martes, mayo 24, 2011

Lecciones magistrales

"Nuestra vanidad nos hace exagerar la importancia de la vida humana; el individuo no es nada; la naturaleza se ocupa sólo de la especie". Aldous Huxley



Apuntes nómadas



Ryszard Kapuscinski

Uno

Viajar descubriendo, la lectura y la reflexión conforman, todo unido, mis textos. Estas tres profundas raíces de mi escritura son las que persigo simultáneamente. Aparte de eso, me ayudan dos elementos: la poesía y la fotografía.
La primera raíz es el viaje como descubrimiento, como exploración, como esfuerzo: viajar en busca de la verdad, no de distensión. Viajar significa para mí atención, paciencia para informarme, deseo de saber, de ver, de comprender y de acumular todo el conocimiento. Viajar así supone entrega y un trabajo duro.
La segunda raíz es una lectura amplia sobre el tema. Si uno desea conferir a su escritura una cualidad cubista, ha de enriquecerse. Incorporo citas para dejar que resuenen otras voces, invito a otros a hablar en mis textos. A veces uno cree haber hecho un descubrimiento. Al leer se constata a menudo que esa idea ya la tuvieron otros, de modo que uno intenta avanzar en otra dirección o ir más lejos para no resultar banal con la repetición.
La tercera raíz, en la que descansan las otras dos, es mi propia reflexión. Mediante mi experiencia como viajero y lector trato de dar un enfoque original, con nuevas imágenes, nuevas descripciones, nuevas reflexiones.
Si faltase alguno de estos tres componentes, mi prosa no funcionaría. Sólo los tres operando simultáneamente facilitan un proceso que no aspira a ser exhaustivo, pero sí una aproximación lo más certera posible. Pero incluso cuando no se alcanza la imagen real, sueño con ella y lucho por acercarme en lo que pueda a la verdad.
Me considero un detective de lo otro, de otras culturas, de otras formas de pensar, de comportarse. Soy un detective de una ‘otreidad’ concebida positivamente, con la que quiero tomar contacto para comprenderla. Se trata de cómo puedo describir la realidad de un modo nuevo y adecuado. A veces se denomina esta escritura como no ficción. Yo diría que se trata de una escritura creativa no-ficcional. Para ello resultan importantes la fuerza creativa y la presencia personal. A veces me preguntan cómo es el héroe de mis libros: "Yo soy el héroe, pues estos libros tratan de una persona que viaja, mira, lee, piensa, y que escribe sobre todo ello".

Dos

Yo no soy esencialmente poeta, pero utilizo la poesía como ejercicio lingüístico; la poesía es irrenunciable para mí. Requiere una concentración lingüística extrema, y eso beneficia a la prosa. Mi prosa ha de tener música, y la poesía es ritmo. Cuando me pongo a escribir, tengo que encontrar un ritmo. En cuanto he encontrado el ritmo de la frase todo fluye. El ritmo le lleva a uno como un río, se nada en movimientos rítmicos. El ritmo lo encuentro mediante la intuición. Si no doy con la cualidad rítmica de una frase, la omito. La frase ha de encontrar primero un ritmo interior, luego la página y finalmente todo el párrafo. Así confiero a la prosa una dimensión poética. La poesía tiene una gran densidad, por lo que la prosa poética no puede abarcar demasiadas páginas.
Normalmente trato de encontrar frases breves, pues generan ritmo y movimiento. Son más rápidas y dan claridad a la prosa. Cuando escribí Imperio, constaté que si quería ofrecer una descripción más acertada necesitaba frases más largas. De pronto el estilo de mi escritura se transformó por completo. Se debía a la amplitud del asunto, que no puede abarcarse con frases breves. El estilo ha de ajustarse al objeto. Una descripción de la interminable amplitud del paisaje ruso requiere frases largas.
Además de la relación entre asunto y estilo, está la que liga al tema y el material lingüístico. Cuando escribí Rey de reyes, quería describir un poder autoritario. La mirada autoritaria de un poder autoritario tiene algo de anacrónico. Para expresar lo trasnochado del objeto debía despertar la impresión de algo superado, infinitamente envejecido. Mi crítica de la estructura autoritaria del poder se expresaba por medio de esta revelación de su extemporaneidad. También se trataba de revelar lo anacrónico de nuestro sistema autoritario en Europa del Este. De modo que leí cuidadosamente la vieja literatura polaca feudal de los siglos XVI, XVII y XVIII. Encontré maravillosas palabras olvidadas muy expresivas y llenas de matices, y con todo ello elaboré un vocabulario particular.
El idioma español se caracteriza por una riqueza barroca, una especie de efecto rococó, colorida y cuajada de florituras, de juguetona imaginación y una fantasía inconmensurable. La prosa de mi pieza sobre "La guerra del fútbol" entre El Salvador y Honduras no es, por ello, sencilla, y es poco transparente precisamente por recoger esas tradiciones hispánicas.
En África, el material lingüístico ha de poder describir cualidades tropicales. La literatura africana contemporánea no se escribe en las lenguas autóctonas, sino en francés o en inglés. Eso impide que se establezca un vínculo profundo con las lenguas tradicionales. Lo que uno puede apropiarse procede de los poetas nacionales de más edad. La poesía africana tradicional es ritmo, sencillez, repetición. A veces se repite una frase una y otra vez, y de esa repetición surge un efecto musical: la música, en el África tradicional, es fundamentalmente tambores, tambores que hablan. Sólo unos pocos escritores europeos han tratado de describir el ambiente y el clima de la espesa selva tropical. Probablemente sea Joseph Conrad quien más se haya aproximado a su esencia. La experiencia de los trópicos tuvo una enorme influencia en su prosa. Eso hace que aparezcan las repeticiones, los ritos, los misterios, algo surrealista, algo que lo rodea a uno sin que sea posible penetrar en el corazón de esa oscuridad. La lengua polaca no conoce esa tradición tropical y ha de vérselas con esa ausencia
Siempre que se refiera a culturas foráneas, cada asunto requiere un cambio de estilo. Cualquier otra forma descriptiva resultaría artificial. Hay que dar la impresión de que se escribe desde el interior de ese clima particular, de esa cultura o situación.
Hay que crear una atmósfera en el interior de la prosa. No es posible describir el hielo siberiano de la misma manera que el ardor del desierto. En el Sahara sólo hay vida por la mañana y al atardecer. Durante el día, sus habitantes están paralizados por ese calor espantoso. Permanecen tumbados, esperando a que pase el día. Hay que describir esa lentitud, la parálisis, el paisaje totalmente muerto, la calma absoluta del calor tropical, el silencio del día tropical. La prosa ha de reproducir el vacío de esas horas. En el frío siberiano en cambio se libra un combate perpetuo con la nieve. Cuando se avanza por una capa de nieve muy alta, a menudo se siente uno perdido. Surge la sensación de sentirse amenazado por el entorno. El entorno es un enemigo. Hace un frío helador, y el frío es el enemigo. La naturaleza no es pasiva sino una fuerza activa que hay que combatir a cada instante. No hay referencias, y uno sabe que si sigue perdido más de dos horas, morirá. Se experimenta una tensión constante. Un miedo inconsciente. La buena prosa ha de reproducir ese estado de tensión y la presión de esa naturaleza agresiva y peligrosa.

