tienen que remodelar con urgencia sus ideas, porque a los Estados se enfrentan fuerzas difíciles de situar. Ha cambiado la imagen del enemigo, porque ya no viste un uniforme concreto, lo cual dificulta su identificación, pero también porque puede hacer mucho daño, aunque no tiene tanques ni cañones. Es muy difícil combatir a un enemigo imposible de situar y con planes imposibles de conocer. Antes, cuando teníamos buenas relaciones con un Estado, podíamos tener casi la absoluta seguridad de que no sería un peligro para nosotros. Hoy podemos tener magníficos contactos políticos, económicos y culturales con un país y ser víctimas de un ataque lanzado desde su territorio. Esto se debe a que han aparecido fuerzas que no se someten a ningún centro de poder, que no representan los intereses de Estados concretos, pero que están en condiciones de aprovechar el territorio o la infraestructura de un país para atacar a otro. Esa situación nos confirma que ya somos testigos de la globalización del mal. Consiguen voz y voto –con sus actos– organizaciones y fuerzas que actúan al margen de las estructuras de los Estados nacionales. Y ese proceso no concierne solamente al terrorismo. Se relaciona también con el narcotráfico, la compra y venta de armas y otras fechorías. Eso significa que ha aparecido un ente internacional totalmente nuevo, aún no definido del todo, que escapa a las formas que tenían hasta ahora los sujetos de la vida internacional. Fortalecimiento del Estado Un tercer cambio generado por el 11 de septiembre es el fortalecimiento de la idea del Estado, algo paradójico, porque el terrorismo siempre busca su debilitamiento. La globalización neoliberal también debilitó mucho el papel del Estado, porque promovió las corporaciones supranacionales, el flujo ilimitado de los capitales y la creación de mercados financieros mundiales. Como consecuencia, el Estado fue en gran medida marginado. Esa consecuencia la sufrió también Estados Unidos, país en el que había una oposición cada vez más potente ante una posición demasiado fuerte del poder estatal. '¿Para qué queremos un Gobierno tan potente? ¿Para qué pagamos impuestos tan altos?', preguntaban muchos norteamericanos. Sin embargo, el 11 de septiembre demostró que, en el mundo contemporáneo, las sociedades pueden sentirse seguras y protegidas solamente dentro de los Estados. Sólo el Estado puede garantizar la correspondiente protección a la sociedad. El ataque contra Estados Unidos demostró que el hombre y la sociedad no pueden funcionar sin el Estado. Desde el 11 de septiembre –y éste es otro cambio importante–, la globalización se valora de otra manera. Hasta ahora prevalecía la opinión de que era una bendición para la humanidad, algo que nos ayudaría a resolver todos los problemas. Mientras tanto, nos topamos, por sorpresa, con otros rostros muy distintos de la globalización, que es un proceso lleno de contradicciones internas, un proceso que puede generar fenómenos negativos. George Soros, una gran figura de las finanzas mundiales, advierte en “On Globalization” que ese proceso genera también grandes amenazas. Soros advierte que crece la dominación de dos grandes instituciones financieras, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, que ya imponen sus concepciones a los Estados nacionales debilitando su posición. Los sucesos del 11 de septiembre nos obligaron a percibir el mundo con más serenidad y ecuanimidad. Pudieron convertirse, incluso, en el punto de partida para un análisis serio y profundo de la situación en nuestro planeta. Lamentablemente, lo único que se supo hacer fue dar una respuesta militar a los terroristas. Nos dejamos embaucar por algunos políticos que sostienen que, si no fuese por el terrorismo, viviríamos en el mejor de los mundos. Pero la verdad es que, como dijo un comentarista norteamericano, 'el derrumbamiento de las Torres Gemelas fue el fin de las vacaciones que tomamos de la historia'. El fin de la guerra fría se caracterizó por la euforia que sentíamos tras el fracaso del comunismo. Parecía que todos los problemas habían terminado. Mientras tanto, aunque el ataque contra EE UU demostró que la euforia era prematura, nosotros no supimos abordar con seriedad lo que puede depararnos el futuro. Desaprovechamos la oportunidad que se nos presentó para tratar con seriedad los problemas que acarrea la globalización. Yo creo que el terrorismo, tanto el individual como el que practicaron y practican distintas organizaciones, jamás fue una gran amenaza para el mundo. Algo muy distinto es el terrorismo de Estado que practicaron y practican los regímenes totalitarios. La mayoría de las sociedades del mundo no se sienten amenazadas por el terrorismo. Claro que en la historia de muchos países el terrorismo dejó huellas, pero se trata de actos de importancia secundaria. El problema que ahora enfrentamos consiste en la dimensión global del terrorismo. Ésa es una novedad, porque antes siempre fue practicado por organizaciones marginales. Hoy, lo que puede sobrecogernos es que un país tan potente como EE UU fue golpeado de manera dolorosa por una pequeña organización. Todos coinciden en que el gran éxito de Al Qaeda, una organización integrada apenas por varios miles de militantes, consistió en que supo aprovechar para sus propios fines el gran liberalismo que impera en EE UU y que se basa en la confianza mutua. Por ejemplo, allí bastaba dar el número de nuestra cuenta bancaria para disipar todas las dudas y ser tratado con la máxima confianza. Yo estuve en Estados Unidos antes del 11 de septiembre. Aterricé en el aeropuerto Kennedy de Nueva York. Tenía que coger allí el avión de Washington. Estuve media hora buscando el lugar en que debía embarcar. Recorrí el aeropuerto de cabo a rabo y me pareció que, de haber tenido malas intenciones, hubiese podido hacer cualquier cosa, porque nadie se interesó por mí. Antes de llegar a Estados Unidos, di prácticamente la vuelta al mundo y en todas partes me controlaron el equipaje, cosa que no ocurrió en Nueva York. Nos queda el consuelo de que los terroristas ya no podrán repetir un ataque como el del 11 de septiembre, porque la vigilancia ahora es muy grande. Los norteamericanos se han dado cuenta de que incluso un control mínimo en sus aeropuertos hubiese frustrado el ataque contra Nueva York y Washington. Por eso creo que después del 11 de septiembre, para aumentar la seguridad, no hacían falta las medidas típicas de un régimen policial. Hubiese bastado un control apenas algo mayor. En EE UU todos saben que la gran eficacia del sistema norteamericano radica en la libertad que garantiza. Toda limitación de esa libertad, por ejemplo, mediante el control estricto de las personas y mercancías en la frontera, sería un freno para el desarrollo. ¿Cuántos barcos de los miles y miles que atracan en los puertos de Estados Unidos pueden ser controlados? Apenas un pequeño porcentaje, porque, si quisiéramos controlarlos todos de manera minuciosa, provocaríamos la paralización de la economía. Todas las limitaciones de la libertad y de la democracia causan efectos muy negativos sobre el funcionamiento del capitalismo. El terrorismo podría ser erradicado completamente en veinticuatro horas, pero a condición de que implantásemos un régimen totalitario, y eso no estamos dispuestos a hacerlo, porque sabemos que destruiríamos la sociedad cívica y la democracia. Libertad y eficacia El conflicto entre la libertad y la eficacia de los sistemas estatales es, hoy por hoy, el problema más importante no sólo para EE UU, sino también para el mundo entero. Ése es, a mi modo de ver, uno de los retos más serios que se plantean ante la humanidad en el siglo XXI. Hay que definir las proporciones óptimas entre la seguridad por un lado y la libertad y el bienestar por otro, es decir, resolver un problema que todavía no ha sido planteado con toda la claridad que merece. En el siglo XIX y a comienzos del siglo XX, la libertad y la democracia no estaban en peligro. Hoy sí lo están, porque la globalización conduce hacia dos fenómenos sumamente peligrosos. El primero es la privatización de la violencia. La democracia y el capitalismo se desarrollaron en los tiempos en los que la aplicación de la violencia estaba monopolizada por el Estado. La violencia tenía uniformes, armas y carnés. El Estado era el único con derecho a hacer uso de la violencia. Hoy, cualquiera puede tener un arma, y hay cientos o miles de ejércitos privados. Hay que hacerse, pues, la pregunta: ¿cómo proteger en esas condiciones los mecanismos de la democracia? No sabemos responder a esa pregunta. Ahora bien, eso no significa que en EE UU no se analice el asunto. Por el contrario, ese país es uno de los centros de discusiones y análisis más serios sobre los fenómenos que aquí nos ocupan. Es en las universidades norteamericanas donde surgen los análisis más acertados sobre los fenómenos que tienen lugar en el mundo. Es también en EE UU donde encontraremos los mejores y más críticos análisis sobre EE UU. Y no es casual que sus adversarios más radicales aprovechen con frecuencia los argumentos formulados por los pensadores norteamericanos. El gran problema radica en que en Estados Unidos hay un gran abismo entre el pensamiento universitario y las concepciones de los círculos políticos. Cuando se conoce la vida de las universidades, uno se siente admirado por el nivel y la gran clase de las discusiones que se organizan en sus aulas. Lamentablemente, los políticos son totalmente impermeables a las ideas y argumentos de sus colegas profesores y científicos. Y ésa es otra prueba más de la complejidad que tienen la sociedad norteamericana y su sistema estatal. Sea como fuere, hay que reconocer que son las ideas formuladas en las escuelas superiores norteamericanas las que dictan hoy al mundo los temas de las principales discusiones y polémicas sobre el presente y el futuro. Todos los grandes debates de los últimos decenios concernieron a concepciones de gran importancia surgidas en EE UU, generadas por el pensamiento norteamericano. Un ejemplo muy útil es la tesis que formuló Francis Fukuyama sobre el fin de la historia. A principios de la década de los años noventa proclamó que el fin del comunismo significaba el fin de los conflictos. De esa circunstancia, el pensador norteamericano sacó la conclusión de que, por consiguiente, la democracia liberal triunfaría en todas partes en tanto que régimen ideal que desean todos los humanos. Seis años después, Samuel Huntington formuló su concepción sobre la confrontación entre las civilizaciones. Entonces se propagó la idea de que todos los conflictos existentes se debían a las diferencias entre las civilizaciones. La última gran idea fue formulada por Robert Kagan, autor de la afirmación de que los grandes aliados, Estados Unidos y Europa, se separan. Y es muy probable que esa circunstancia sea el cambio más importante promovido por los sucesos del 11 de septiembre. En el pasado hablamos de un mundo dividido en Norte y Sur y luego en ricos y pobres. Hace no muy poco se describía el mundo con la frase 'The West and the Rest' (Occidente y los demás). Hoy se reemplaza la palabra West con el término América: 'The America and the Rest'. Y Kagan hace referencia a ese nuevo paradigma en nuestro pensamiento sobre el mundo. Kagan afirma que ya no existe la noción occidente, que se ha producido una ruptura en el Atlántico. La guerra fría unió durante 50 años las dos orillas del océano. Hoy, cuando ya no existe el enemigo común, EE UU y Europa no quieren seguir caminando por la misma senda. Por el contrario, tienen dos visiones distintas del mundo y, por consiguiente, el abismo sólo puede ensancharse y profundizarse. La grieta apareció el 11 de septiembre, porque desde aquel día, la Administración norteamericana considera que en el resto del mundo imperan el desorden y la anarquía, es decir, un peligro mortal. Es esa concepción sobre el mundo la que induce a EE UU a concentrarse en la lucha. Washington cree que el caos puede ser controlado solamente con las armas. Y de ahí las enormes cuotas que gasta EE UU en armas, mucho más de lo que gastan todos los demás miembros de la Alianza Atlántica. Mientras tanto, Europa, que no olvida la experiencia de la II Guerra Mundial y de los regímenes totalitarios, promueve otra visión del mundo, kantiana, la visión de un mundo de paz eterna. Europa ve su visión civilizadora en el intercambio de ideas, en el mantenimiento de negociaciones y en la búsqueda de compromisos. Cuando las concepciones son tan distintas, tan dispares, es inútil pensar que EE UU y Europa conseguirán un punto de encuentro. Observamos una creciente marginación de las organizaciones internacionales. Prueba de ello es la ONU, que ya no desempeña el importante papel que tenía en el pasado. Ha perdido su autoridad incluso el Consejo de Seguridad, porque se dedica a aprobar resoluciones que nadie cumple. En esa situación no puede extrañar que en EE UU todos coincidan en que deben comportarse en el mundo como el 'sheriff' que impone el orden. Por eso, la discusión no se desarrolla en torno a si debe desempeñar o no ese papel, sino a cómo debe hacerlo. Ciertos círculos norteamericanos consideran que EE UU puede cumplir esa misión en solitario, por su cuenta y responsabilidad, mientras que otros creen que hay que conseguir aliados. El secretario de Defensa Donald Rumsfeld suele decir: 'Podemos arreglarnos solos'. El secretario de Estado Colin Powell es más prudente: 'Queremos montar una coalición'. Líderes y potencia Para saber qué camino elegirá en definitiva EE UU, tenemos que analizar lo que dicen sus líderes. Parece que confían plenamente en la potencia de su país y de sus fuerzas armadas, con las que nadie puede competir. Están convencidos de que únicamente EE UU puede realizar cualquier operación militar, en cualquier momento y en cualquier punto del planeta. Ese sentimiento de fuerza ilimitada que anima a los líderes norteamericanos no siempre va acompañado del conocimiento necesario sobre el mundo y sus complejos procesos. Por eso, los que preparan la guerra contra Irak tienen la seguridad de que alcanzarán un gran éxito. Más objetivos parecen ser los militares norteamericanos. Fueron sus analistas los que previeron en la década de los años noventa el aumento de los conflictos. Fueron los expertos del Pentágono los que indicaron que el enfrentamiento entre los ricos y los pobres, así como la falta de perspectivas, acumularían enormes capas de frustración, ira y agresión que se con vertirían en fuentes de trastornos muy difíciles de controlar. Pero no hay que perder la esperanza. En primer lugar, el hombre está dotado de un potente instinto de autoconservación y, en segundo lugar, las sociedades, por lo general, suelen rechazar las soluciones extremistas, radicales, y optar por los caminos de la prudencia y la moderación. Los extremistas pueden conseguir respaldo, pero sólo en el ámbito local y por poco tiempo. Cuando el hombre llega a un lugar en el que poco antes se combatió, donde aún se ven las huellas de los enfrentamientos, lo primero que suele hacer es limpiar el terreno, restablecer el orden. Los hombres, por lo regular ancianos, porque los jóvenes murieron en los choques, retiran los escombros, cierran con cartones las ventanas sin cristales y encienden el fuego. Las mujeres, mientras tanto, barren y cocinan. Todos juntos restablecen la normalidad, y ésa es la gran fuerza de la humanidad.
El País 29-9-2002
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La globalización del mal
Ryszard Kapuscinski
Vivimos en un mundo muy complejo, lleno de diferencias, con muchos niveles y planos. Por eso, para responder a la pregunta de si el mundo de hoy es distinto al que existía antes del 11 de septiembre, primero tenemos que definir el punto de partida de nuestro análisis de la realidad. Yo parto de la perspectiva que tiene el reportero, un testigo de los conflictos y transformaciones culturales que se pueden observar viajando por el mundo. Si admitimos que la realidad que nos rodea puede ser representada por una pirámide, veremos que en su base, en el punto más bajo, allí donde está el plano de las relaciones entre los seres humanos, de la vida cotidiana, nada o muy poco ha cambiado. No cabe la menor duda de que el 11 de septiembre fue un día trágico para las personas que murieron aplastadas por los escombros de las Torres Gemelas, para sus familiares y amigos más cercanos, pero lo cierto es que la humanidad sigue levantándose cada día, como lo hacía antes del ataque, para trabajar, educar a los niños, planear las vacaciones, gozar de las alegrías, sufrir enfermedades y, en definitiva, para morir. La prosaica vida cotidiana siempre se impone y triunfa. Los temores e inquietudes que sentían los hombres antes del 11 de septiembre siguen presentes en sus vidas. No hay indicios de que, en el futuro más cercano y en ese nivel de la vida, se producirá algún cambio fundamental. La historia nos confirma que las grandes crisis que ya azotaron a la humanidad en el pasado demostraron su extraordinaria resistencia. Muchos han afirmado que en el nivel más bajo de nuestra pirámide aumentaría la animosidad de los europeos y norteamericanos hacia los árabes y que entre los musulmanes también crecería la hostilidad hacia los ciudadanos occidentales. Muchos han previsto la intensificación de los conflictos entre las dos civilizaciones, pero nada de eso ha sucedido. En Occidente, los ataques contra los musulmanes han sido esporádicos y de mínima significación. Al mismo tiempo, yo no he sentido cambio alguno en el tratamiento que me otorgan en los países árabes que visito. Donde sí se han producido cambios importantes es en los niveles superiores de nuestra pirámide. En primer lugar, los sucesos del 11 de septiembre demostraron que la distancia ya no basta de por sí para garantizar la seguridad. Descubrimos con horror que la distancia ya no nos pone a salvo. Hoy podemos ser blancos y víctimas de ataques terroristas todos y en cualquier punto del planeta. En una palabra, después del 11 de septiembre ya no nos sentimos seguros, cuando vivimos lejos del enemigo en potencia; ya no nos sentimos particularmente protegidos por el océano que nos separa de él. En segundo lugar, el 11 de septiembre demostró que en nuestro globo ya no hay santuarios. Y no sólo se trata de que todos puedan ser atacados por todos, de que cualquier país pueda atacar a otro. Ese peligro ya existía mucho antes. La novedad del 11 de septiembre consiste en que demostró que en el mundo hay fuerzas que no representan los intereses de un determinado Estado, pero que, a pesar de ello, constituyen un enorme peligro incluso para los más potentes. Hasta ahora, el pensamiento estratégico se basaba en el supuesto de que las guerras se libraban entre Estados. Hoy, los estrategas tienen que remodelar con urgencia sus ideas, porque a los Estados se enfrentan fuerzas difíciles de situar. Ha cambiado la imagen del enemigo, porque ya no viste un uniforme concreto, lo cual dificulta su identificación, pero también porque puede hacer mucho daño, aunque no tiene tanques ni cañones. Es muy difícil combatir a un enemigo imposible de situar y con planes imposibles de conocer. Antes, cuando teníamos buenas relaciones con un Estado, podíamos tener casi la absoluta seguridad de que no sería un peligro para nosotros. Hoy podemos tener magníficos contactos políticos, económicos y culturales con un país y ser víctimas de un ataque lanzado desde su territorio. Esto se debe a que han aparecido fuerzas que no se someten a ningún centro de poder, que no representan los intereses de Estados concretos, pero que están en condiciones de aprovechar el territorio o la infraestructura de un país para atacar a otro. Esa situación nos confirma que ya somos testigos de la globalización del mal. Consiguen voz y voto –con sus actos– organizaciones y fuerzas que actúan al margen de las estructuras de los Estados nacionales. Y ese proceso no concierne solamente al terrorismo. Se relaciona también con el narcotráfico, la compra y venta de armas y otras fechorías. Eso significa que ha aparecido un ente internacional totalmente nuevo, aún no definido del todo, que escapa a las formas que tenían hasta ahora los sujetos de la vida internacional. Fortalecimiento del Estado Un tercer cambio generado por el 11 de septiembre es el fortalecimiento de la idea del Estado, algo paradójico, porque el terrorismo siempre busca su debilitamiento. La globalización neoliberal también debilitó mucho el papel del Estado, porque promovió las corporaciones supranacionales, el flujo ilimitado de los capitales y la creación de mercados financieros mundiales. Como consecuencia, el Estado fue en gran medida marginado. Esa consecuencia la sufrió también Estados Unidos, país en el que había una oposición cada vez más potente ante una posición demasiado fuerte del poder estatal. '¿Para qué queremos un Gobierno tan potente? ¿Para qué pagamos impuestos tan altos?', preguntaban muchos norteamericanos. Sin embargo, el 11 de septiembre demostró que, en el mundo contemporáneo, las sociedades pueden sentirse seguras y protegidas solamente dentro de los Estados. Sólo el Estado puede garantizar la correspondiente protección a la sociedad. El ataque contra Estados Unidos demostró que el hombre y la sociedad no pueden funcionar sin el Estado. Desde el 11 de septiembre –y éste es otro cambio importante–, la globalización se valora de otra manera. Hasta ahora prevalecía la opinión de que era una bendición para la humanidad, algo que nos ayudaría a resolver todos los problemas. Mientras tanto, nos topamos, por sorpresa, con otros rostros muy distintos de la globalización, que es un proceso lleno de contradicciones internas, un proceso que puede generar fenómenos negativos. George Soros, una gran figura de las finanzas mundiales, advierte en “On Globalization” que ese proceso genera también grandes amenazas. Soros advierte que crece la dominación de dos grandes instituciones financieras, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, que ya imponen sus concepciones a los Estados nacionales debilitando su posición. Los sucesos del 11 de septiembre nos obligaron a percibir el mundo con más serenidad y ecuanimidad. Pudieron convertirse, incluso, en el punto de partida para un análisis serio y profundo de la situación en nuestro planeta. Lamentablemente, lo único que se supo hacer fue dar una respuesta militar a los terroristas. Nos dejamos embaucar por algunos políticos que sostienen que, si no fuese por el terrorismo, viviríamos en el mejor de los mundos. Pero la verdad es que, como dijo un comentarista norteamericano, 'el derrumbamiento de las Torres Gemelas fue el fin de las vacaciones que tomamos de la historia'. El fin de la guerra fría se caracterizó por la euforia que sentíamos tras el fracaso del comunismo. Parecía que todos los problemas habían terminado. Mientras tanto, aunque el ataque contra EE UU demostró que la euforia era prematura, nosotros no supimos abordar con seriedad lo que puede depararnos el futuro. Desaprovechamos la oportunidad que se nos presentó para tratar con seriedad los problemas que acarrea la globalización. Yo creo que el terrorismo, tanto el individual como el que practicaron y practican distintas organizaciones, jamás fue una gran amenaza para el mundo. Algo muy distinto es el terrorismo de Estado que practicaron y practican los regímenes totalitarios. La mayoría de las sociedades del mundo no se sienten amenazadas por el terrorismo. Claro que en la historia de muchos países el terrorismo dejó huellas, pero se trata de actos de importancia secundaria. El problema que ahora enfrentamos consiste en la dimensión global del terrorismo. Ésa es una novedad, porque antes siempre fue practicado por organizaciones marginales. Hoy, lo que puede sobrecogernos es que un país tan potente como EE UU fue golpeado de manera dolorosa por una pequeña organización. Todos coinciden en que el gran éxito de Al Qaeda, una organización integrada apenas por varios miles de militantes, consistió en que supo aprovechar para sus propios fines el gran liberalismo que impera en EE UU y que se basa en la confianza mutua. Por ejemplo, allí bastaba dar el número de nuestra cuenta bancaria para disipar todas las dudas y ser tratado con la máxima confianza. Yo estuve en Estados Unidos antes del 11 de septiembre. Aterricé en el aeropuerto Kennedy de Nueva York. Tenía que coger allí el avión de Washington. Estuve media hora buscando el lugar en que debía embarcar. Recorrí el aeropuerto de cabo a rabo y me pareció que, de haber tenido malas intenciones, hubiese podido hacer cualquier cosa, porque nadie se interesó por mí. Antes de llegar a Estados Unidos, di prácticamente la vuelta al mundo y en todas partes me controlaron el equipaje, cosa que no ocurrió en Nueva York. Nos queda el consuelo de que los terroristas ya no podrán repetir un ataque como el del 11 de septiembre, porque la vigilancia ahora es muy grande. Los norteamericanos se han dado cuenta de que incluso un control mínimo en sus aeropuertos hubiese frustrado el ataque contra Nueva York y Washington. Por eso creo que después del 11 de septiembre, para aumentar la seguridad, no hacían falta las medidas típicas de un régimen policial. Hubiese bastado un control apenas algo mayor. En EE UU todos saben que la gran eficacia del sistema norteamericano radica en la libertad que garantiza. Toda limitación de esa libertad, por ejemplo, mediante el control estricto de las personas y mercancías en la frontera, sería un freno para el desarrollo. ¿Cuántos barcos de los miles y miles que atracan en los puertos de Estados Unidos pueden ser controlados? Apenas un pequeño porcentaje, porque, si quisiéramos controlarlos todos de manera minuciosa, provocaríamos la paralización de la economía. Todas las limitaciones de la libertad y de la democracia causan efectos muy negativos sobre el funcionamiento del capitalismo. El terrorismo podría ser erradicado completamente en veinticuatro horas, pero a condición de que implantásemos un régimen totalitario, y eso no estamos dispuestos a hacerlo, porque sabemos que destruiríamos la sociedad cívica y la democracia. Libertad y eficacia El conflicto entre la libertad y la eficacia de los sistemas estatales es, hoy por hoy, el problema más importante no sólo para EE UU, sino también para el mundo entero. Ése es, a mi modo de ver, uno de los retos más serios que se plantean ante la humanidad en el siglo XXI. Hay que definir las proporciones óptimas entre la seguridad por un lado y la libertad y el bienestar por otro, es decir, resolver un problema que todavía no ha sido planteado con toda la claridad que merece. En el siglo XIX y a comienzos del siglo XX, la libertad y la democracia no estaban en peligro. Hoy sí lo están, porque la globalización conduce hacia dos fenómenos sumamente peligrosos. El primero es la privatización de la violencia. La democracia y el capitalismo se desarrollaron en los tiempos en los que la aplicación de la violencia estaba monopolizada por el Estado. La violencia tenía uniformes, armas y carnés. El Estado era el único con derecho a hacer uso de la violencia. Hoy, cualquiera puede tener un arma, y hay cientos o miles de ejércitos privados. Hay que hacerse, pues, la pregunta: ¿cómo proteger en esas condiciones los mecanismos de la democracia? No sabemos responder a esa pregunta. Ahora bien, eso no significa que en EE UU no se analice el asunto. Por el contrario, ese país es uno de los centros de discusiones y análisis más serios sobre los fenómenos que aquí nos ocupan. Es en las universidades norteamericanas donde surgen los análisis más acertados sobre los fenómenos que tienen lugar en el mundo. Es también en EE UU donde encontraremos los mejores y más críticos análisis sobre EE UU. Y no es casual que sus adversarios más radicales aprovechen con frecuencia los argumentos formulados por los pensadores norteamericanos. El gran problema radica en que en Estados Unidos hay un gran abismo entre el pensamiento universitario y las concepciones de los círculos políticos. Cuando se conoce la vida de las universidades, uno se siente admirado por el nivel y la gran clase de las discusiones que se organizan en sus aulas. Lamentablemente, los políticos son totalmente impermeables a las ideas y argumentos de sus colegas profesores y científicos. Y ésa es otra prueba más de la complejidad que tienen la sociedad norteamericana y su sistema estatal. Sea como fuere, hay que reconocer que son las ideas formuladas en las escuelas superiores norteamericanas las que dictan hoy al mundo los temas de las principales discusiones y polémicas sobre el presente y el futuro. Todos los grandes debates de los últimos decenios concernieron a concepciones de gran importancia surgidas en EE UU, generadas por el pensamiento norteamericano. Un ejemplo muy útil es la tesis que formuló Francis Fukuyama sobre el fin de la historia. A principios de la década de los años noventa proclamó que el fin del comunismo significaba el fin de los conflictos. De esa circunstancia, el pensador norteamericano sacó la conclusión de que, por consiguiente, la democracia liberal triunfaría en todas partes en tanto que régimen ideal que desean todos los humanos. Seis años después, Samuel Huntington formuló su concepción sobre la confrontación entre las civilizaciones. Entonces se propagó la idea de que todos los conflictos existentes se debían a las diferencias entre las civilizaciones. La última gran idea fue formulada por Robert Kagan, autor de la afirmación de que los grandes aliados, Estados Unidos y Europa, se separan. Y es muy probable que esa circunstancia sea el cambio más importante promovido por los sucesos del 11 de septiembre. En el pasado hablamos de un mundo dividido en Norte y Sur y luego en ricos y pobres. Hace no muy poco se describía el mundo con la frase 'The West and the Rest' (Occidente y los demás). Hoy se reemplaza la palabra West con el término América: 'The America and the Rest'. Y Kagan hace referencia a ese nuevo paradigma en nuestro pensamiento sobre el mundo. Kagan afirma que ya no existe la noción occidente, que se ha producido una ruptura en el Atlántico. La guerra fría unió durante 50 años las dos orillas del océano. Hoy, cuando ya no existe el enemigo común, EE UU y Europa no quieren seguir caminando por la misma senda. Por el contrario, tienen dos visiones distintas del mundo y, por consiguiente, el abismo sólo puede ensancharse y profundizarse. La grieta apareció el 11 de septiembre, porque desde aquel día, la Administración norteamericana considera que en el resto del mundo imperan el desorden y la anarquía, es decir, un peligro mortal. Es esa concepción sobre el mundo la que induce a EE UU a concentrarse en la lucha. Washington cree que el caos puede ser controlado solamente con las armas. Y de ahí las enormes cuotas que gasta EE UU en armas, mucho más de lo que gastan todos los demás miembros de la Alianza Atlántica. Mientras tanto, Europa, que no olvida la experiencia de la II Guerra Mundial y de los regímenes totalitarios, promueve otra visión del mundo, kantiana, la visión de un mundo de paz eterna. Europa ve su visión civilizadora en el intercambio de ideas, en el mantenimiento de negociaciones y en la búsqueda de compromisos. Cuando las concepciones son tan distintas, tan dispares, es inútil pensar que EE UU y Europa conseguirán un punto de encuentro. Observamos una creciente marginación de las organizaciones internacionales. Prueba de ello es la ONU, que ya no desempeña el importante papel que tenía en el pasado. Ha perdido su autoridad incluso el Consejo de Seguridad, porque se dedica a aprobar resoluciones que nadie cumple. En esa situación no puede extrañar que en EE UU todos coincidan en que deben comportarse en el mundo como el 'sheriff' que impone el orden. Por eso, la discusión no se desarrolla en torno a si debe desempeñar o no ese papel, sino a cómo debe hacerlo. Ciertos círculos norteamericanos consideran que EE UU puede cumplir esa misión en solitario, por su cuenta y responsabilidad, mientras que otros creen que hay que conseguir aliados. El secretario de Defensa Donald Rumsfeld suele decir: 'Podemos arreglarnos solos'. El secretario de Estado Colin Powell es más prudente: 'Queremos montar una coalición'. Líderes y potencia Para saber qué camino elegirá en definitiva EE UU, tenemos que analizar lo que dicen sus líderes. Parece que confían plenamente en la potencia de su país y de sus fuerzas armadas, con las que nadie puede competir. Están convencidos de que únicamente EE UU puede realizar cualquier operación militar, en cualquier momento y en cualquier punto del planeta. Ese sentimiento de fuerza ilimitada que anima a los líderes norteamericanos no siempre va acompañado del conocimiento necesario sobre el mundo y sus complejos procesos. Por eso, los que preparan la guerra contra Irak tienen la seguridad de que alcanzarán un gran éxito. Más objetivos parecen ser los militares norteamericanos. Fueron sus analistas los que previeron en la década de los años noventa el aumento de los conflictos. Fueron los expertos del Pentágono los que indicaron que el enfrentamiento entre los ricos y los pobres, así como la falta de perspectivas, acumularían enormes capas de frustración, ira y agresión que se con vertirían en fuentes de trastornos muy difíciles de controlar. Pero no hay que perder la esperanza. En primer lugar, el hombre está dotado de un potente instinto de autoconservación y, en segundo lugar, las sociedades, por lo general, suelen rechazar las soluciones extremistas, radicales, y optar por los caminos de la prudencia y la moderación. Los extremistas pueden conseguir respaldo, pero sólo en el ámbito local y por poco tiempo. Cuando el hombre llega a un lugar en el que poco antes se combatió, donde aún se ven las huellas de los enfrentamientos, lo primero que suele hacer es limpiar el terreno, restablecer el orden. Los hombres, por lo regular ancianos, porque los jóvenes murieron en los choques, retiran los escombros, cierran con cartones las ventanas sin cristales y encienden el fuego. Las mujeres, mientras tanto, barren y cocinan. Todos juntos restablecen la normalidad, y ésa es la gran fuerza de la humanidad.
El País 29-9-2002
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La vuelta al mundo del nuevo Ulises
La vuelta al mundo del nuevo Ulises
Entrevista con Ryszard Kapuscinski
Con sus reportajes, el autor de Ebano y La guerra del fútbol ha elevado el periodismo y la crónica de viajes al nivel de la literatura escrita por los grandes creadores de los siglos XIX y XX. Para contar las transformaciones que han sacudido a Europa, los Estados Unidos y América latina dialogó con miles de personas y recorrió un itinerario que lo llevó desde el corazón de Africa hasta el vasto territorio de la ex Unión Soviética. En esta conversación habla de los libros que le enseñaron el oficio en el que hoy es un maestro
Julio Villanueva Chang
Hay en sus ojos un parpadeo nervioso, como si lo hubiesen despertado bruscamente de un sueño. En verdad, estaba en su cama leyendo a pierna suelta antes de esta cita a la hora del desayuno. Kapuscinski me había prometido una conversación sobre sus primeras lecturas después de terminar el taller que dictó para la Fundación Nuevo Periodismo en la Universidad Iberoamericana. Esta mañana el autor de El Emperador luce una calvicie despeinada, se ha librado de la corbata de los últimos días, pero aún conserva ese andar pendular de oso, ese rostro tan redondo y sonrosado como el de su paisano el Papa, una catadura como de tomate sin madurar, en un estado de pudor permanente. La primera vez que lo vi pude ver también su pasaporte: Kapuscinski había llegado a México el mismo día de su cumpleaños. No se lo dijo a nadie. Lo ilusionaba conocer a García Márquez, otro de los piscis más famosos del mundo, que iba a celebrar su cumpleaños tres días después y a comerse unos tacos con él. Durante el año 2000, Ryszard Kazimierz Kapuscinski había viajado treinta y tres veces por el mundo. Ya era hora de volver a sentarse a escribir. Pero ahora K. acaba de descender de su habitación en el Flamingos Plaza para darme malas noticias: "Tenemos sólo unos minutos. Debo irme", me dice en su español de europeo del este.
Ha revisado su reloj un par de veces durante el último cuarto de hora. Kapuscinski debe partir otra vez, volar de vuelta a Varsovia para encerrarse a escribir con los seis sentidos puestos en América latina, el tema de su libro vigésimo primero. Su esposa, una pediatra que alguna vez me dijo por teléfono que K. estaba de viaje, lo espera siempre como Penélope a Odiseo, porque hasta hubo una época en que no se comunicó con ella durante casi cincuenta meses. "No le escribo cartas ni la llamo por teléfono cuando estoy trabajando. Hay que viajar solo, aprender un idioma, involucrarse con la gente y no puedes estar pensando en tu familia", me había contado en otro desayuno en el que también me comentó su entrañable amistad con ese místico del teatro llamado Jerzy Grotowski. K. es la prueba de que el periodismo es una misión y de que leer y escribir no es más que un aprendizaje de la soledad. Wojtyla, Kapuscinski y Grotowski, los polacos más universales de la Tierra, tienen en común haber sido misioneros en el ejercicio de la religión, el teatro y el periodismo. K. escribe sus libros a mano y nunca los corrige. "Me siento muy mal cuando no escribo, con un complejo de culpa", me dice como si esta entrevista fuese un tropiezo más entre él y las palabras, un tropiezo más entre él y el siguiente avión.
K. se siente tan culpable de los libros que aún le quedan por escribir como de los libros que ha dejado de leer. Debería pedirle disculpas, pero me pido un café, y Kapuscinski se pide un vaso de agua. Decía que no era de esa clase de hombres que se habían criado en un cuarto de juegos y que Joyce escribía cartas admirables a los doce años, a la misma edad en que él corría descalzo y medio desnudo detrás de las vacas sin haber leído un solo libro. "El primer libro que leí no tiene ninguna importancia. Eran las memorias de un muchacho de escuela secundaria en la Polonia del siglo XIX". A sus sesenta y nueve años cumplidos, Kapuscinski desdeña sin piedad esa especie de Corazón escrito por un Edmundo d' Amicis polaco, un libro infantil y melodramático, nada memorable en la bolsa de valores de la literatura. "Gente como Joyce nació en los apartamentos de sus padres y sus abuelos, que estaban llenos de libros y así empezaron a leer -me recuerda K-. Yo nací en una familia muy pobre que vivía en la parte oriental de Polonia. Al estallar la guerra fue ocupada por las tropas armadas soviéticas, entonces tuvimos que huir hacia Polonia central y vivir en una aldea aún más pobre y más analfabeta, donde no había ningún libro." Sólo después de la Segunda Guerra Mundial, Kapuscinski pudo hallar por azar el primer libro de su vida en el apartamento de un amigo.
K. se rehúsa a usar computadora. No tiene e-mail. Si uno quiere conversar con él, hay que escribirle una carta o enviarle un fax a su casa de Varsovia. Siempre fue un autodidacto. "Durante la guerra, los polacos no podíamos estudiar más que siete años de primaria. Era como vivir en un desierto." Kapuscinski escapó de ese desierto cuando fue a la Universidad de Varsovia, a la que tampoco le sobraban libros. "Yo podría decir que mis lecturas recomendadas empezaron cuando tenía unos veinticinco años." Su historia es muy extraña para quienes creen que sólo se puede ser un lector voraz si se ha tenido esa gula de libros desde niño. "No fue ése mi caso. Y no porque no quisiera, sino porque no tenía nada, ni siquiera zapatos. Mi educación fue muy atrasada en el sentido de que todo lo empecé muy tarde: comencé a leer muy tarde, a escribir muy tarde, a estudiar muy tarde, y todo por la guerra. Puedo decir que esos diez años más formativos en el ser humano, entre los nueve y diecinueve años, yo los tuve perdidos." Su parto de escritor se produjo cuando tenía dieciséis años. Entonces publicó su primer poema en una revista cultural de Varsovia. "Fue como una inspiración que me pareció extraña a mí mismo. Escribí el poema, lo puse en el correo y una semana después lo vi publicado en esa revista", me dice como si hubiese sido ayer. De la poesía anglosajona le gustan más Whitman y Eliot. De la poesía italiana, Ungaretti y Quasimodo. De la francesa, Baudelaire, Eluard y Apollinaire. De la latinoamericana, Vallejo y Octavio Paz.
Kapuscinski, que en su afán vagabundo por descifrar este mundo habla y lee en siete idiomas, dice que su prosa le debe demasiado a la poesía. "Habían matado a todos los corresponsales y, como me volví un poeta conocido en Varsovia, me llamaron para escribir en un periódico cuando estaba en la secundaria." Desde el principio K. rechazó esa división entre el escritor y el reportero. "Cuando me preguntan qué es lo que yo escribo, yo les digo que escribo textos. El problema de los géneros y las terminologías es que tienen diferentes sentidos en diferentes idiomas y culturas. En nuestra tradición literaria no tenemos esta distinción que hay en América latina entre la crónica y el reportaje. Entonces nunca pensé en si quería ser escritor o si quería ser periodista. Cuando me sentaba, no pensaba en que iba a escribir una novela o un reportaje o un ensayo. Yo sólo quería escribir bien." Había leído que Kapuscinski no creía en los géneros literarios tradicionales y que esa fe en la experimentación de lo inclasificable lo había llevado a decir que había que escribir más libros como Tristes Tropiques, del antropólogo Lévi-Strauss, o Cool Memories, de Baudrillard.
"No se puede escribir ahora cualquier libro. Ahora escribir un libro debe ser una protesta", dijo en su taller de México, como uno de los últimos dinamiteros de las fronteras de género. Allí sus últimos consejos fueron leer, leer y leer. "Los periodistas se preocupan por cómo escribir más que por aprender a leer. La tendencia va hacia la Ôensayificación' de la prosa", me dice K. Servirse de la sociología, la antropología, la psicología y la historia para hacer de la literatura un cajón de sastre. Leer, viajar, investigar, leer y escribir sólo el cinco por ciento del material recolectado. Para escribir Ebano, Kapuscinski devoró una biblioteca de doscientos libros sobre asuntos africanos. Recuerda haber leído catorce mil páginas antes de escribir un libro sobre Crimea. Kapuscinski vuelve a mirar de reojo su reloj y empieza a responderme con evasivas. No recuerda su primer libro memorable. Se rehúsa a hacer una lista de libros que hubiera querido escribir. Se olvida de sus queridos Conrad y Proust. Va a perder el avión y aún no ha terminado de decidir qué libros tendrá que dejar abandonados en su habitación del hotel. "A veces me preguntan qué libro influyó más en mi prosa y yo tengo que decir que ninguno, porque no puedo decir si alguien ha escrito antes de esa manera. Tuve que inventar una nueva prosa." Por ello los críticos, desconcertados, han bautizado su estilo con el aparatoso nombre de creative non fiction.
En los días de su taller en México, Kapuscinski había pedido que no lo molestaran a partir de cierta hora de la noche. A esa hora sólo quería leer, y lo que más lee es filosofía. "Mi sueño fue siempre ser filósofo. Pero entré en la universidad en tiempos del estalinismo y la Facultad de Filosofía había sido cerrada porque se la consideraba muy burguesa. Tuve que estudiar historia." K. tenía entre sus filósofos favoritos a Platón, Schopenhauer, Nietzsche y Dostoievski. "Digo Dostoievski porque el problema entre los rusos es que no tenían filósofos académicos y sus filósofos están entre sus novelistas y sus hombres de iglesia. En la tradición rusa no hay una clara distinción entre la filosofía y la teología, y entre ellas se entromete la literatura." Para K., Los hermanos Karamazov es un ejemplo clásico de este modo de expresión del pensamiento ruso. Kapuscinski dice que no le gusta tanto leer biografías, a pesar de su admiración por esos monumentales trabajos que Ellmann escribió sobre Joyce y Wilde. "La mayoría de las biografías son sólo trabajos de no ficción", explica. Pero no dudo que ha leído las de Dostoievski.
Sólo los rusos hacen que esta mañana Kapuscinski se olvide por unos minutos de su reloj y que se vuelva un hombre fuera de su tiempo. No sólo ha confesado que le debe a Chéjov el principio de su libro El Emperador, sino que está de acuerdo con él en que sólo aparece un talento por cada dos millones de habitantes. Pero, a principios del tercer milenio, Kapuscinski se corrige en sus cálculos: "Creo que ahora aparece un talento cada cinco o diez millones de personas, muy rara vez". Le comento que la prosa de Dostoievski es apesadumbrada y a su lado la de Chéjov es más traviesa y alegre. "No. De Chéjov se suelen conocer más sus cuentos y teatro, pero no tanto el resto de su obra, como sus diarios y sus reportajes. Chéjov fue un gran reportero. Cuando estaba muy enfermo de tuberculosis se fue en un barco a una isla rusa del Pacífico, Sajaliv, y escribió un reportaje sobre los maltratos que sufrían allí los prisioneros. Era un maestro en la creación de atmósferas, de esos pueblos en los que no sucede nada. Y fue cuando estaba ya muy enfermo." K. tose tres, cinco veces. Temo que esa tos insistente haya sido como un despertador que recuerda que ya es hora de que parta a buscar sus maletas. Pero a Kapuscinski se le suelta la lengua cuando se trata de recordar a su atormentado antecesor ruso.
Sí, Dostoievski escribía muy mal, pero su mundo literario es inolvidable. K. está de acuerdo en que en el siglo XIX Dostoievski fue uno de los modelos de la literatura más imperfecta pero, paradójicamente, más grande e imperecedera: "Un editor moderno eliminaría la mitad de todas sus novelas por esa tendencia a hablar, hablar, hablar. Pero de repente, llegas a una página y hallas cosas geniales. Esa era su forma de escribir. En literatura, si mantienes el mismo nivel durante todo el tiempo, te haces ilegible. Hay que poner adentro un poco de kitsch, para reforzar luego el mensaje". K. me sorprende con su defensa cerrada del kitsch, pero recuerdo que de vez en cuando sus libros están plagados de moscas literarias que sobrevuelan los ojos de sus lectores distrayéndolos de la tensión de una escena trágica. "Siempre estoy discutiendo eso con mis editores y más ahora que estoy publicando mi libro Lapidarias, una obra que va a terminar con mi muerte. Si tomas a un escritor como Canetti, que tiene varios niveles de calidad, haces una selección de sus mejores pensamientos y los publicas en un librito de cien páginas, Canetti sería ilegible. La altura asfixia y de vez en cuando hay que descender para encontrar un respiro", me advierte K., como si me tratara de decir que la buena literatura es una suerte de montaña rusa de ideas y palabras.
Ha escrito Lapidarias con este método, un libro en el que la más alta filosofía se acuesta con las notas más banales. "Es una poética del fragmento que te da la oportunidad de descansar." Le pregunto si esta poética de Lapidarias lo vuelve un pariente estilístico de Nietzsche y de Cioran. "De Nietzsche sí, pero de Cioran no, porque justamente él es un escritor que, en sus entrevistas, dice que anda sólo por las cumbres del pensamiento. Es decir, Cioran elimina todo lo que le ha costado llegar a esa cumbre y sólo escribe la última sentencia. Nunca puedes saber cómo llegó a ese pensamiento. Por eliminar todo el proceso para llegar a esa última sentencia, sus libros son ilegibles. Cioran me parece un gran ensayista cuando escribe sobre la religión y la historia, pero su escritura de aforismos es ilegible. Puedes leer sólo uno o dos." Pero a Kapuscinski le gusta la poética del fragmento: "Es una forma muy moderna de expresarse para el lector contemporáneo, que no tiene tiempo de leer historias tan largas y complejas, ese lector que prefiere leer echado en la noche con una lámpara que en cualquier momento puede apagar", me dice antes de colocar su diestra encogida sobre su boca, su gesto más habitual de escucha.
Kapuscinski tuvo que crecer bajo la sombra de Rusia. Le recuerdo ese modo de pensar ruso que no separa la filosofía de la teología, le pregunto entonces qué le parece la Biblia como literatura. "La leo todo el tiempo y muy a menudo la estoy citando. Mi libro El Emperador tiene un poco la estructura de la Biblia. Es el libro más dramático que se ha creado, pero también es un libro muy cruel. Ahora se suele criticar a la televisión por transmitir tanta violencia, cuando más cruel ha sido la Biblia: en sus páginas se come a niños, se llama a matar a los enemigos, se queman casas, se sacan los ojos a los hombres. Los dueños de la televisión moderna no han inventado nada nuevo."
¿Qué tiene en común Kapuscinski con el autor de El principito, con quien los críticos suelen compararlo? K. me recuerda que, como él, Saint-Exupéry era un viajero pero no un turista, pues los suyos eran viajes de trabajo, en situaciones muy duras. "El principito no es un libro para niños. No soy partidario de esas clasificaciones." Pero K. sonríe entre sacramentado y disidente cuando lee lo que sobre él dicen las contraportadas de sus libros. "Sus escritos se sitúan justo entre Kafka y García Márquez." Y símiles aún más acrobáticos y delirantes: "Se lee como una versión de Lewis Carroll sobre Hitler en su bunker". No puedo evitar preguntarle sobre el otro ciudadano K., citándole lo que había escrito un crítico después de leer El Emperador: "El efecto es como si Kafka hubiera escrito El Castillo desde dentro". Sabía que Kapuscinski admiraba a García Márquez y que Gabo había confesado haber llorado cuando leyó por primera vez La metamorfosis. "Kafka me gusta, pero no tengo nada especial que decir sobre él." Y añade, al darse cuenta de que no me convence su respuesta casi evasiva: "Yo leí a Kafka no tan joven y luego, por mi trabajo, no tuve tiempo de releerlo. Tuve que concentrarme en lecturas antropológicas sobre el Tercer Mundo. Preparaba un libro y me ponía a leer todo sobre ese tema en particular. Todo depende de tu propia historia de lector. No he sido un lector de placer, sino de oficio". Por ahora, he podido seguir aquí gracias a los ademanes de K., que han acabado por esconder su reloj debajo de su manga.
Hace rato que Kapuscinski ha terminado de beber su vaso de agua. Le pregunto si tiene algo contra los ‘best sellers’. "Sí, estoy en contra de los best sellers, pero no puedo hacer nada. Es un gran problema de nuestro tiempo. Es una trampa muy engañosa, pero “The New York Times Books Review” encontró esta solución: en cada lista de libros más vendidos ponen también una lista de los libros preferidos por sus críticos. Es como una balanza que muestra las tonterías del mundo con sus best sellers, pero también que hay libros valiosos", me dice y hace el gesto de levantarse de la mesa como una amable amenaza. Sólo me queda atarlo con palabras y más palabras, un minuto más. Le recuerdo que George Steiner, uno de los críticos más leídos y respetados del mundo académico, anunció la muerte de la literatura, casi en complicidad con los bajos instintos de Bill Gates. "Es una profecía absurda. Toda la historia consciente de la cultura humana empieza porque el primer hecho estaba escrito", me dice K., frunciendo el entrecejo, como si esta vez se pusiera de pie para ir a ajustar cuentas con Bill Gates.
Días de aventura
Durante los años 70, Kapuscinski fue descubierto por los críticos como uno de los pocos periodistas destinados a convertirse en un clásico. En El Emperador describió el ocaso de Hailie Selassie, el hombre que gobernó Etiopía durante décadas. Más tarde El Shah o la desmesura del poder cautivó el interés del público con la historia del sha de Irán. Por cierto, los personajes y los países elegidos tenían todo para fascinar a los lectores: La mezcla de poder, destinos trágicos, corrupción, exotismo y fortunas fabulosas resultaba irresistible. Pero el éxito de Kapuscinski no se basa meramente en la hábil elección de temas, sino en la maestría de su prosa y en el hecho de que no vacila en dedicar años de investigación y de viajes para compenetrarse con la mentalidad de los pueblos sobre los que escribe. Como viajero y periodista, Kapuscinski tiene un fino olfato para percibir atmósferas y para establecer contactos que le revelan las claves de una situación. Además, combina sabiamente el relato de golpes de Estado, guerras y revoluciones con el de las peripecias de los habitantes de un país o de un continente. Brinda así a los lectores la vibración de una aventura épica y también la intimidad de la vida cotidiana.
En El Imperio Kapuscinski retrató de modo admirable la caída de la URSS y en Ebano exploró las entrañas del continente africano con la precisión de un cirujano, la delicadeza de un miniaturista y la visión panorámica de un general en campaña.
Entre Borges y Gabo
Puesto a opinar sobre Borges y García Márquez, Kapuscinski hizo algunas precisiones.
Tú admiras a Borges, pero él se atrevió a decir que a Cien años de soledad le sobraban cincuenta años.
¿Eso dijo?
Sí
No, yo admiro la obra de Gabo. Borges tenía otras virtudes: demostrar que con el texto se puede crear literatura.
Si en algo te pareces a Borges es en que él también era un gran lector de filósofos. Pero Borges abominaba el periodismo...
Era un aristócrata y tenía ideas derechistas. Pero siempre he estado en contra de clasificar el valor de la literatura por las ideas políticas de sus autores.
Tomado de La Nación Line, Suplemento Cultura, 19/9/2001
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Entrevista con Ryszard Kapuscinski
Con sus reportajes, el autor de Ebano y La guerra del fútbol ha elevado el periodismo y la crónica de viajes al nivel de la literatura escrita por los grandes creadores de los siglos XIX y XX. Para contar las transformaciones que han sacudido a Europa, los Estados Unidos y América latina dialogó con miles de personas y recorrió un itinerario que lo llevó desde el corazón de Africa hasta el vasto territorio de la ex Unión Soviética. En esta conversación habla de los libros que le enseñaron el oficio en el que hoy es un maestro
Julio Villanueva Chang
Hay en sus ojos un parpadeo nervioso, como si lo hubiesen despertado bruscamente de un sueño. En verdad, estaba en su cama leyendo a pierna suelta antes de esta cita a la hora del desayuno. Kapuscinski me había prometido una conversación sobre sus primeras lecturas después de terminar el taller que dictó para la Fundación Nuevo Periodismo en la Universidad Iberoamericana. Esta mañana el autor de El Emperador luce una calvicie despeinada, se ha librado de la corbata de los últimos días, pero aún conserva ese andar pendular de oso, ese rostro tan redondo y sonrosado como el de su paisano el Papa, una catadura como de tomate sin madurar, en un estado de pudor permanente. La primera vez que lo vi pude ver también su pasaporte: Kapuscinski había llegado a México el mismo día de su cumpleaños. No se lo dijo a nadie. Lo ilusionaba conocer a García Márquez, otro de los piscis más famosos del mundo, que iba a celebrar su cumpleaños tres días después y a comerse unos tacos con él. Durante el año 2000, Ryszard Kazimierz Kapuscinski había viajado treinta y tres veces por el mundo. Ya era hora de volver a sentarse a escribir. Pero ahora K. acaba de descender de su habitación en el Flamingos Plaza para darme malas noticias: "Tenemos sólo unos minutos. Debo irme", me dice en su español de europeo del este.
Ha revisado su reloj un par de veces durante el último cuarto de hora. Kapuscinski debe partir otra vez, volar de vuelta a Varsovia para encerrarse a escribir con los seis sentidos puestos en América latina, el tema de su libro vigésimo primero. Su esposa, una pediatra que alguna vez me dijo por teléfono que K. estaba de viaje, lo espera siempre como Penélope a Odiseo, porque hasta hubo una época en que no se comunicó con ella durante casi cincuenta meses. "No le escribo cartas ni la llamo por teléfono cuando estoy trabajando. Hay que viajar solo, aprender un idioma, involucrarse con la gente y no puedes estar pensando en tu familia", me había contado en otro desayuno en el que también me comentó su entrañable amistad con ese místico del teatro llamado Jerzy Grotowski. K. es la prueba de que el periodismo es una misión y de que leer y escribir no es más que un aprendizaje de la soledad. Wojtyla, Kapuscinski y Grotowski, los polacos más universales de la Tierra, tienen en común haber sido misioneros en el ejercicio de la religión, el teatro y el periodismo. K. escribe sus libros a mano y nunca los corrige. "Me siento muy mal cuando no escribo, con un complejo de culpa", me dice como si esta entrevista fuese un tropiezo más entre él y las palabras, un tropiezo más entre él y el siguiente avión.
K. se siente tan culpable de los libros que aún le quedan por escribir como de los libros que ha dejado de leer. Debería pedirle disculpas, pero me pido un café, y Kapuscinski se pide un vaso de agua. Decía que no era de esa clase de hombres que se habían criado en un cuarto de juegos y que Joyce escribía cartas admirables a los doce años, a la misma edad en que él corría descalzo y medio desnudo detrás de las vacas sin haber leído un solo libro. "El primer libro que leí no tiene ninguna importancia. Eran las memorias de un muchacho de escuela secundaria en la Polonia del siglo XIX". A sus sesenta y nueve años cumplidos, Kapuscinski desdeña sin piedad esa especie de Corazón escrito por un Edmundo d' Amicis polaco, un libro infantil y melodramático, nada memorable en la bolsa de valores de la literatura. "Gente como Joyce nació en los apartamentos de sus padres y sus abuelos, que estaban llenos de libros y así empezaron a leer -me recuerda K-. Yo nací en una familia muy pobre que vivía en la parte oriental de Polonia. Al estallar la guerra fue ocupada por las tropas armadas soviéticas, entonces tuvimos que huir hacia Polonia central y vivir en una aldea aún más pobre y más analfabeta, donde no había ningún libro." Sólo después de la Segunda Guerra Mundial, Kapuscinski pudo hallar por azar el primer libro de su vida en el apartamento de un amigo.
K. se rehúsa a usar computadora. No tiene e-mail. Si uno quiere conversar con él, hay que escribirle una carta o enviarle un fax a su casa de Varsovia. Siempre fue un autodidacto. "Durante la guerra, los polacos no podíamos estudiar más que siete años de primaria. Era como vivir en un desierto." Kapuscinski escapó de ese desierto cuando fue a la Universidad de Varsovia, a la que tampoco le sobraban libros. "Yo podría decir que mis lecturas recomendadas empezaron cuando tenía unos veinticinco años." Su historia es muy extraña para quienes creen que sólo se puede ser un lector voraz si se ha tenido esa gula de libros desde niño. "No fue ése mi caso. Y no porque no quisiera, sino porque no tenía nada, ni siquiera zapatos. Mi educación fue muy atrasada en el sentido de que todo lo empecé muy tarde: comencé a leer muy tarde, a escribir muy tarde, a estudiar muy tarde, y todo por la guerra. Puedo decir que esos diez años más formativos en el ser humano, entre los nueve y diecinueve años, yo los tuve perdidos." Su parto de escritor se produjo cuando tenía dieciséis años. Entonces publicó su primer poema en una revista cultural de Varsovia. "Fue como una inspiración que me pareció extraña a mí mismo. Escribí el poema, lo puse en el correo y una semana después lo vi publicado en esa revista", me dice como si hubiese sido ayer. De la poesía anglosajona le gustan más Whitman y Eliot. De la poesía italiana, Ungaretti y Quasimodo. De la francesa, Baudelaire, Eluard y Apollinaire. De la latinoamericana, Vallejo y Octavio Paz.
Kapuscinski, que en su afán vagabundo por descifrar este mundo habla y lee en siete idiomas, dice que su prosa le debe demasiado a la poesía. "Habían matado a todos los corresponsales y, como me volví un poeta conocido en Varsovia, me llamaron para escribir en un periódico cuando estaba en la secundaria." Desde el principio K. rechazó esa división entre el escritor y el reportero. "Cuando me preguntan qué es lo que yo escribo, yo les digo que escribo textos. El problema de los géneros y las terminologías es que tienen diferentes sentidos en diferentes idiomas y culturas. En nuestra tradición literaria no tenemos esta distinción que hay en América latina entre la crónica y el reportaje. Entonces nunca pensé en si quería ser escritor o si quería ser periodista. Cuando me sentaba, no pensaba en que iba a escribir una novela o un reportaje o un ensayo. Yo sólo quería escribir bien." Había leído que Kapuscinski no creía en los géneros literarios tradicionales y que esa fe en la experimentación de lo inclasificable lo había llevado a decir que había que escribir más libros como Tristes Tropiques, del antropólogo Lévi-Strauss, o Cool Memories, de Baudrillard.
"No se puede escribir ahora cualquier libro. Ahora escribir un libro debe ser una protesta", dijo en su taller de México, como uno de los últimos dinamiteros de las fronteras de género. Allí sus últimos consejos fueron leer, leer y leer. "Los periodistas se preocupan por cómo escribir más que por aprender a leer. La tendencia va hacia la Ôensayificación' de la prosa", me dice K. Servirse de la sociología, la antropología, la psicología y la historia para hacer de la literatura un cajón de sastre. Leer, viajar, investigar, leer y escribir sólo el cinco por ciento del material recolectado. Para escribir Ebano, Kapuscinski devoró una biblioteca de doscientos libros sobre asuntos africanos. Recuerda haber leído catorce mil páginas antes de escribir un libro sobre Crimea. Kapuscinski vuelve a mirar de reojo su reloj y empieza a responderme con evasivas. No recuerda su primer libro memorable. Se rehúsa a hacer una lista de libros que hubiera querido escribir. Se olvida de sus queridos Conrad y Proust. Va a perder el avión y aún no ha terminado de decidir qué libros tendrá que dejar abandonados en su habitación del hotel. "A veces me preguntan qué libro influyó más en mi prosa y yo tengo que decir que ninguno, porque no puedo decir si alguien ha escrito antes de esa manera. Tuve que inventar una nueva prosa." Por ello los críticos, desconcertados, han bautizado su estilo con el aparatoso nombre de creative non fiction.
En los días de su taller en México, Kapuscinski había pedido que no lo molestaran a partir de cierta hora de la noche. A esa hora sólo quería leer, y lo que más lee es filosofía. "Mi sueño fue siempre ser filósofo. Pero entré en la universidad en tiempos del estalinismo y la Facultad de Filosofía había sido cerrada porque se la consideraba muy burguesa. Tuve que estudiar historia." K. tenía entre sus filósofos favoritos a Platón, Schopenhauer, Nietzsche y Dostoievski. "Digo Dostoievski porque el problema entre los rusos es que no tenían filósofos académicos y sus filósofos están entre sus novelistas y sus hombres de iglesia. En la tradición rusa no hay una clara distinción entre la filosofía y la teología, y entre ellas se entromete la literatura." Para K., Los hermanos Karamazov es un ejemplo clásico de este modo de expresión del pensamiento ruso. Kapuscinski dice que no le gusta tanto leer biografías, a pesar de su admiración por esos monumentales trabajos que Ellmann escribió sobre Joyce y Wilde. "La mayoría de las biografías son sólo trabajos de no ficción", explica. Pero no dudo que ha leído las de Dostoievski.
Sólo los rusos hacen que esta mañana Kapuscinski se olvide por unos minutos de su reloj y que se vuelva un hombre fuera de su tiempo. No sólo ha confesado que le debe a Chéjov el principio de su libro El Emperador, sino que está de acuerdo con él en que sólo aparece un talento por cada dos millones de habitantes. Pero, a principios del tercer milenio, Kapuscinski se corrige en sus cálculos: "Creo que ahora aparece un talento cada cinco o diez millones de personas, muy rara vez". Le comento que la prosa de Dostoievski es apesadumbrada y a su lado la de Chéjov es más traviesa y alegre. "No. De Chéjov se suelen conocer más sus cuentos y teatro, pero no tanto el resto de su obra, como sus diarios y sus reportajes. Chéjov fue un gran reportero. Cuando estaba muy enfermo de tuberculosis se fue en un barco a una isla rusa del Pacífico, Sajaliv, y escribió un reportaje sobre los maltratos que sufrían allí los prisioneros. Era un maestro en la creación de atmósferas, de esos pueblos en los que no sucede nada. Y fue cuando estaba ya muy enfermo." K. tose tres, cinco veces. Temo que esa tos insistente haya sido como un despertador que recuerda que ya es hora de que parta a buscar sus maletas. Pero a Kapuscinski se le suelta la lengua cuando se trata de recordar a su atormentado antecesor ruso.
Sí, Dostoievski escribía muy mal, pero su mundo literario es inolvidable. K. está de acuerdo en que en el siglo XIX Dostoievski fue uno de los modelos de la literatura más imperfecta pero, paradójicamente, más grande e imperecedera: "Un editor moderno eliminaría la mitad de todas sus novelas por esa tendencia a hablar, hablar, hablar. Pero de repente, llegas a una página y hallas cosas geniales. Esa era su forma de escribir. En literatura, si mantienes el mismo nivel durante todo el tiempo, te haces ilegible. Hay que poner adentro un poco de kitsch, para reforzar luego el mensaje". K. me sorprende con su defensa cerrada del kitsch, pero recuerdo que de vez en cuando sus libros están plagados de moscas literarias que sobrevuelan los ojos de sus lectores distrayéndolos de la tensión de una escena trágica. "Siempre estoy discutiendo eso con mis editores y más ahora que estoy publicando mi libro Lapidarias, una obra que va a terminar con mi muerte. Si tomas a un escritor como Canetti, que tiene varios niveles de calidad, haces una selección de sus mejores pensamientos y los publicas en un librito de cien páginas, Canetti sería ilegible. La altura asfixia y de vez en cuando hay que descender para encontrar un respiro", me advierte K., como si me tratara de decir que la buena literatura es una suerte de montaña rusa de ideas y palabras.
Ha escrito Lapidarias con este método, un libro en el que la más alta filosofía se acuesta con las notas más banales. "Es una poética del fragmento que te da la oportunidad de descansar." Le pregunto si esta poética de Lapidarias lo vuelve un pariente estilístico de Nietzsche y de Cioran. "De Nietzsche sí, pero de Cioran no, porque justamente él es un escritor que, en sus entrevistas, dice que anda sólo por las cumbres del pensamiento. Es decir, Cioran elimina todo lo que le ha costado llegar a esa cumbre y sólo escribe la última sentencia. Nunca puedes saber cómo llegó a ese pensamiento. Por eliminar todo el proceso para llegar a esa última sentencia, sus libros son ilegibles. Cioran me parece un gran ensayista cuando escribe sobre la religión y la historia, pero su escritura de aforismos es ilegible. Puedes leer sólo uno o dos." Pero a Kapuscinski le gusta la poética del fragmento: "Es una forma muy moderna de expresarse para el lector contemporáneo, que no tiene tiempo de leer historias tan largas y complejas, ese lector que prefiere leer echado en la noche con una lámpara que en cualquier momento puede apagar", me dice antes de colocar su diestra encogida sobre su boca, su gesto más habitual de escucha.
Kapuscinski tuvo que crecer bajo la sombra de Rusia. Le recuerdo ese modo de pensar ruso que no separa la filosofía de la teología, le pregunto entonces qué le parece la Biblia como literatura. "La leo todo el tiempo y muy a menudo la estoy citando. Mi libro El Emperador tiene un poco la estructura de la Biblia. Es el libro más dramático que se ha creado, pero también es un libro muy cruel. Ahora se suele criticar a la televisión por transmitir tanta violencia, cuando más cruel ha sido la Biblia: en sus páginas se come a niños, se llama a matar a los enemigos, se queman casas, se sacan los ojos a los hombres. Los dueños de la televisión moderna no han inventado nada nuevo."
¿Qué tiene en común Kapuscinski con el autor de El principito, con quien los críticos suelen compararlo? K. me recuerda que, como él, Saint-Exupéry era un viajero pero no un turista, pues los suyos eran viajes de trabajo, en situaciones muy duras. "El principito no es un libro para niños. No soy partidario de esas clasificaciones." Pero K. sonríe entre sacramentado y disidente cuando lee lo que sobre él dicen las contraportadas de sus libros. "Sus escritos se sitúan justo entre Kafka y García Márquez." Y símiles aún más acrobáticos y delirantes: "Se lee como una versión de Lewis Carroll sobre Hitler en su bunker". No puedo evitar preguntarle sobre el otro ciudadano K., citándole lo que había escrito un crítico después de leer El Emperador: "El efecto es como si Kafka hubiera escrito El Castillo desde dentro". Sabía que Kapuscinski admiraba a García Márquez y que Gabo había confesado haber llorado cuando leyó por primera vez La metamorfosis. "Kafka me gusta, pero no tengo nada especial que decir sobre él." Y añade, al darse cuenta de que no me convence su respuesta casi evasiva: "Yo leí a Kafka no tan joven y luego, por mi trabajo, no tuve tiempo de releerlo. Tuve que concentrarme en lecturas antropológicas sobre el Tercer Mundo. Preparaba un libro y me ponía a leer todo sobre ese tema en particular. Todo depende de tu propia historia de lector. No he sido un lector de placer, sino de oficio". Por ahora, he podido seguir aquí gracias a los ademanes de K., que han acabado por esconder su reloj debajo de su manga.
Hace rato que Kapuscinski ha terminado de beber su vaso de agua. Le pregunto si tiene algo contra los ‘best sellers’. "Sí, estoy en contra de los best sellers, pero no puedo hacer nada. Es un gran problema de nuestro tiempo. Es una trampa muy engañosa, pero “The New York Times Books Review” encontró esta solución: en cada lista de libros más vendidos ponen también una lista de los libros preferidos por sus críticos. Es como una balanza que muestra las tonterías del mundo con sus best sellers, pero también que hay libros valiosos", me dice y hace el gesto de levantarse de la mesa como una amable amenaza. Sólo me queda atarlo con palabras y más palabras, un minuto más. Le recuerdo que George Steiner, uno de los críticos más leídos y respetados del mundo académico, anunció la muerte de la literatura, casi en complicidad con los bajos instintos de Bill Gates. "Es una profecía absurda. Toda la historia consciente de la cultura humana empieza porque el primer hecho estaba escrito", me dice K., frunciendo el entrecejo, como si esta vez se pusiera de pie para ir a ajustar cuentas con Bill Gates.
Días de aventura
Durante los años 70, Kapuscinski fue descubierto por los críticos como uno de los pocos periodistas destinados a convertirse en un clásico. En El Emperador describió el ocaso de Hailie Selassie, el hombre que gobernó Etiopía durante décadas. Más tarde El Shah o la desmesura del poder cautivó el interés del público con la historia del sha de Irán. Por cierto, los personajes y los países elegidos tenían todo para fascinar a los lectores: La mezcla de poder, destinos trágicos, corrupción, exotismo y fortunas fabulosas resultaba irresistible. Pero el éxito de Kapuscinski no se basa meramente en la hábil elección de temas, sino en la maestría de su prosa y en el hecho de que no vacila en dedicar años de investigación y de viajes para compenetrarse con la mentalidad de los pueblos sobre los que escribe. Como viajero y periodista, Kapuscinski tiene un fino olfato para percibir atmósferas y para establecer contactos que le revelan las claves de una situación. Además, combina sabiamente el relato de golpes de Estado, guerras y revoluciones con el de las peripecias de los habitantes de un país o de un continente. Brinda así a los lectores la vibración de una aventura épica y también la intimidad de la vida cotidiana.
En El Imperio Kapuscinski retrató de modo admirable la caída de la URSS y en Ebano exploró las entrañas del continente africano con la precisión de un cirujano, la delicadeza de un miniaturista y la visión panorámica de un general en campaña.
Entre Borges y Gabo
Puesto a opinar sobre Borges y García Márquez, Kapuscinski hizo algunas precisiones.
Tú admiras a Borges, pero él se atrevió a decir que a Cien años de soledad le sobraban cincuenta años.
¿Eso dijo?
Sí
No, yo admiro la obra de Gabo. Borges tenía otras virtudes: demostrar que con el texto se puede crear literatura.
Si en algo te pareces a Borges es en que él también era un gran lector de filósofos. Pero Borges abominaba el periodismo...
Era un aristócrata y tenía ideas derechistas. Pero siempre he estado en contra de clasificar el valor de la literatura por las ideas políticas de sus autores.
Tomado de La Nación Line, Suplemento Cultura, 19/9/2001
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Entrevista
Sobre el oficio
Ryszard Kapuscinski
El teórico de las comunicaciones Riszard Kapuscinski estuvo de visita en el periódico "El Colombiano" para dialogar con los periodistas del diario. A continuación una extracto de la charla introductoria:
El tema al que fui invitado a hablar en este foro está dedicado al periodismo, nuestra profesión, la que estamos cumpliendo y que atraviesa, como todos lo medios de comunicación, por una situación de cierta desorientación, de cambio, de crisis, en la que todos tratamos de buscar las soluciones adecuadas y mejores.
Vale la pena discutir estos problemas, porque de estas discusiones, siempre algo bueno puede aparecer. El Foro en Bogotá fue una prueba de esta situación y de esta idea, porque se discutía de manera muy seria, muy preocupante, muy creativa, problemas vinculados con nuestra profesión y gobernabilidad, nuestra profesión y democracia, nuestra profesión y sociedad.
Todo esto que es tan importante, si se piensa en nuestra profesión, en un deber no solamente para ganar dinero, porque es poco dinero el que se gana, sino como cierta actitud social, como cierto deber patriótico y humano. Discutir para cumplir en mejor manera lo que estamos haciendo.
Con mucho entusiasmo acepté esta invitación. Vine, y realmente estaré unas semanas en Colombia, pero es tan emocionante para mí estar en Colombia, que yo quisiera saber más, leer, conversar, conocer lo que está pasando aquí. Porque es un país, no solamente de gran interés, sino de gran importancia, gran pasado, de una sociedad muy creadora, muy simpática.
Cuando se viene de Europa a Colombia, uno descansa. Porque en Europa hay tanta tensión, la gente es tan fría, no hablan, no contestan; aquí se está en una sociedad que todos ayudan, todos están muy simpáticos, muy amables, muy acogedores; es una gran experiencia y unas grandes vacaciones emocionales, si se puede decir esto. Porque ustedes son gente de gran cariño y simpatía.
De nuestra profesión se puede hablar sin fin, porque vivimos en el mundo de las grandes promesas para nuestra profesión, el mundo del siglo XXI va a ser el mundo informativo, el mundo de la informática, el mundo en cultura, con gran sentido, en amplio sentido de la palabra, va a jugar un rol de suma importancia y dentro de ese desarrollo de valores culturales, de importancia, de cultura, es el desarrollo de los medios de comunicación. Y dentro de ellos nuestra profesión.
Nuestra profesión, si se le compara con lo que fue 30 años atrás, es un proceso de gran revolución. En dos sentidos:
1. El número de puestos de información creció enormemente como el resultado de la revolución electrónica. En lugares donde hace 50 años trabajaban 20 periodistas, ahora hay 2000 periodistas. Y ese número crece. Cuando yo miro algún país, por decir en Europa, Suecia, y allí Estocolmo, hace 50 años había un periódico, una estación de radio, no había televisión, entonces uno iba allá, hacia dos entrevistas y punto, se acabó. Ahora cuando uno va a Estocolmo, en este mismo lugar hay 20 periódicos, 100 emisoras de radio y 15 estaciones de televisión, y cada uno quiere una entrevista exclusiva y está luchando por esto. De mi propia experiencia se ve como creció enormemente nuestra profesión. En tamaño.
2. No es eso todo, porque ya están detrás de nosotros, nuevas generaciones periodísticas. Hay en el mundo un sin fin de escuelas de periodismo. Hace no mucho tiempo atrás, estuve en Madrid, me asombró que en esta sola ciudad, existen escuelas de periodismo en las que estudian 35 mil estudiantes. Imagínese esto, en una sola ciudad 35 mil estudiantes de periodismo. Y todos, claro, con la esperanza que van a ser periodistas. Claro, en la práctica no todos van a ser periodistas. Esto demuestra el sentido que existe ahora alrededor de nuestra profesión.
Cuando se habla con los estudiantes de secundaria, la mitad quiere ser periodistas. Nuestra profesión es muy atractiva, y eso es una de las pruebas de cómo cambia el mundo de los medios de comunicación y nuestra posición social.
Otra de las cosas que pasó con el gran influjo de las nuevas generaciones del periodismo, fue que en muchos casos se bajó el nivel de lo que es el periodismo. Antes era un grupo de periodistas en una sociedad, en una ciudad, que gozaban de gran prestigio, eran hombres de mucha importancia, todos los conocían.
Se cambiaron mucho entre los políticos y los periodistas, los grandes políticos del siglo XX, la mayoría eran periodistas. Los líderes mundiales en ciertos momentos de su carrera fueron periodistas. Lo mismo sucedía con muchos escritores, ustedes tienen un gran ejemplo en su propia patria, Gabriel García Márquez, que era periodista y su obra periodística era en tamaño mucho mayor que su creación literaria.
Lo que Gabriel García Márquez hizo por su obra y en su obra, fue que él mostró, que el periodismo cumplido en alto nivel, está al mismo nivel que la literatura; que el periodismo no es cosa que se hace de una hora a otra, y que dura solamente un día. El gran periodismo es el arte que dura años.
Yo ayer (lunes 21 de agosto) estuve en una librería en Bogotá, en la que vi las obras periodísticas de Gabriel García Márquez, tres tomos, fueron tres tomos solamente en Bogotá porque el cuarto tomo yo lo tengo en Varsovia. Pero yo miré las fechas de éstos y eran publicadas todavía en los años 50. Obras periodísticas que pasaron 50 años, la mitad del siglo y estas obras se vuelven a publicar, se venden, porque el gran periodismo tiene este valor.
El gran periodismo dura y eso hay que tenerlo en cuenta, yo sé que esa es nuestra profesión porque yo la hice por años y sé que es muy dura, muy difícil de encontrar el tiempo y la fuerza, pero es muy importante que pensemos sobre esto, que si escribimos, no siempre es esto posible, lo hagamos pensando que va a durar más que un día, que el valor que queremos dar a un texto es el mismo que un escritor da cuando escribe una novela.
Es muy importante tener conciencia que periodismo y literatura son cosas muy cercanas, especialmente ahora que vivimos en un mundo de cultura, en el mundo de literatura y de arte, que vivimos un fenómeno que es fenómeno de mezcla, de intercambio entre géneros.
Esa tendencia la vemos muy bien en la pintura, por ejemplo, en la música y en la literatura, que se mezclan los géneros que es muy difícil en muchos casos. Y este cantidad es creciente de trazar una frontera entre donde se termina y donde se encuentra otro, esta mezcla tiene valores muy dinámicos, tiene valores muy vivos, muy coloridos. Y de esta mezcla, esta textura, se pueden crear unos textos, unos libros de gran fuerza y de gran importancia.
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Ryszard Kapuscinski
El teórico de las comunicaciones Riszard Kapuscinski estuvo de visita en el periódico "El Colombiano" para dialogar con los periodistas del diario. A continuación una extracto de la charla introductoria:
El tema al que fui invitado a hablar en este foro está dedicado al periodismo, nuestra profesión, la que estamos cumpliendo y que atraviesa, como todos lo medios de comunicación, por una situación de cierta desorientación, de cambio, de crisis, en la que todos tratamos de buscar las soluciones adecuadas y mejores.
Vale la pena discutir estos problemas, porque de estas discusiones, siempre algo bueno puede aparecer. El Foro en Bogotá fue una prueba de esta situación y de esta idea, porque se discutía de manera muy seria, muy preocupante, muy creativa, problemas vinculados con nuestra profesión y gobernabilidad, nuestra profesión y democracia, nuestra profesión y sociedad.
Todo esto que es tan importante, si se piensa en nuestra profesión, en un deber no solamente para ganar dinero, porque es poco dinero el que se gana, sino como cierta actitud social, como cierto deber patriótico y humano. Discutir para cumplir en mejor manera lo que estamos haciendo.
Con mucho entusiasmo acepté esta invitación. Vine, y realmente estaré unas semanas en Colombia, pero es tan emocionante para mí estar en Colombia, que yo quisiera saber más, leer, conversar, conocer lo que está pasando aquí. Porque es un país, no solamente de gran interés, sino de gran importancia, gran pasado, de una sociedad muy creadora, muy simpática.
Cuando se viene de Europa a Colombia, uno descansa. Porque en Europa hay tanta tensión, la gente es tan fría, no hablan, no contestan; aquí se está en una sociedad que todos ayudan, todos están muy simpáticos, muy amables, muy acogedores; es una gran experiencia y unas grandes vacaciones emocionales, si se puede decir esto. Porque ustedes son gente de gran cariño y simpatía.
De nuestra profesión se puede hablar sin fin, porque vivimos en el mundo de las grandes promesas para nuestra profesión, el mundo del siglo XXI va a ser el mundo informativo, el mundo de la informática, el mundo en cultura, con gran sentido, en amplio sentido de la palabra, va a jugar un rol de suma importancia y dentro de ese desarrollo de valores culturales, de importancia, de cultura, es el desarrollo de los medios de comunicación. Y dentro de ellos nuestra profesión.
Nuestra profesión, si se le compara con lo que fue 30 años atrás, es un proceso de gran revolución. En dos sentidos:
1. El número de puestos de información creció enormemente como el resultado de la revolución electrónica. En lugares donde hace 50 años trabajaban 20 periodistas, ahora hay 2000 periodistas. Y ese número crece. Cuando yo miro algún país, por decir en Europa, Suecia, y allí Estocolmo, hace 50 años había un periódico, una estación de radio, no había televisión, entonces uno iba allá, hacia dos entrevistas y punto, se acabó. Ahora cuando uno va a Estocolmo, en este mismo lugar hay 20 periódicos, 100 emisoras de radio y 15 estaciones de televisión, y cada uno quiere una entrevista exclusiva y está luchando por esto. De mi propia experiencia se ve como creció enormemente nuestra profesión. En tamaño.
2. No es eso todo, porque ya están detrás de nosotros, nuevas generaciones periodísticas. Hay en el mundo un sin fin de escuelas de periodismo. Hace no mucho tiempo atrás, estuve en Madrid, me asombró que en esta sola ciudad, existen escuelas de periodismo en las que estudian 35 mil estudiantes. Imagínese esto, en una sola ciudad 35 mil estudiantes de periodismo. Y todos, claro, con la esperanza que van a ser periodistas. Claro, en la práctica no todos van a ser periodistas. Esto demuestra el sentido que existe ahora alrededor de nuestra profesión.
Cuando se habla con los estudiantes de secundaria, la mitad quiere ser periodistas. Nuestra profesión es muy atractiva, y eso es una de las pruebas de cómo cambia el mundo de los medios de comunicación y nuestra posición social.
Otra de las cosas que pasó con el gran influjo de las nuevas generaciones del periodismo, fue que en muchos casos se bajó el nivel de lo que es el periodismo. Antes era un grupo de periodistas en una sociedad, en una ciudad, que gozaban de gran prestigio, eran hombres de mucha importancia, todos los conocían.
Se cambiaron mucho entre los políticos y los periodistas, los grandes políticos del siglo XX, la mayoría eran periodistas. Los líderes mundiales en ciertos momentos de su carrera fueron periodistas. Lo mismo sucedía con muchos escritores, ustedes tienen un gran ejemplo en su propia patria, Gabriel García Márquez, que era periodista y su obra periodística era en tamaño mucho mayor que su creación literaria.
Lo que Gabriel García Márquez hizo por su obra y en su obra, fue que él mostró, que el periodismo cumplido en alto nivel, está al mismo nivel que la literatura; que el periodismo no es cosa que se hace de una hora a otra, y que dura solamente un día. El gran periodismo es el arte que dura años.
Yo ayer (lunes 21 de agosto) estuve en una librería en Bogotá, en la que vi las obras periodísticas de Gabriel García Márquez, tres tomos, fueron tres tomos solamente en Bogotá porque el cuarto tomo yo lo tengo en Varsovia. Pero yo miré las fechas de éstos y eran publicadas todavía en los años 50. Obras periodísticas que pasaron 50 años, la mitad del siglo y estas obras se vuelven a publicar, se venden, porque el gran periodismo tiene este valor.
El gran periodismo dura y eso hay que tenerlo en cuenta, yo sé que esa es nuestra profesión porque yo la hice por años y sé que es muy dura, muy difícil de encontrar el tiempo y la fuerza, pero es muy importante que pensemos sobre esto, que si escribimos, no siempre es esto posible, lo hagamos pensando que va a durar más que un día, que el valor que queremos dar a un texto es el mismo que un escritor da cuando escribe una novela.
Es muy importante tener conciencia que periodismo y literatura son cosas muy cercanas, especialmente ahora que vivimos en un mundo de cultura, en el mundo de literatura y de arte, que vivimos un fenómeno que es fenómeno de mezcla, de intercambio entre géneros.
Esa tendencia la vemos muy bien en la pintura, por ejemplo, en la música y en la literatura, que se mezclan los géneros que es muy difícil en muchos casos. Y este cantidad es creciente de trazar una frontera entre donde se termina y donde se encuentra otro, esta mezcla tiene valores muy dinámicos, tiene valores muy vivos, muy coloridos. Y de esta mezcla, esta textura, se pueden crear unos textos, unos libros de gran fuerza y de gran importancia.
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¿Reflejan los media la realidad del mundo?
¿Reflejan los media la realidad del mundo?
Nuevas censuras, sutiles manipulaciones
Ryszard Kapuscinski*
Periodista y escritor polaco
¿En qué medida los medios de comunicación son un espejo fiel del mundo? Desde que las nuevas tecnologías han convulsionado el periodismo y permitido la constitución de grandes grupos mediáticos con ambiciones planetarias, esta cuestión resulta más pertinente que nunca.
La instantaneidad y el directo han cambiado las condiciones del periodismo de investigación. Y el imperativo del beneficio ha reemplazado a las más nobles exigencias cívicas. Pero, en todas partes, resiste otro periodismo, más preocupado por la verdad y el rigor, como se ha constatado en Irán, en Burkina Faso, en Argelia y en otros lugares...
En los debates sobre los media se concede una atención excesiva a los problemas técnicos, a las leyes del mercado, a la competencia, a las innovaciones y a la audiencia. Y una atención insuficiente a los aspectos humanos. No soy un teórico de los media sino un simple periodista, un escritor que, desde hace cuarenta años, se dedica a recoger y tratar la información (y también a consumirla). Me gustaría compartir las conclusiones a las que he llegado al final de esta larga experiencia.
Mi primera observación se refiere a las dimensiones. Afirmar, como se hace a menudo, que "toda la humanidad" está pendiente de lo que hacen o dicen los media es una exageración. Incluso cuando acontecimientos como la apertura de los Juegos Olímpicos son vistos por dos millardos de telespectadores, eso no representa más que un tercio de la población del planeta.
Otros mega acontecimientos (Copa del Mundo de Fútbol, matrimonios o funerales de personalidades) son difundidos masivamente en las pantallas, y apenas un 10 o un 20% de humanos los miran. Ciertamente eso representa masas gigantescas pero no "toda la humanidad". Cientos de millones de personas no tienen ningún contacto con los media. En diversas regiones de África, la televisión, la radio e incluso los periódicos, son inexistentes. En Malaui no hay mas que un periódico; en Liberia, dos, bastante mediocres por otra parte, pero ninguna televisión.
En numerosos países la televisión no funciona más que dos o tres horas al día. Y en vastas extensiones de Asia - por ejemplo en Siberia, en Kazajstán o en Mongolia - hay algunas redes de televisión pero las personas no disponen de receptores que les permitan captar los programas. En la época de Leonidas Breznev, en los grandes espacios de la Siberia soviética, los programas de las radios occidentales no se interceptaban porque, a falta de receptores, nadie podía escucharlos.
Una gran parte de la humanidad vive todavía fuera de la influencia de los media y no tiene ninguna razón para inquietarse por las manipulaciones mediáticas o la mala influencia de los medios de masas. A menudo, en particular en América Latina y en África, la única función de la televisión es divertir.
Se encuentran televisores en los bares, los restaurantes y los hoteles. Las personas tienen la costumbre de ir al bar para tomar una copa y mirar la televisión. Y a nadie se le ocurre la idea de exigir que este media sea serio o que tenga cualquier función informativa o educativa. La mayor parte de los africanos o latinoamericanos no esperan de la televisión una interpretación seria del mundo, lo mismo que no la esperarían de un circo.
La gran revolución de las nuevas tecnologías es un fenómeno reciente. Su primera consecuencia importante ha sido un cambio radical en el universo del periodismo. Pensemos en la primera cumbre de jefes de Estado de África. Se celebró en 1963, en Addis Abeba (Etiopía).
Para cubrirla llegaron periodistas del mundo entero. Cerca de doscientos enviados especiales y corresponsales de grandes periódicos internacionales, de agencias de prensa y de estaciones de radio. Algunos equipos rodaban para documentales informativos pero no había ni un solo equipo de televisión.
Nos conocíamos todos; sabíamos lo que hacia cada uno y éramos incluso amigos. Auténticos maestros de la pluma y verdaderos expertos de las grandes cuestiones internacionales estaban presentes. Cuando pienso en ello, y sin ninguna nostalgia de una edad de oro que nunca existió, me parece que fue la última gran reunión de reporteros del mundo, el final de una época heroica en la que el periodismo estaba considerado como una profesión reservada a los mejores, una vocación elevada, noble, a la que el interesado se consagraba plenamente, de por vida.
Después ha cambiado todo. La búsqueda y la difusión de información se han convertido en una ocupación practicada en cada país por miles de personas. Las escuelas de periodismo se han multiplicado formando, año tras año, a noveles que llegan a la profesión. Esto no tiene ya nada que ver. En otros tiempos, el periodismo era una misión, no una carrera.
Hoy, no se cuentan los individuos que practican el periodismo sin identificarse con esta profesión, o sin haber decidido dedicarle plenamente su vida y lo mejor de ellos mismos. Es, para algunos, una especie de hobby, que pueden abandonar en cualquier momento para hacer otra cosa. Numerosos periodistas actuales podrían trabajar mañana en una agencia de publicidad y convertirse, pasado mañana, en agentes de cambio.
Las tecnologías punta han provocado una multiplicación de los media. ¿Cuáles son las consecuencias? La principal es el descubrimiento de que la información es una mercancía cuya venta y difusión pueden proporcionar importantes beneficios. Antaño, el valor de la información iba asociado a diversos parámetros, en particular al de la verdad. También se concebía como un arma que favorecía la lucha política.
Todavía está fresco el recuerdo de los estudiantes que, en la época del comunismo, quemaban en la calle ejemplares de los periódicos del partido al grito de "la prensa miente". Hoy todo ha cambiado. El precio de la información depende de la demanda, del interés que suscita. Lo que prima es la venta. Una información será juzgada sin valor si no consigue interesar a un publico amplio.
El descubrimiento del aspecto mercantil de la información ha motivado la afluencia del gran capital hacia los media. Los periodistas idealistas, esos dulces soñadores en búsqueda de la verdad que antes dirigían los periódicos, han sido reemplazados, a menudo, a la cabeza de las empresas, por hombres de negocios.
Todos los que visitan las redacciones de los soportes más diversos, pueden constatar estos cambios. Antes, los media estaban instalados en inmuebles de segunda categoría y disponían de oficinas estrechas, oscuras y mal amuebladas, donde hormigueaban periodistas andrajosos y sin dinero, rodeados de montañas de papeles en desorden, de periódicos y de libros.
Hoy, basta visitar los locales de una gran cadena de televisión: Los inmuebles son palacios suntuosos, todos de mármol y espejos. Al visitante le guían maniquíes-azafatas a través de largos pasillos enmoquetados. Estos palacios son ahora las sedes de un poder del que antes solo disponían los presidentes de los Estados o los jefes de gobierno. Este poder se encuentra ahora en manos de los patronos de los nuevos grupos mediáticos.
Es el mercado quien verifica
Desde que está considerada como una mercancía, la información ha dejado de verse sometida a los criterios tradicionales de la verificación, la autenticidad o el error. Ahora se rige por las leyes del mercado. Esta evolución es la más significativa entre todas las que han afectado al terreno de la cultura. Consecuencia: se ha sustituido a los antiguos héroes del periodismo por un número imponente de trabajadores de los media, prácticamente todos hundidos en el anonimato. La terminología utilizada en Estados Unidos es reveladora de este fenómeno: el "media worker" suplanta, frecuentemente, al periodista.
El mundo de los media ha explotado, de tal manera, que comienza a vivir por sí mismo, como una entidad autosuficiente. La guerra interna entre los grupos mediáticos es una realidad más intensa que la del mundo que les rodea. Importantes equipos de enviados especiales recorren el mundo. Forman una gran jauría, en el seno de la cual cada reportero vigila al otro. Hay que tener la información antes que el vecino. El 'scoop' o la muerte. Por eso, aunque varios acontecimientos se producen simultáneamente en el mundo, los media sólo cubrirán uno: el que haya atraído a toda la jauría.
En más de una ocasión he formado parte de esa jauría. Además la he descrito en mi libro "D'une guerre a l'aurtre" (1) y sé cómo funciona. La crisis provocada en 1979 por la captura de rehenes norteamericanos en Teherán es un ejemplo. Aunque, en la práctica, no pasaba nada en la capital de Irán, miles de enviados especiales llegados del mundo entero permanecieron durante meses en la ciudad.
La misma jauría se desplazó, años más tarde, al Golfo, durante la guerra de 1991 a pesar de que no se podía hacer nada porque los norteamericanos prohibían a cualquiera acercarse al frente. En el mismo momento, se producían acontecimientos atroces en Mozambique y Sudán; pero eso no emocionó a nadie porque la jauría se encontraba en el golfo. En diciembre de 1991, durante el golpe de Estado, Rusia tuvo derecho a las mismas atenciones. Mientras que los hechos realmente importantes, las huelgas y las manifestaciones, tenían lugar en Leningrado, el mundo lo ignoraba porque los enviados de todos los media no se movían de la capital, esperando que ocurriera algo en Moscú, donde reinaba una calma absoluta.
Las nuevas tecnologías, sobre todo el teléfono móvil y el correo electrónico, han transformado radicalmente las relaciones entre los reporteros y sus jefes. Antes, el enviado de un periódico, el corresponsal de una agencia de prensa o de una cadena de televisión, disponía de una gran libertad y podía dar libre curso a su iniciativa personal. Buscaba la información, la descubría, la verificaba, la seleccionaba y le daba forma. Actualmente, y cada vez más a menudo, no es más que un simple peón que su jefe desplaza a través del mundo desde sus oficinas, que pueden encontrarse en la otra punta del planeta.
Por su parte, este jefe tiene al alcance de su mano informaciones procedentes de multitud de fuentes (cadenas de informaciones en continuo, despachos de agencias, Internet) y puede, de esta manera, tener su propia visión de los hechos, eventualmente muy distinta de la del reportero que cubre el acontecimiento en el lugar de los hechos.
A veces, el jefe no puede esperar pacientemente a que el reportero termine su trabajo. Y es él quien informa al reportero del desarrollo de los acontecimientos y lo único que espera de su enviado especial es la confirmación de la idea que se ha hecho sobre el asunto. Muchos reporteros, hoy, tienen miedo a buscar la verdad por sí mismos.
En México, uno de mis amigos trabajaba para las cadenas de televisión norteamericanas. Me lo encontré en la calle; estaba a punto de filmar enfrentamientos entre estudiantes y policía. "¿Qué ocurre, John?", le pregunté. "No tengo la menor idea, me respondió sin dejar de filmar. No hago más que grabar, me contento con tomar las imágenes; después, las envío a la cadena que hace lo que quiere con este material".
La ignorancia de los enviados especiales sobre los acontecimientos que están encargados de describir es, a veces, sorprendente. Cuando las huelgas de Gdansk, en agosto de 1981, que dieron nacimiento al sindicato Solidarnosc, la mitad de los periodistas extranjeros llegados a Polonia a cubrir el acontecimiento no podían situar Gdansk (el antiguo Dantzig) en un mapa.
Aún sabían menos sobre Ruanda cuando las masacres de 1994: la mayor parte de ellos pisaban por primera vez el continente africano y habían desembarcado directamente en el aeropuerto de Kigali, en aviones fletados por la ONU, sabiendo apenas dónde se encontraban. Casi todos ignoraban las causas y las razones del conflicto. Pero el defecto no es culpa de los reporteros. Ellos son las primeras víctimas de la arrogancia de sus patronos, de los grupos mediáticos y de las grandes redes de televisión. "¿Qué más me pueden exigir?, me decía recientemente el cámara del equipo de una gran cadena de televisión norteamericana. En una semana he tenido que filmar en cinco países de tres continentes distintos ".
La historia «telefalsificada»
Esta metamorfosis de los media plantea una cuestión fundamental: ¿Cómo entender el mundo? Hasta ahora se aprendía la historia gracias al saber que nos legaban nuestros ancestros, a lo que contenían los archivos y a lo que descubrían los historiadores. Hoy, la pequeña pantalla es la nueva (y prácticamente la única) fuente de la historia, destilando la versión concebida y desarrollada por la televisión.
Mientras que el acceso a los documentos sigue siendo difícil, la versión que difunde la televisión, incompetente e ignorante, se impone sin que podamos cuestionarla. El ejemplo más esclarecedor de este fenómeno es, quizá, Ruanda, país que conozco bien. Cientos de millones de personas en el mundo han visto las imágenes de las víctimas de las matanzas étnicas con comentarios, en su mayor parte, completamente erróneos. ¿Cuántos telespectadores han completado esta visión recurriendo a obras fiables sobre Ruanda? El peligro es que se consumen mucho mas fácilmente los media que los libros.
La civilización se vuelve cada vez dependiente de la versión de la historia imaginada por la televisión. Una versión a menudo falsa y sin fundamento. El telespectador de masas, al filo del tiempo, no conocerá más que la historia "telefalsificada", y sólo un pequeño número de personas tendrán conciencia de que existe otra versión más auténtica de la historia.
Rudolph Arnheim, gran teórico de la cultura, ya predijo, en los años 30, en su libro Film as Art (2), que el ser humano confundiría el mundo percibido por sus sensaciones y el mundo interpretado por el pensamiento, y creería que ver es comprender. Pero eso es falso. La televisión, escribió Arnheim, "será un examen más riguroso para nuestro conocimiento. Podrá enriquecer nuestros espíritus, lo mismo que podrá volverlos letárgicos ". Tenía razón.
La confusión, en general inconsciente, entre ver y saber, y ver y comprender, la utiliza la televisión para manipular a las personas. En una dictadura se sirve de la censura; en una democracia de la manipulación. El blanco de estas agresiones es siempre el mismo: el ciudadano de a pie. Cuando los media hablan de ellos mismos, enmascaran el problema de fondo con la forma, sustituyen con la técnica, la filosofía. Se preguntan cómo editar, cómo montar o como imprimir.
Discuten problemas de montaje, de bases de datos o de la capacidad de los discos duros. En cambio, cuestionan el contenido de lo que quieren editar o imprimir. El problema del mensajero es reemplazado por el del mensaje. Desgraciadamente, como lamentaba Marshall McLuhan, el mensajero tiene tendencia a convertirse en el contenido del mensaje.
Tomemos el ejemplo de la pobreza en el mundo que es, sin duda, el problema más grave de este fin de siglo. ¿Cómo lo tratan las grandes redes de televisión? La primera manipulación consiste en presentar la pobreza como sinónimo del drama del hambre. Pero los dos tercios de la humanidad viven en la miseria a causa de un reparto no equitativo de las riquezas en el mundo.
La hambruna, en cambio, aparece en ciertos momentos y en regiones muy precisas, pero es generalmente un drama de dimensión local. Además, sus causas se deben, la mayoría de las ocasiones al clima, a cataclismos como la sequía o las inundaciones; y a veces también a las guerras. Hay que añadir que los mecanismos de lucha contra el hambre, en tanto que plaga imprevista y puntual, son relativamente eficaces. Para combatirla, se utilizan los excedentes alimentarios de que disponen los países ricos y se les envía masivamente allí donde la necesidad se deja sentir. Estas operaciones de lucha contra el hambre, como en Sudán o en Somalia, son las que se nos han enseñado en las pantallas de televisión. En cambio, no se ha pronunciado ni una palabra sobre la necesidad de erradicar la miseria mundial.
La segunda estratagema utilizada por los manipuladores de la miseria es su presentación en emisiones de carácter geográfico, etnográfico y turístico, que descubren regiones exóticas del planeta. De esta manera, la miseria es asimilada al exotismo, y la televisión difunde el mensaje de que los lugares predilectos de la miseria son las regiones exóticas. Vista desde este ángulo, la miseria aparece como un fenómeno curioso, una atracción casi turística. Tales imágenes abundan, particularmente, en cadenas temáticas como Travel, Discovery, etc.
La ultima artimaña de estas manipulaciones consiste en presentar la miseria como un dato estadístico, un banal parámetro del mundo real. Esta manera de ver la miseria la condena a perpetuidad; el ser humano no puede así sentirla más que como una amenaza para la civilización dado que necesita aprender a vivir con ella.
Volvamos al punto de partida: ¿Los media reflejan el mundo? Digamos que de manera muy superficial y fragmentaria. Se concentran en las visitas presidenciales o los atentados terroristas; e incluso esos temas parecen interesarles menos. Durante estos cuatro últimos años, la audiencia de los telediarios de las tres principales cadenas norteamericanas ha bajado del 60% al 38% el total de telespectadores.
El 72% de los temas son de carácter local y se refieren a la violencia, drogas, agresiones y delitos. Solo el 5% de su tiempo está dedicado a las noticias del extranjero; e incluso numerosas ediciones ignoran este apartado. En 1987, la edición norteamericana del semanario Time dedicó once portadas a temas internacionales; diez años más tarde, en 1997, solamente una. La selección de las informaciones se basa en el principio "cuanta más sangre haya mejor se vende" (3).
Los «anticuerpos necesarios»
Vivimos en un mundo paradójico. Por una parte se nos dice que el desarrollo de los medios de comunicación ha conseguido unir a todas las partes del planeta entre sí, para formar una "aldea global"; y, por otra, la temática internacional ocupa cada vez menos espacio en los media, ocultada por la información local, por los titulares sensacionalistas, por los cotilleos, los personajillos y toda la información-mercancía.
Pero, seamos justos, la revolución de los media está en plena carrera. Se trata de un fenómeno reciente en la civilización humana; demasiado reciente para que ya haya podido producir los anticuerpos necesarios para combatir las patologías que genera: la manipulación, la corrupción, la arrogancia, la veneración de la pornografía. La literatura sobre los media es, a veces muy crítica, a menudo incluso implacable. Más pronto o más tarde, esta crítica influirá, al menos en parte, en el contenido de los media.
Además, hay que reconocer que muchas personas se sientan delante del televisor porque esperan ver exactamente lo que la televisión les ofrece. a los anos 30, el filósofo español Ortega y Gasset escribía en su libro "La rebelión de las masas", que la sociedad es una colectividad de personas satisfechas de ellas mismas, de sus gustos y sus opciones. Finalmente, el mundo de los media es diverso.
Es una realidad de varios pisos. Junto a los "media basura" hay otros formidables: existen algunos prodigiosos programas de televisión, excelentes emisiones de radio y destacables periódicos. Para quien desee realmente una información honesta, de reflexión en profundidad y basada en sólidos conocimientos, no faltan los media de calidad. A veces es difícil disponer del tiempo necesario para asimilar la oferta existente. Los media son frecuentemente vilipendiados para justificar la letargia en la que han caído nuestras propias conciencias, y nuestra pasividad.
Y nadie ignora que, en la redacción de los periódicos, en los estudios de radio y televisión, hay periodistas sensibles y de gran talento, personas que tienen la estima de sus contemporáneos, que consideran que nuestro planeta es un lugar apasionante, que vale la pena que sea conocido, comprendido y salvado.
La mayor parte del tiempo, esos periodistas trabajan dando muestras de abnegación y de dedicación, con entusiasmo y espíritu de sacrificio, renunciando a las facilidades, al bienestar, hasta llegar a ignorar su seguridad personal. Con el único objetivo de dar testimonio del mundo que nos rodea. Y de la multitud de peligros y esperanzas que entraña.
(*) Publicado en Le Monde Diplomatique, Julio-Agosto 1999
Este texto retoma, en lo esencial, el discurso pronunciado por el autor, en Estocolmo, durante la ceremonia de entrega de los premios de periodismo Stora Jurnalstpriset
(1) Flammarion, París, 1998.
(2) Léase de Rudolph Arnheim, La Pensée visuelle, Flammarion, París, 1976.
(3) Léase a Serge Halimi, "Un journalisme de racolage", Le Monde Diplomatique, agosto de 1998.
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Mesa redonda: La misión del periodista
Ryszard Kapuscinski
Bogotá, jueves 17 de agosto de 2000.
"El periodista especializado en conflictos armados debe ser consciente que se enfrenta a una tragedia humana, con terribles consecuencias futuras, donde todas las partes están perdiendo. Debe entender que en medio de la guerra no hay objetividad: la cubrimos para que se acabe lo más rápido posible y para que se produzca la menor cantidad de muertos.
Antes que especializarse en la guerra, el periodista debe ser un buen ser humano", dijo el periodista y escritor polaco Ryszard Kapuscinski, al iniciar el debate de la mesa redonda efectuada en el Foro Gobernabilidad Democrática y Periodismo en la Coyuntura Política Colombiana que realizó el Instituto Luis Carlos Galán, en la biblioteca Luis Ángel Arango.
"Hoy día tenemos 72 conflictos armados en el planeta –agregó el veterano corresponsal de guerra, autor de 20 libros traducidos a más de 30 idiomas– sin embargo no todo el mundo los conoce, pues no son conflictos entre Estados: Han cambiado el carácter de las guerras y los actores de los conflictos.
En las guerras tradicionales la primera víctima era el soldado mientras que en las guerras modernas, los soldados evitan encontrarse porque actúan contra la sociedad civil. Durante la I Guerra Mundial por cada 8 soldados caía un civil; hoy día, por cada soldado muerto son asesinados 8 civiles, la mayor parte de ellos mujeres y niños, pues los hombres se van a la guerra, donde siempre hay algo que comer y donde son mayores las posibilidades de conservar la vida".
A su turno, Salud Hernández, corresponsal del diario "El Mundo" de España señaló que en el conflicto colombiano es imposible desarrollar simpatía por cualquiera de las partes, dada la degradación y la confusión del conflicto. "Creo que debemos intentar reproducir la realidad lo mejor posible –dijo la periodista española–, ser notarios de la realidad y no los jueces". También aceptó la frivolización del periodismo, en respuesta a una afirmación de Kapuscinski, pero explicable por la cada vez mayor presión del tiempo.
Por su parte el director de emisión de City TV, Hernando Salazar, afirmó que los periodistas colombianos se encuentran confundidos frente al conflicto, estamos atrapados por la técnica, fundamentalmente quienes trabajamos en televisión". Finalmente señaló que los medios de comunicación colombianos han eludido debates fundamentales, como el de la conveniencia e inconveniencia del protagonismo que se les da a los actores del conflicto.
Finalmente el investigador y director del Instituto de estudios de Comunicación de la Universidad de Nacional, Armado Silva, disertó sobre la falta de contextualización del periodismo nacional que, además, ha convertido la noticia en una máxima comercial: "hombres muerden perros y los perros venden historias".
También señaló cómo las nuevas y exuberantes divas de los noticieros de televisión, impiden la realización de un duelo colectivo frente a la tragedia de la guerra, pues "carnavalizan la muerte con sus cuerpos calientes, luego del primer bloque de noticias , donde se mostraron los cadáveres, los cuerpos fríos". A su juicio "el centro de la información debería estar en la muerte y no en los cadáveres, fetiches de cadáveres, convertidos en objeto de goce".
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En la piel del reportero
Ryszard Kapuscinski Periodista del Tercer Mundo
Para mí es fundamental que un reportero esté entre la gente sobre la cual va, quiere o piensa escribir. La mayoría de la gente en el mundo vive en muy duras y terribles condiciones y si no las compartimos no tenemos derecho, según mi moral y mi filosofía, a escribir.
En ese último libro que va a salir en español, que salió hace dos años en Polonia, escribí sobre mis experiencias de cuando llegué a una aldea en África, en un país llamado Senegal. En esa aldea no había luz eléctrica, pero se podía comprar una pequeña linterna china que costaba un dólar, pero nadie allí tiene un dólar. Entonces, no había televisión, ni Internet, ni esas tecnologías.
Cuando llegaba la noche, la gente se juntaba desde las siete a contar sus historias, y era ese el momento más literario, más bello, más fantástico del día. Era toda una poesía. Por supuesto había que entender el idioma y todo lo que pasaba durante la noche. A las 10 u 11 de la noche a dormir y esto, para un reportero, ya era una experiencia realmente dura, porque era en casetas pequeñas de adobe y piso de pura tierra donde se acomoda toda la familia. Y toda la familia significa muchas personas.
La noche era muy caliente y era imposible dormir con la invasión de mosquitos y sin poder moverse hasta que aparecía el sol a las 6 de la mañana. Era una experiencia bastante difícil, pero si no compartía con esta gente no vería de otra manera la vida de África. Si pasaba la noche en el Hilton o en el Sheraton no era consciente al escribir sobre sus vidas. Lo mismo pasa en las guerras. La profesión de reportero requiere, para poder escribir, que este tipo de experiencias se sientan en la propia piel.
La otra cosa que hago y que considero también importante para un reportero es viajar solo. Es importante ver el mundo que se investiga y penetra con los ojos propios. La presencia de otra persona influye sobre nuestra percepción del mundo. Sus gestos, sus comentarios, cambian esta limpia relación entre el reportero y el mundo que lo rodea.
Hace tres años hicimos un documental sobre África con un equipo inglés que por primera vez iba a ese continente. Recorrimos lugares apartados y cuando llegábamos a cualquier sitio llamaban desde sus teléfonos móviles a Londres. Viajaron conmigo tres meses pero, emocional y mentalmente, no estaban en África, todo el tiempo estuvieron en Inglaterra. Sólo hicieron su deber.
Para mí una de las características del reportero es la empatía, esa habilidad de sentirse inmediatamente como uno de la familia. Compartir los dolores, los problemas, los sufrimientos, las alegrías de la gente, que de inmediato reconocen si él está realmente entre ellos o si es un pasajero que vino, miró alrededor y se fue.
Un reportero solo no puede hacer nada. Nuestra profesión depende de la ayuda y voluntad de otros. A veces estamos en algún lugar durante 15 minutos o media hora y dentro de ese tiempo se decide toda nuestra carrera, porque en esos minutos algún chofer nos puede llevar a una mina de combate o puede negarse.
Considero que una característica importante en nuestro trabajo con la gente es la humildad. Debemos entender que el sentido de la gratitud frente al otro, es algo elemental. Yo tenía muchos amigos que empezaron hace años en esta profesión y se fueron porque tenían demasiada arrogancia, tenían demasiado sentido de su profesión y por eso la gente los eliminó. Para mí es fundamental entender lo modesto que resulta ser periodista, porque no hay ninguna otra profesión en la que se dependa tanto de los otros.
De la tecnología a la palabra
La utopía de los poderes de comunicación mundial es que con la actual tecnología se resuelve todo. Yo creo en esos, claros e importantes, avances tecnológicos pero no podemos perder la cabeza ahora, que en los medios de comunicación se ha acelerado nuestra profesión por el manejo de una información inmediata. Claro que una información inmediata hace al mundo muy rápido. Aunque esto no influye en el conjunto serio del periodismo de reportajes, de ensayo, de crónicas. Un periodista talentoso puede escribir todo en un pedazo del periódico, no necesita más que eso.
Yo fui a un país como el Congo, con una guerra de 50 años. Hablaba con la gente, veía un acontecimiento, un golpe de estado, buscaba información para tratar de entender lo que estaba pasando y luego formaba el cuadro de lo que me pasaba y escribía. Ese era realmente mi trabajo.
Cuando estuve durante la masacre de Ruanda de 1994, llegaron muchos periodistas conectados por e-mail, por teléfonos, que no veían lo que pasaba allí. Ellos llamaban a sus jefes en Nueva York, Londres, Madrid, y estos les decían "necesitamos confirmar esto..., tenemos la noticia de que en ...". Ahí ya no eran independientes, ya no eran reporteros, solo seguían órdenes de sus jefes que ni siquiera sabían donde quedaba Ruanda.
Los mejores reportajes los escribí cuando mi oficina central no sabía dónde estaba. Mi hábito fue tratar de huir de esta gente que no conocía la realidad del lugar donde me encontraba. Ahora, la preocupación de los medios de comunicación no es el cubrimiento, sino es la lucha entre ellos por la competencia. Ya no miran si pasó algo importante, miran donde están los demás para que no se les adelanten.
Al terminar el siglo XIX, cuando apareció el teléfono, se creía que la prensa escrita se acabaría, pero el teléfono sólo sirvió para su desarrollo. A principio del siglo XX, cuando apareció el cinema se dijo que había llegado el fin para la palabra escrita.
Luego cuando se desarrolló la radio también se dijo lo mismo, al igual que con la televisión, pero ya no hay discusión, la prensa sigue desarrollándose. Todos los medios solamente amplían el método de existencia de la palabra, de transmisión de la palabra. No se acaban unos a otros, se amplían.
Curso para navegantes de la globalización
La palabra globalización se empieza a utilizar después del fin de la Guerra Fría. La globalización es un problema muy difícil de discutir: con esta palabra se entiende un montón de cosas y se usa como en el arte se utiliza la palabra postmodernidad. Hay que empezar con la definición ¿Qué entendemos en este momento por globalización? ¿Qué hay detrás de esa definición? Sin esto no se puede discutir sobre el problema, porque cada uno tiene su propia definición: financiera, económica, política.
La globalización es un fenómeno contradictorio de dos corrientes distintas. Es un río de integración de toda la tecnología, el mundo financiero, los medios de comunicación, pero simultáneamente es otro río en dirección opuesta que lleva a la desintegración, con conflictos étnicos, con ambiciones regionales, con tendencias particulares, en una gran corriente que vive y se desarrolla en contra de la misma globalización.
En un seminario en Ayacucho (Perú) en el que participé el tema fue Globalización y Cultura Andina. Allí había dos escuelas de pensamiento; unos decían que globalización era un sinónimo de la palabra imperialismo y los otros decían que era una tendencia existente, importante y productiva para la humanidad.
Hoy sentimos que algo está pasando y que tenemos una nueva conciencia de lo global, en temas como el agua y la contaminación del aire. Sin embargo, las fuerzas que participan en la globalización no están definidas, todavía son flotantes, no son precisas, no se han cristalizado. Entonces la lucha no va a ser sobre la existencia de la globalización, sino como utilizar este fenómeno para nuestros propios intereses y nuestros propios fines.
Periodismo con Cortina de Hierro
No fue fácil trabajar bajo el régimen socialista. Polonia era un país más pobre que Checoslovaquia o Hungría y para balancear esa situación teníamos más libertad que en Rusia. Muchos rusos aprendían polaco para leer nuestra prensa, porque comparada con la de ellos era libre. Incluso en los años 80, durante la época del movimiento solidaridad, nuestra prensa fue prohibida en la Unión Soviética.
En estos países socialistas había que conocer los complicados mecanismos de la censura. Había períodos en los cuales la censura era blanda y otros en los cuales es muy dura. Entonces, si uno tenía experiencia y conocía los mecanismos, sabía en qué momento podía publicar algo y cuando no.
Existían varios tipos de prensa, una era oficial que publicaba todo con censura en periódicos, radio y televisión. Pero teníamos dos prensas sin censura no oficiales, una clandestina y otra que se publicaba de manera restringida a dirigentes y funcionarios. Allí también se publicaba todo, porque a la clase dirigente le interesaba estar bien informada, por eso permitían publicar todo, aunque no se podía vender oficialmente el los kioscos sino a través de vendedores clandestinos.
Luego pude salir del país y trabajar en Asia, África, América Latina. Entonces a nadie le importaba la gente de estos lugares y todo lo que pasaba allí. Yo nunca traté de ser corresponsal en los lugares de gran competencia como París, Madrid, New York o Roma. Nadie quería ir a arriesgar la vida para escribir sobre la guerra de Angola, así que yo no tenía competencia.
Yo escribí un libro que se llama El Sha de la siguiente manera: durante la revolución en Irán, la más grande revolución de masas en la segunda mitad del siglo pasado, nuestra agencia decidió enviar a un periodista que me dijo "Estoy muy desesperado, es que me quieren mandar a cubrir esta revolución y yo no quiero, no me interesa, tengo miedo". Yo le dije "Si quieres yo puedo ir en tu lugar". "No, no, no creo, no es posible", contestó. Y le dije "Sí. Yo voy con mucho gusto". Entonces fuimos donde el jefe de redacción al que le dije "Mira él no quiere ir, yo si, yo voy inmediatamente". Entonces me fui un año a Irán y así escribí el libro, gracias a este accidente.
El precio de escribir libros
Yo sabía que para poder viajar por el mundo, a países apartados, sin tener dinero, debía pagar con un trabajo duro y difícil, tal vez el peor trabajo del periodismo, el de agencia de prensa. Es para esclavos. Tenía que pagar este precio para luego escribir libros.
A la agencia de prensa hay que enviarle noticias cortas, por aquello de los costos, el tiempo y la competencia. Era un periodismo pobre y formal de no más de 800 palabras.
Y yo viviendo en África, en Asia con esa realidad tan rica, tan colorida, tan diferente a la europea. Tenía que escribir sobre esto, que no cabía en los cables formales de la agencia de prensa, entonces me encerraba en mí cuarto a elaborar notas que se convertirían luego en libros, mientras mis colegas se iban al bar a tomar whisky. Esa fue una satisfacción personal frente al periodismo corriente, que es por definición cortés y no le da cabida para la descripción.
El peso de la palabra
Cada país de América Latina tiene por lo menos un diario serio y en algunos hay buenas revista semanales, lo que significa que en la mayor parte de estos países el nivel profesional es alto. El otro problema es si esta prensa tiene influencia sobre la situación política. Pero eso no depende de ella sino de la cultura de la sociedad.
Actualmente vivimos un período de banalización de la palabra. La palabra ya no tiene el peso de antes. El problema ahora en la comunicación no es la falta de verdad sino que existen demasiadas cosas.
Todos los años, en otoño, se realiza la Feria Mundial del Libro, en Francfort (Alemania). En esta Feria se presentan más de 600 mil títulos. Si uno la visita durante 5 ó 6 días, no es posible ir a todos las salas a leer títulos. En la época comunista la prensa soviética tenía cuatro páginas y si en ellas aparecía algún artículo crítico, alguien perdía la línea o lo mandaban a un campo de concentración. Cada palabra tenía peso, valor de vida o muerte.
Hoy la gente en Rusia lamenta y llora esos tiempos, porque había sentido al escribir algo. Ahora se puede escribir sobre cualquier cosa, y a nadie le importa. Desde hace 10 años tenemos en Polonia plena libertad, entonces la prensa escribe que este ministro es un coco, es un mentiroso y qué pasa, nada, ese ministro sigue haciendo lo que quiere en su puesto, ya todo es normal y nada cambia.
Un ciudadano llamado periodista
El periodista de hoy está entre dos fuerzas, la del poder que le dice que cuidado, que tenga responsabilidad y la de los jefes que lo presionan para que tenga chivas, si no las tiene lo sacan. Esto ya es normal en toda la prensa. Ya no existen reglas fijas, todo depende de la situación.
Yo estoy en contra de esa prensa sensacionalista. Olvidamos que un periodista es un ciudadano del común. Entonces como periodistas debemos tener responsabilidad no solo profesional, sino en sentido ciudadano: ¿es esto bueno para mi ciudad, para mi nación o para mi patria? No en el sentido partidario, sino en el sentido más alto de la responsabilidad.
No podemos olvidar que la situación de un joven periodista que apenas empieza es débil frente a un periodista maduro con cierta posición que se puede permitir mayor libertad de opinión, de comportamiento. En los periódicos las cosas siempre se manejan de diferente maneras, en unos es más grande libertad y en otros es más pequeña. Lo importante en todos los casos es poseer no sólo responsabilidad profesional, sino ciudadana.
Periodista para toda la vida
Todos somos seres humanos y como tal somos diferentes. Igual ocurre en nuestra profesión, unos son mejores que otros. Además, en esto del periodismo contemporáneo mucha gente llega a la profesión para no quedarse toda la vida, si encuentra algo mejor pago en una compañía de carros se va. El periodismo no es solamente una profesión, es una manera de vivir y de pensar. Nosotros decíamos con cierto orgullo que el periodismo era ese algo que íbamos a hacer toda la vida.
Estoy seguro de que esta profesión requiere algo de sentido de misión, de vocación, porque es muy dura y si no se tiene valentía es mejor cambiar de oficio. Cuando me encuentro con estudiantes de primer año de periodismo les digo "si ustedes quieren todavía tiempo, todavía son jóvenes, si pueden hacer algún otro trabajo no hagan nada de esto", porque si no están comprometidos con la profesión, ésta puede convertirse en un quehacer de cosas automáticas.
El peligro de esta profesión es la rutina y creer que cuando se aprende algo ya lo sabemos todo. En el mundo de hoy la gente posee conocimiento y educación y si el periodista quiere ser aceptado por la gente debe tener mucho más conocimiento que ellos.
A veces pensamos que el hecho de trabajar en una redacción nos permite todo y eso no es verdad. Trabajar en una redacción no es suficiente, lo importante es entender que si quiere seguir en la profesión se debe estudiar permanentemente y eso es muy duro hoy, porque cada día aparecen nuevos descubrimientos, nuevas ramas de la ciencia, nuevos conceptos de filosofía, de historia, de antropología, de sicología, de miles de cosas.
En la actualidad los éxitos son tan altos que estar en la cumbre es sumamente difícil. Es como en el deporte, donde la lucha es por romper los récord de los otros. Estamos llegando al límite y en ese terreno nos tenemos que mover, aunque ahí sea difícil dar un paso más adelante. En esta profesión obtener algunos logros es sumamente duro, pero es la única guía, no hay otra.
Reportero sin imaginación
Hoy vivimos el fenómeno de la mezcla de géneros, ese debilitamiento de fronteras entre los géneros y las técnicas que podemos tomar de las artes, llamadas 'collage' o ensamblaje. Es necesario romper esas fronteras tradicionales y buscar nuevos métodos, nuevas guías de expresión, nuevas formas para describir este mundo.
Sabemos que no podemos llegar a descripciones plenas, pero tenemos que tratar de aproximarnos. En el ‘nuevo journalism’ nos damos cuenta de cómo los métodos tradicionales de periodismo no reflejan la riqueza de la situación que se describe. Es entonces cuando tenemos que buscar ayuda en los métodos de la literatura de no ficción para enriquecer nuestro periodismo. Pero no el periodismo diario de acontecimiento, sino periodismo de profundidad.
Entonces ese 'journalism' no cabe en la fórmula de la noticia periodística, sino que abarca esa parte del oficio que trata de profundizar en nuestro conocimiento del mundo, para hacerlos más ricos y plenos. Es como el cubismo en la pintura, porque entiende que una forma lleva en sí muchas formas y trata de mostrarla desde varios puntos simultáneamente.
Yo soy un pobre reportero que no tiene desgraciadamente la imaginación de escritor. Si yo la tuviera jamás habría ido a estos terribles lugares en donde estuve. Además creo que si se logra de escribir sobre lo que pasa en el mundo, esto tiene mayor peso que las obras de ficción.
Si ustedes leen Le Monde encontrarán en la primera página todos los días la publicidad sobre una nueva novela francesa, entonces tenemos 256 novelas francesas por año. Yo siempre hago este ejercicio, le pregunto a los demás por un título de una novela que tenga en la mente o un escritor importante de novelas francesas hoy. Y nada.
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Nuevas censuras, sutiles manipulaciones
Ryszard Kapuscinski*
Periodista y escritor polaco
¿En qué medida los medios de comunicación son un espejo fiel del mundo? Desde que las nuevas tecnologías han convulsionado el periodismo y permitido la constitución de grandes grupos mediáticos con ambiciones planetarias, esta cuestión resulta más pertinente que nunca.
La instantaneidad y el directo han cambiado las condiciones del periodismo de investigación. Y el imperativo del beneficio ha reemplazado a las más nobles exigencias cívicas. Pero, en todas partes, resiste otro periodismo, más preocupado por la verdad y el rigor, como se ha constatado en Irán, en Burkina Faso, en Argelia y en otros lugares...
En los debates sobre los media se concede una atención excesiva a los problemas técnicos, a las leyes del mercado, a la competencia, a las innovaciones y a la audiencia. Y una atención insuficiente a los aspectos humanos. No soy un teórico de los media sino un simple periodista, un escritor que, desde hace cuarenta años, se dedica a recoger y tratar la información (y también a consumirla). Me gustaría compartir las conclusiones a las que he llegado al final de esta larga experiencia.
Mi primera observación se refiere a las dimensiones. Afirmar, como se hace a menudo, que "toda la humanidad" está pendiente de lo que hacen o dicen los media es una exageración. Incluso cuando acontecimientos como la apertura de los Juegos Olímpicos son vistos por dos millardos de telespectadores, eso no representa más que un tercio de la población del planeta.
Otros mega acontecimientos (Copa del Mundo de Fútbol, matrimonios o funerales de personalidades) son difundidos masivamente en las pantallas, y apenas un 10 o un 20% de humanos los miran. Ciertamente eso representa masas gigantescas pero no "toda la humanidad". Cientos de millones de personas no tienen ningún contacto con los media. En diversas regiones de África, la televisión, la radio e incluso los periódicos, son inexistentes. En Malaui no hay mas que un periódico; en Liberia, dos, bastante mediocres por otra parte, pero ninguna televisión.
En numerosos países la televisión no funciona más que dos o tres horas al día. Y en vastas extensiones de Asia - por ejemplo en Siberia, en Kazajstán o en Mongolia - hay algunas redes de televisión pero las personas no disponen de receptores que les permitan captar los programas. En la época de Leonidas Breznev, en los grandes espacios de la Siberia soviética, los programas de las radios occidentales no se interceptaban porque, a falta de receptores, nadie podía escucharlos.
Una gran parte de la humanidad vive todavía fuera de la influencia de los media y no tiene ninguna razón para inquietarse por las manipulaciones mediáticas o la mala influencia de los medios de masas. A menudo, en particular en América Latina y en África, la única función de la televisión es divertir.
Se encuentran televisores en los bares, los restaurantes y los hoteles. Las personas tienen la costumbre de ir al bar para tomar una copa y mirar la televisión. Y a nadie se le ocurre la idea de exigir que este media sea serio o que tenga cualquier función informativa o educativa. La mayor parte de los africanos o latinoamericanos no esperan de la televisión una interpretación seria del mundo, lo mismo que no la esperarían de un circo.
La gran revolución de las nuevas tecnologías es un fenómeno reciente. Su primera consecuencia importante ha sido un cambio radical en el universo del periodismo. Pensemos en la primera cumbre de jefes de Estado de África. Se celebró en 1963, en Addis Abeba (Etiopía).
Para cubrirla llegaron periodistas del mundo entero. Cerca de doscientos enviados especiales y corresponsales de grandes periódicos internacionales, de agencias de prensa y de estaciones de radio. Algunos equipos rodaban para documentales informativos pero no había ni un solo equipo de televisión.
Nos conocíamos todos; sabíamos lo que hacia cada uno y éramos incluso amigos. Auténticos maestros de la pluma y verdaderos expertos de las grandes cuestiones internacionales estaban presentes. Cuando pienso en ello, y sin ninguna nostalgia de una edad de oro que nunca existió, me parece que fue la última gran reunión de reporteros del mundo, el final de una época heroica en la que el periodismo estaba considerado como una profesión reservada a los mejores, una vocación elevada, noble, a la que el interesado se consagraba plenamente, de por vida.
Después ha cambiado todo. La búsqueda y la difusión de información se han convertido en una ocupación practicada en cada país por miles de personas. Las escuelas de periodismo se han multiplicado formando, año tras año, a noveles que llegan a la profesión. Esto no tiene ya nada que ver. En otros tiempos, el periodismo era una misión, no una carrera.
Hoy, no se cuentan los individuos que practican el periodismo sin identificarse con esta profesión, o sin haber decidido dedicarle plenamente su vida y lo mejor de ellos mismos. Es, para algunos, una especie de hobby, que pueden abandonar en cualquier momento para hacer otra cosa. Numerosos periodistas actuales podrían trabajar mañana en una agencia de publicidad y convertirse, pasado mañana, en agentes de cambio.
Las tecnologías punta han provocado una multiplicación de los media. ¿Cuáles son las consecuencias? La principal es el descubrimiento de que la información es una mercancía cuya venta y difusión pueden proporcionar importantes beneficios. Antaño, el valor de la información iba asociado a diversos parámetros, en particular al de la verdad. También se concebía como un arma que favorecía la lucha política.
Todavía está fresco el recuerdo de los estudiantes que, en la época del comunismo, quemaban en la calle ejemplares de los periódicos del partido al grito de "la prensa miente". Hoy todo ha cambiado. El precio de la información depende de la demanda, del interés que suscita. Lo que prima es la venta. Una información será juzgada sin valor si no consigue interesar a un publico amplio.
El descubrimiento del aspecto mercantil de la información ha motivado la afluencia del gran capital hacia los media. Los periodistas idealistas, esos dulces soñadores en búsqueda de la verdad que antes dirigían los periódicos, han sido reemplazados, a menudo, a la cabeza de las empresas, por hombres de negocios.
Todos los que visitan las redacciones de los soportes más diversos, pueden constatar estos cambios. Antes, los media estaban instalados en inmuebles de segunda categoría y disponían de oficinas estrechas, oscuras y mal amuebladas, donde hormigueaban periodistas andrajosos y sin dinero, rodeados de montañas de papeles en desorden, de periódicos y de libros.
Hoy, basta visitar los locales de una gran cadena de televisión: Los inmuebles son palacios suntuosos, todos de mármol y espejos. Al visitante le guían maniquíes-azafatas a través de largos pasillos enmoquetados. Estos palacios son ahora las sedes de un poder del que antes solo disponían los presidentes de los Estados o los jefes de gobierno. Este poder se encuentra ahora en manos de los patronos de los nuevos grupos mediáticos.
Es el mercado quien verifica
Desde que está considerada como una mercancía, la información ha dejado de verse sometida a los criterios tradicionales de la verificación, la autenticidad o el error. Ahora se rige por las leyes del mercado. Esta evolución es la más significativa entre todas las que han afectado al terreno de la cultura. Consecuencia: se ha sustituido a los antiguos héroes del periodismo por un número imponente de trabajadores de los media, prácticamente todos hundidos en el anonimato. La terminología utilizada en Estados Unidos es reveladora de este fenómeno: el "media worker" suplanta, frecuentemente, al periodista.
El mundo de los media ha explotado, de tal manera, que comienza a vivir por sí mismo, como una entidad autosuficiente. La guerra interna entre los grupos mediáticos es una realidad más intensa que la del mundo que les rodea. Importantes equipos de enviados especiales recorren el mundo. Forman una gran jauría, en el seno de la cual cada reportero vigila al otro. Hay que tener la información antes que el vecino. El 'scoop' o la muerte. Por eso, aunque varios acontecimientos se producen simultáneamente en el mundo, los media sólo cubrirán uno: el que haya atraído a toda la jauría.
En más de una ocasión he formado parte de esa jauría. Además la he descrito en mi libro "D'une guerre a l'aurtre" (1) y sé cómo funciona. La crisis provocada en 1979 por la captura de rehenes norteamericanos en Teherán es un ejemplo. Aunque, en la práctica, no pasaba nada en la capital de Irán, miles de enviados especiales llegados del mundo entero permanecieron durante meses en la ciudad.
La misma jauría se desplazó, años más tarde, al Golfo, durante la guerra de 1991 a pesar de que no se podía hacer nada porque los norteamericanos prohibían a cualquiera acercarse al frente. En el mismo momento, se producían acontecimientos atroces en Mozambique y Sudán; pero eso no emocionó a nadie porque la jauría se encontraba en el golfo. En diciembre de 1991, durante el golpe de Estado, Rusia tuvo derecho a las mismas atenciones. Mientras que los hechos realmente importantes, las huelgas y las manifestaciones, tenían lugar en Leningrado, el mundo lo ignoraba porque los enviados de todos los media no se movían de la capital, esperando que ocurriera algo en Moscú, donde reinaba una calma absoluta.
Las nuevas tecnologías, sobre todo el teléfono móvil y el correo electrónico, han transformado radicalmente las relaciones entre los reporteros y sus jefes. Antes, el enviado de un periódico, el corresponsal de una agencia de prensa o de una cadena de televisión, disponía de una gran libertad y podía dar libre curso a su iniciativa personal. Buscaba la información, la descubría, la verificaba, la seleccionaba y le daba forma. Actualmente, y cada vez más a menudo, no es más que un simple peón que su jefe desplaza a través del mundo desde sus oficinas, que pueden encontrarse en la otra punta del planeta.
Por su parte, este jefe tiene al alcance de su mano informaciones procedentes de multitud de fuentes (cadenas de informaciones en continuo, despachos de agencias, Internet) y puede, de esta manera, tener su propia visión de los hechos, eventualmente muy distinta de la del reportero que cubre el acontecimiento en el lugar de los hechos.
A veces, el jefe no puede esperar pacientemente a que el reportero termine su trabajo. Y es él quien informa al reportero del desarrollo de los acontecimientos y lo único que espera de su enviado especial es la confirmación de la idea que se ha hecho sobre el asunto. Muchos reporteros, hoy, tienen miedo a buscar la verdad por sí mismos.
En México, uno de mis amigos trabajaba para las cadenas de televisión norteamericanas. Me lo encontré en la calle; estaba a punto de filmar enfrentamientos entre estudiantes y policía. "¿Qué ocurre, John?", le pregunté. "No tengo la menor idea, me respondió sin dejar de filmar. No hago más que grabar, me contento con tomar las imágenes; después, las envío a la cadena que hace lo que quiere con este material".
La ignorancia de los enviados especiales sobre los acontecimientos que están encargados de describir es, a veces, sorprendente. Cuando las huelgas de Gdansk, en agosto de 1981, que dieron nacimiento al sindicato Solidarnosc, la mitad de los periodistas extranjeros llegados a Polonia a cubrir el acontecimiento no podían situar Gdansk (el antiguo Dantzig) en un mapa.
Aún sabían menos sobre Ruanda cuando las masacres de 1994: la mayor parte de ellos pisaban por primera vez el continente africano y habían desembarcado directamente en el aeropuerto de Kigali, en aviones fletados por la ONU, sabiendo apenas dónde se encontraban. Casi todos ignoraban las causas y las razones del conflicto. Pero el defecto no es culpa de los reporteros. Ellos son las primeras víctimas de la arrogancia de sus patronos, de los grupos mediáticos y de las grandes redes de televisión. "¿Qué más me pueden exigir?, me decía recientemente el cámara del equipo de una gran cadena de televisión norteamericana. En una semana he tenido que filmar en cinco países de tres continentes distintos ".
La historia «telefalsificada»
Esta metamorfosis de los media plantea una cuestión fundamental: ¿Cómo entender el mundo? Hasta ahora se aprendía la historia gracias al saber que nos legaban nuestros ancestros, a lo que contenían los archivos y a lo que descubrían los historiadores. Hoy, la pequeña pantalla es la nueva (y prácticamente la única) fuente de la historia, destilando la versión concebida y desarrollada por la televisión.
Mientras que el acceso a los documentos sigue siendo difícil, la versión que difunde la televisión, incompetente e ignorante, se impone sin que podamos cuestionarla. El ejemplo más esclarecedor de este fenómeno es, quizá, Ruanda, país que conozco bien. Cientos de millones de personas en el mundo han visto las imágenes de las víctimas de las matanzas étnicas con comentarios, en su mayor parte, completamente erróneos. ¿Cuántos telespectadores han completado esta visión recurriendo a obras fiables sobre Ruanda? El peligro es que se consumen mucho mas fácilmente los media que los libros.
La civilización se vuelve cada vez dependiente de la versión de la historia imaginada por la televisión. Una versión a menudo falsa y sin fundamento. El telespectador de masas, al filo del tiempo, no conocerá más que la historia "telefalsificada", y sólo un pequeño número de personas tendrán conciencia de que existe otra versión más auténtica de la historia.
Rudolph Arnheim, gran teórico de la cultura, ya predijo, en los años 30, en su libro Film as Art (2), que el ser humano confundiría el mundo percibido por sus sensaciones y el mundo interpretado por el pensamiento, y creería que ver es comprender. Pero eso es falso. La televisión, escribió Arnheim, "será un examen más riguroso para nuestro conocimiento. Podrá enriquecer nuestros espíritus, lo mismo que podrá volverlos letárgicos ". Tenía razón.
La confusión, en general inconsciente, entre ver y saber, y ver y comprender, la utiliza la televisión para manipular a las personas. En una dictadura se sirve de la censura; en una democracia de la manipulación. El blanco de estas agresiones es siempre el mismo: el ciudadano de a pie. Cuando los media hablan de ellos mismos, enmascaran el problema de fondo con la forma, sustituyen con la técnica, la filosofía. Se preguntan cómo editar, cómo montar o como imprimir.
Discuten problemas de montaje, de bases de datos o de la capacidad de los discos duros. En cambio, cuestionan el contenido de lo que quieren editar o imprimir. El problema del mensajero es reemplazado por el del mensaje. Desgraciadamente, como lamentaba Marshall McLuhan, el mensajero tiene tendencia a convertirse en el contenido del mensaje.
Tomemos el ejemplo de la pobreza en el mundo que es, sin duda, el problema más grave de este fin de siglo. ¿Cómo lo tratan las grandes redes de televisión? La primera manipulación consiste en presentar la pobreza como sinónimo del drama del hambre. Pero los dos tercios de la humanidad viven en la miseria a causa de un reparto no equitativo de las riquezas en el mundo.
La hambruna, en cambio, aparece en ciertos momentos y en regiones muy precisas, pero es generalmente un drama de dimensión local. Además, sus causas se deben, la mayoría de las ocasiones al clima, a cataclismos como la sequía o las inundaciones; y a veces también a las guerras. Hay que añadir que los mecanismos de lucha contra el hambre, en tanto que plaga imprevista y puntual, son relativamente eficaces. Para combatirla, se utilizan los excedentes alimentarios de que disponen los países ricos y se les envía masivamente allí donde la necesidad se deja sentir. Estas operaciones de lucha contra el hambre, como en Sudán o en Somalia, son las que se nos han enseñado en las pantallas de televisión. En cambio, no se ha pronunciado ni una palabra sobre la necesidad de erradicar la miseria mundial.
La segunda estratagema utilizada por los manipuladores de la miseria es su presentación en emisiones de carácter geográfico, etnográfico y turístico, que descubren regiones exóticas del planeta. De esta manera, la miseria es asimilada al exotismo, y la televisión difunde el mensaje de que los lugares predilectos de la miseria son las regiones exóticas. Vista desde este ángulo, la miseria aparece como un fenómeno curioso, una atracción casi turística. Tales imágenes abundan, particularmente, en cadenas temáticas como Travel, Discovery, etc.
La ultima artimaña de estas manipulaciones consiste en presentar la miseria como un dato estadístico, un banal parámetro del mundo real. Esta manera de ver la miseria la condena a perpetuidad; el ser humano no puede así sentirla más que como una amenaza para la civilización dado que necesita aprender a vivir con ella.
Volvamos al punto de partida: ¿Los media reflejan el mundo? Digamos que de manera muy superficial y fragmentaria. Se concentran en las visitas presidenciales o los atentados terroristas; e incluso esos temas parecen interesarles menos. Durante estos cuatro últimos años, la audiencia de los telediarios de las tres principales cadenas norteamericanas ha bajado del 60% al 38% el total de telespectadores.
El 72% de los temas son de carácter local y se refieren a la violencia, drogas, agresiones y delitos. Solo el 5% de su tiempo está dedicado a las noticias del extranjero; e incluso numerosas ediciones ignoran este apartado. En 1987, la edición norteamericana del semanario Time dedicó once portadas a temas internacionales; diez años más tarde, en 1997, solamente una. La selección de las informaciones se basa en el principio "cuanta más sangre haya mejor se vende" (3).
Los «anticuerpos necesarios»
Vivimos en un mundo paradójico. Por una parte se nos dice que el desarrollo de los medios de comunicación ha conseguido unir a todas las partes del planeta entre sí, para formar una "aldea global"; y, por otra, la temática internacional ocupa cada vez menos espacio en los media, ocultada por la información local, por los titulares sensacionalistas, por los cotilleos, los personajillos y toda la información-mercancía.
Pero, seamos justos, la revolución de los media está en plena carrera. Se trata de un fenómeno reciente en la civilización humana; demasiado reciente para que ya haya podido producir los anticuerpos necesarios para combatir las patologías que genera: la manipulación, la corrupción, la arrogancia, la veneración de la pornografía. La literatura sobre los media es, a veces muy crítica, a menudo incluso implacable. Más pronto o más tarde, esta crítica influirá, al menos en parte, en el contenido de los media.
Además, hay que reconocer que muchas personas se sientan delante del televisor porque esperan ver exactamente lo que la televisión les ofrece. a los anos 30, el filósofo español Ortega y Gasset escribía en su libro "La rebelión de las masas", que la sociedad es una colectividad de personas satisfechas de ellas mismas, de sus gustos y sus opciones. Finalmente, el mundo de los media es diverso.
Es una realidad de varios pisos. Junto a los "media basura" hay otros formidables: existen algunos prodigiosos programas de televisión, excelentes emisiones de radio y destacables periódicos. Para quien desee realmente una información honesta, de reflexión en profundidad y basada en sólidos conocimientos, no faltan los media de calidad. A veces es difícil disponer del tiempo necesario para asimilar la oferta existente. Los media son frecuentemente vilipendiados para justificar la letargia en la que han caído nuestras propias conciencias, y nuestra pasividad.
Y nadie ignora que, en la redacción de los periódicos, en los estudios de radio y televisión, hay periodistas sensibles y de gran talento, personas que tienen la estima de sus contemporáneos, que consideran que nuestro planeta es un lugar apasionante, que vale la pena que sea conocido, comprendido y salvado.
La mayor parte del tiempo, esos periodistas trabajan dando muestras de abnegación y de dedicación, con entusiasmo y espíritu de sacrificio, renunciando a las facilidades, al bienestar, hasta llegar a ignorar su seguridad personal. Con el único objetivo de dar testimonio del mundo que nos rodea. Y de la multitud de peligros y esperanzas que entraña.
(*) Publicado en Le Monde Diplomatique, Julio-Agosto 1999
Este texto retoma, en lo esencial, el discurso pronunciado por el autor, en Estocolmo, durante la ceremonia de entrega de los premios de periodismo Stora Jurnalstpriset
(1) Flammarion, París, 1998.
(2) Léase de Rudolph Arnheim, La Pensée visuelle, Flammarion, París, 1976.
(3) Léase a Serge Halimi, "Un journalisme de racolage", Le Monde Diplomatique, agosto de 1998.
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Mesa redonda: La misión del periodista
Ryszard Kapuscinski
Bogotá, jueves 17 de agosto de 2000.
"El periodista especializado en conflictos armados debe ser consciente que se enfrenta a una tragedia humana, con terribles consecuencias futuras, donde todas las partes están perdiendo. Debe entender que en medio de la guerra no hay objetividad: la cubrimos para que se acabe lo más rápido posible y para que se produzca la menor cantidad de muertos.
Antes que especializarse en la guerra, el periodista debe ser un buen ser humano", dijo el periodista y escritor polaco Ryszard Kapuscinski, al iniciar el debate de la mesa redonda efectuada en el Foro Gobernabilidad Democrática y Periodismo en la Coyuntura Política Colombiana que realizó el Instituto Luis Carlos Galán, en la biblioteca Luis Ángel Arango.
"Hoy día tenemos 72 conflictos armados en el planeta –agregó el veterano corresponsal de guerra, autor de 20 libros traducidos a más de 30 idiomas– sin embargo no todo el mundo los conoce, pues no son conflictos entre Estados: Han cambiado el carácter de las guerras y los actores de los conflictos.
En las guerras tradicionales la primera víctima era el soldado mientras que en las guerras modernas, los soldados evitan encontrarse porque actúan contra la sociedad civil. Durante la I Guerra Mundial por cada 8 soldados caía un civil; hoy día, por cada soldado muerto son asesinados 8 civiles, la mayor parte de ellos mujeres y niños, pues los hombres se van a la guerra, donde siempre hay algo que comer y donde son mayores las posibilidades de conservar la vida".
A su turno, Salud Hernández, corresponsal del diario "El Mundo" de España señaló que en el conflicto colombiano es imposible desarrollar simpatía por cualquiera de las partes, dada la degradación y la confusión del conflicto. "Creo que debemos intentar reproducir la realidad lo mejor posible –dijo la periodista española–, ser notarios de la realidad y no los jueces". También aceptó la frivolización del periodismo, en respuesta a una afirmación de Kapuscinski, pero explicable por la cada vez mayor presión del tiempo.
Por su parte el director de emisión de City TV, Hernando Salazar, afirmó que los periodistas colombianos se encuentran confundidos frente al conflicto, estamos atrapados por la técnica, fundamentalmente quienes trabajamos en televisión". Finalmente señaló que los medios de comunicación colombianos han eludido debates fundamentales, como el de la conveniencia e inconveniencia del protagonismo que se les da a los actores del conflicto.
Finalmente el investigador y director del Instituto de estudios de Comunicación de la Universidad de Nacional, Armado Silva, disertó sobre la falta de contextualización del periodismo nacional que, además, ha convertido la noticia en una máxima comercial: "hombres muerden perros y los perros venden historias".
También señaló cómo las nuevas y exuberantes divas de los noticieros de televisión, impiden la realización de un duelo colectivo frente a la tragedia de la guerra, pues "carnavalizan la muerte con sus cuerpos calientes, luego del primer bloque de noticias , donde se mostraron los cadáveres, los cuerpos fríos". A su juicio "el centro de la información debería estar en la muerte y no en los cadáveres, fetiches de cadáveres, convertidos en objeto de goce".
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En la piel del reportero
Ryszard Kapuscinski Periodista del Tercer Mundo
Para mí es fundamental que un reportero esté entre la gente sobre la cual va, quiere o piensa escribir. La mayoría de la gente en el mundo vive en muy duras y terribles condiciones y si no las compartimos no tenemos derecho, según mi moral y mi filosofía, a escribir.
En ese último libro que va a salir en español, que salió hace dos años en Polonia, escribí sobre mis experiencias de cuando llegué a una aldea en África, en un país llamado Senegal. En esa aldea no había luz eléctrica, pero se podía comprar una pequeña linterna china que costaba un dólar, pero nadie allí tiene un dólar. Entonces, no había televisión, ni Internet, ni esas tecnologías.
Cuando llegaba la noche, la gente se juntaba desde las siete a contar sus historias, y era ese el momento más literario, más bello, más fantástico del día. Era toda una poesía. Por supuesto había que entender el idioma y todo lo que pasaba durante la noche. A las 10 u 11 de la noche a dormir y esto, para un reportero, ya era una experiencia realmente dura, porque era en casetas pequeñas de adobe y piso de pura tierra donde se acomoda toda la familia. Y toda la familia significa muchas personas.
La noche era muy caliente y era imposible dormir con la invasión de mosquitos y sin poder moverse hasta que aparecía el sol a las 6 de la mañana. Era una experiencia bastante difícil, pero si no compartía con esta gente no vería de otra manera la vida de África. Si pasaba la noche en el Hilton o en el Sheraton no era consciente al escribir sobre sus vidas. Lo mismo pasa en las guerras. La profesión de reportero requiere, para poder escribir, que este tipo de experiencias se sientan en la propia piel.
La otra cosa que hago y que considero también importante para un reportero es viajar solo. Es importante ver el mundo que se investiga y penetra con los ojos propios. La presencia de otra persona influye sobre nuestra percepción del mundo. Sus gestos, sus comentarios, cambian esta limpia relación entre el reportero y el mundo que lo rodea.
Hace tres años hicimos un documental sobre África con un equipo inglés que por primera vez iba a ese continente. Recorrimos lugares apartados y cuando llegábamos a cualquier sitio llamaban desde sus teléfonos móviles a Londres. Viajaron conmigo tres meses pero, emocional y mentalmente, no estaban en África, todo el tiempo estuvieron en Inglaterra. Sólo hicieron su deber.
Para mí una de las características del reportero es la empatía, esa habilidad de sentirse inmediatamente como uno de la familia. Compartir los dolores, los problemas, los sufrimientos, las alegrías de la gente, que de inmediato reconocen si él está realmente entre ellos o si es un pasajero que vino, miró alrededor y se fue.
Un reportero solo no puede hacer nada. Nuestra profesión depende de la ayuda y voluntad de otros. A veces estamos en algún lugar durante 15 minutos o media hora y dentro de ese tiempo se decide toda nuestra carrera, porque en esos minutos algún chofer nos puede llevar a una mina de combate o puede negarse.
Considero que una característica importante en nuestro trabajo con la gente es la humildad. Debemos entender que el sentido de la gratitud frente al otro, es algo elemental. Yo tenía muchos amigos que empezaron hace años en esta profesión y se fueron porque tenían demasiada arrogancia, tenían demasiado sentido de su profesión y por eso la gente los eliminó. Para mí es fundamental entender lo modesto que resulta ser periodista, porque no hay ninguna otra profesión en la que se dependa tanto de los otros.
De la tecnología a la palabra
La utopía de los poderes de comunicación mundial es que con la actual tecnología se resuelve todo. Yo creo en esos, claros e importantes, avances tecnológicos pero no podemos perder la cabeza ahora, que en los medios de comunicación se ha acelerado nuestra profesión por el manejo de una información inmediata. Claro que una información inmediata hace al mundo muy rápido. Aunque esto no influye en el conjunto serio del periodismo de reportajes, de ensayo, de crónicas. Un periodista talentoso puede escribir todo en un pedazo del periódico, no necesita más que eso.
Yo fui a un país como el Congo, con una guerra de 50 años. Hablaba con la gente, veía un acontecimiento, un golpe de estado, buscaba información para tratar de entender lo que estaba pasando y luego formaba el cuadro de lo que me pasaba y escribía. Ese era realmente mi trabajo.
Cuando estuve durante la masacre de Ruanda de 1994, llegaron muchos periodistas conectados por e-mail, por teléfonos, que no veían lo que pasaba allí. Ellos llamaban a sus jefes en Nueva York, Londres, Madrid, y estos les decían "necesitamos confirmar esto..., tenemos la noticia de que en ...". Ahí ya no eran independientes, ya no eran reporteros, solo seguían órdenes de sus jefes que ni siquiera sabían donde quedaba Ruanda.
Los mejores reportajes los escribí cuando mi oficina central no sabía dónde estaba. Mi hábito fue tratar de huir de esta gente que no conocía la realidad del lugar donde me encontraba. Ahora, la preocupación de los medios de comunicación no es el cubrimiento, sino es la lucha entre ellos por la competencia. Ya no miran si pasó algo importante, miran donde están los demás para que no se les adelanten.
Al terminar el siglo XIX, cuando apareció el teléfono, se creía que la prensa escrita se acabaría, pero el teléfono sólo sirvió para su desarrollo. A principio del siglo XX, cuando apareció el cinema se dijo que había llegado el fin para la palabra escrita.
Luego cuando se desarrolló la radio también se dijo lo mismo, al igual que con la televisión, pero ya no hay discusión, la prensa sigue desarrollándose. Todos los medios solamente amplían el método de existencia de la palabra, de transmisión de la palabra. No se acaban unos a otros, se amplían.
Curso para navegantes de la globalización
La palabra globalización se empieza a utilizar después del fin de la Guerra Fría. La globalización es un problema muy difícil de discutir: con esta palabra se entiende un montón de cosas y se usa como en el arte se utiliza la palabra postmodernidad. Hay que empezar con la definición ¿Qué entendemos en este momento por globalización? ¿Qué hay detrás de esa definición? Sin esto no se puede discutir sobre el problema, porque cada uno tiene su propia definición: financiera, económica, política.
La globalización es un fenómeno contradictorio de dos corrientes distintas. Es un río de integración de toda la tecnología, el mundo financiero, los medios de comunicación, pero simultáneamente es otro río en dirección opuesta que lleva a la desintegración, con conflictos étnicos, con ambiciones regionales, con tendencias particulares, en una gran corriente que vive y se desarrolla en contra de la misma globalización.
En un seminario en Ayacucho (Perú) en el que participé el tema fue Globalización y Cultura Andina. Allí había dos escuelas de pensamiento; unos decían que globalización era un sinónimo de la palabra imperialismo y los otros decían que era una tendencia existente, importante y productiva para la humanidad.
Hoy sentimos que algo está pasando y que tenemos una nueva conciencia de lo global, en temas como el agua y la contaminación del aire. Sin embargo, las fuerzas que participan en la globalización no están definidas, todavía son flotantes, no son precisas, no se han cristalizado. Entonces la lucha no va a ser sobre la existencia de la globalización, sino como utilizar este fenómeno para nuestros propios intereses y nuestros propios fines.
Periodismo con Cortina de Hierro
No fue fácil trabajar bajo el régimen socialista. Polonia era un país más pobre que Checoslovaquia o Hungría y para balancear esa situación teníamos más libertad que en Rusia. Muchos rusos aprendían polaco para leer nuestra prensa, porque comparada con la de ellos era libre. Incluso en los años 80, durante la época del movimiento solidaridad, nuestra prensa fue prohibida en la Unión Soviética.
En estos países socialistas había que conocer los complicados mecanismos de la censura. Había períodos en los cuales la censura era blanda y otros en los cuales es muy dura. Entonces, si uno tenía experiencia y conocía los mecanismos, sabía en qué momento podía publicar algo y cuando no.
Existían varios tipos de prensa, una era oficial que publicaba todo con censura en periódicos, radio y televisión. Pero teníamos dos prensas sin censura no oficiales, una clandestina y otra que se publicaba de manera restringida a dirigentes y funcionarios. Allí también se publicaba todo, porque a la clase dirigente le interesaba estar bien informada, por eso permitían publicar todo, aunque no se podía vender oficialmente el los kioscos sino a través de vendedores clandestinos.
Luego pude salir del país y trabajar en Asia, África, América Latina. Entonces a nadie le importaba la gente de estos lugares y todo lo que pasaba allí. Yo nunca traté de ser corresponsal en los lugares de gran competencia como París, Madrid, New York o Roma. Nadie quería ir a arriesgar la vida para escribir sobre la guerra de Angola, así que yo no tenía competencia.
Yo escribí un libro que se llama El Sha de la siguiente manera: durante la revolución en Irán, la más grande revolución de masas en la segunda mitad del siglo pasado, nuestra agencia decidió enviar a un periodista que me dijo "Estoy muy desesperado, es que me quieren mandar a cubrir esta revolución y yo no quiero, no me interesa, tengo miedo". Yo le dije "Si quieres yo puedo ir en tu lugar". "No, no, no creo, no es posible", contestó. Y le dije "Sí. Yo voy con mucho gusto". Entonces fuimos donde el jefe de redacción al que le dije "Mira él no quiere ir, yo si, yo voy inmediatamente". Entonces me fui un año a Irán y así escribí el libro, gracias a este accidente.
El precio de escribir libros
Yo sabía que para poder viajar por el mundo, a países apartados, sin tener dinero, debía pagar con un trabajo duro y difícil, tal vez el peor trabajo del periodismo, el de agencia de prensa. Es para esclavos. Tenía que pagar este precio para luego escribir libros.
A la agencia de prensa hay que enviarle noticias cortas, por aquello de los costos, el tiempo y la competencia. Era un periodismo pobre y formal de no más de 800 palabras.
Y yo viviendo en África, en Asia con esa realidad tan rica, tan colorida, tan diferente a la europea. Tenía que escribir sobre esto, que no cabía en los cables formales de la agencia de prensa, entonces me encerraba en mí cuarto a elaborar notas que se convertirían luego en libros, mientras mis colegas se iban al bar a tomar whisky. Esa fue una satisfacción personal frente al periodismo corriente, que es por definición cortés y no le da cabida para la descripción.
El peso de la palabra
Cada país de América Latina tiene por lo menos un diario serio y en algunos hay buenas revista semanales, lo que significa que en la mayor parte de estos países el nivel profesional es alto. El otro problema es si esta prensa tiene influencia sobre la situación política. Pero eso no depende de ella sino de la cultura de la sociedad.
Actualmente vivimos un período de banalización de la palabra. La palabra ya no tiene el peso de antes. El problema ahora en la comunicación no es la falta de verdad sino que existen demasiadas cosas.
Todos los años, en otoño, se realiza la Feria Mundial del Libro, en Francfort (Alemania). En esta Feria se presentan más de 600 mil títulos. Si uno la visita durante 5 ó 6 días, no es posible ir a todos las salas a leer títulos. En la época comunista la prensa soviética tenía cuatro páginas y si en ellas aparecía algún artículo crítico, alguien perdía la línea o lo mandaban a un campo de concentración. Cada palabra tenía peso, valor de vida o muerte.
Hoy la gente en Rusia lamenta y llora esos tiempos, porque había sentido al escribir algo. Ahora se puede escribir sobre cualquier cosa, y a nadie le importa. Desde hace 10 años tenemos en Polonia plena libertad, entonces la prensa escribe que este ministro es un coco, es un mentiroso y qué pasa, nada, ese ministro sigue haciendo lo que quiere en su puesto, ya todo es normal y nada cambia.
Un ciudadano llamado periodista
El periodista de hoy está entre dos fuerzas, la del poder que le dice que cuidado, que tenga responsabilidad y la de los jefes que lo presionan para que tenga chivas, si no las tiene lo sacan. Esto ya es normal en toda la prensa. Ya no existen reglas fijas, todo depende de la situación.
Yo estoy en contra de esa prensa sensacionalista. Olvidamos que un periodista es un ciudadano del común. Entonces como periodistas debemos tener responsabilidad no solo profesional, sino en sentido ciudadano: ¿es esto bueno para mi ciudad, para mi nación o para mi patria? No en el sentido partidario, sino en el sentido más alto de la responsabilidad.
No podemos olvidar que la situación de un joven periodista que apenas empieza es débil frente a un periodista maduro con cierta posición que se puede permitir mayor libertad de opinión, de comportamiento. En los periódicos las cosas siempre se manejan de diferente maneras, en unos es más grande libertad y en otros es más pequeña. Lo importante en todos los casos es poseer no sólo responsabilidad profesional, sino ciudadana.
Periodista para toda la vida
Todos somos seres humanos y como tal somos diferentes. Igual ocurre en nuestra profesión, unos son mejores que otros. Además, en esto del periodismo contemporáneo mucha gente llega a la profesión para no quedarse toda la vida, si encuentra algo mejor pago en una compañía de carros se va. El periodismo no es solamente una profesión, es una manera de vivir y de pensar. Nosotros decíamos con cierto orgullo que el periodismo era ese algo que íbamos a hacer toda la vida.
Estoy seguro de que esta profesión requiere algo de sentido de misión, de vocación, porque es muy dura y si no se tiene valentía es mejor cambiar de oficio. Cuando me encuentro con estudiantes de primer año de periodismo les digo "si ustedes quieren todavía tiempo, todavía son jóvenes, si pueden hacer algún otro trabajo no hagan nada de esto", porque si no están comprometidos con la profesión, ésta puede convertirse en un quehacer de cosas automáticas.
El peligro de esta profesión es la rutina y creer que cuando se aprende algo ya lo sabemos todo. En el mundo de hoy la gente posee conocimiento y educación y si el periodista quiere ser aceptado por la gente debe tener mucho más conocimiento que ellos.
A veces pensamos que el hecho de trabajar en una redacción nos permite todo y eso no es verdad. Trabajar en una redacción no es suficiente, lo importante es entender que si quiere seguir en la profesión se debe estudiar permanentemente y eso es muy duro hoy, porque cada día aparecen nuevos descubrimientos, nuevas ramas de la ciencia, nuevos conceptos de filosofía, de historia, de antropología, de sicología, de miles de cosas.
En la actualidad los éxitos son tan altos que estar en la cumbre es sumamente difícil. Es como en el deporte, donde la lucha es por romper los récord de los otros. Estamos llegando al límite y en ese terreno nos tenemos que mover, aunque ahí sea difícil dar un paso más adelante. En esta profesión obtener algunos logros es sumamente duro, pero es la única guía, no hay otra.
Reportero sin imaginación
Hoy vivimos el fenómeno de la mezcla de géneros, ese debilitamiento de fronteras entre los géneros y las técnicas que podemos tomar de las artes, llamadas 'collage' o ensamblaje. Es necesario romper esas fronteras tradicionales y buscar nuevos métodos, nuevas guías de expresión, nuevas formas para describir este mundo.
Sabemos que no podemos llegar a descripciones plenas, pero tenemos que tratar de aproximarnos. En el ‘nuevo journalism’ nos damos cuenta de cómo los métodos tradicionales de periodismo no reflejan la riqueza de la situación que se describe. Es entonces cuando tenemos que buscar ayuda en los métodos de la literatura de no ficción para enriquecer nuestro periodismo. Pero no el periodismo diario de acontecimiento, sino periodismo de profundidad.
Entonces ese 'journalism' no cabe en la fórmula de la noticia periodística, sino que abarca esa parte del oficio que trata de profundizar en nuestro conocimiento del mundo, para hacerlos más ricos y plenos. Es como el cubismo en la pintura, porque entiende que una forma lleva en sí muchas formas y trata de mostrarla desde varios puntos simultáneamente.
Yo soy un pobre reportero que no tiene desgraciadamente la imaginación de escritor. Si yo la tuviera jamás habría ido a estos terribles lugares en donde estuve. Además creo que si se logra de escribir sobre lo que pasa en el mundo, esto tiene mayor peso que las obras de ficción.
Si ustedes leen Le Monde encontrarán en la primera página todos los días la publicidad sobre una nueva novela francesa, entonces tenemos 256 novelas francesas por año. Yo siempre hago este ejercicio, le pregunto a los demás por un título de una novela que tenga en la mente o un escritor importante de novelas francesas hoy. Y nada.
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