Tres

Cuando recopilo material para un libro, me concentro en lo que podrían decir las personas. La mayor parte de las veces encuentro a mis héroes por casualidad, pero lo importante es su forma de expresarse, su mundo, su mirada, no los míos. Yo trato de permanecer en la sombra. Se trata de sus pensamientos, de sus visiones y reflexiones.
La fotografía se dirige hacia un aspecto muy distinto del hombre. Se observa su rostro, su comportamiento, su humor, su apariencia externa. Se trata de experiencias muy distintas. La fotografía se dirige hacia la materialidad de las cosas. La cámara es un instrumento de penetración, de concentración, de búsqueda de realidad y vida. Se descubren cosas imposibles de captar sin un objetivo. Cuando se fotografían paisajes, se trata de ciertos detalles de la arquitectura, de la luz, de las sombras, que nos permiten acercarnos a otras dimensiones de la realidad. Esa minuciosa observación de los detalles a veces resulta muy útil al que escribe. Cuanto más se aproxima uno al detalle, más cerca se está de la realidad. El objetivo de la cámara opera como un dispositivo selectivo, no puede recogerlo todo. Hay que elegir una parte del paisaje, aislar la parte elegida del resto. La cámara fotográfica ha de concentrarse en determinados rostros, no en una masa indeterminada; uno mira pormenorizadamente, no en abstracto. Así, se vuelve uno más observador frente a la diversidad de la expresión humana. La fotografía es una excelente escuela que te enseña a trabajar con detalles.
Una fotografía exige la decisión sobre lo que en último término ha de ser mostrado. Esa inquisición sobre el marco de una realidad también se efectúa al escribir. Cuando describo algo, lo contemplo como si fuera una fotografía. La fotografía es siempre el retrato de un momento determinado que se convierte en objeto callado. Lo que a mí me interesa es conferir más tarde movimiento a este retrato. Utilicé esa técnica en "Sha o la desmesura del poder". Pongo la fotografía en acción, la traslado al presente.
Una aproximación cubista significa conferir a las cosas complejidad, profundidad y efectos plásticos. No se trata de describir un rostro en sus aspectos realistas, más simples, sino de indagar en la forma de un rostro, en sus líneas, y desde diversas perspectivas, de subrayar la cambiante luz que irradia y que se refleja en él. Se trata de atrapar la riqueza de la realidad. Un retrato fotográfico no tiene nada de mecánico, sino que surge como un combate por la complejidad, la plasticidad, la riqueza del objeto. Lo mismo ocurre con la escritura.
Una prosa sencilla, clara, poderosa, presupone convicción y seguridad en sí mismo por parte del autor. Esta sensación surge cuando uno se convierte en testigo de un acontecimiento. Cuando tengo que escribir algo con lo que jamás he estado en contacto directo, me siento inseguro. Más de una vez me han pedido un retrato de Bokassa, el presidente de África Central, y siempre me he negado porque nunca le he visto de cerca. No puedo forjarme una imagen certera de una persona si no la he podido ver al menos cinco segundos. Schopenhauer ha escrito algo sobre los primeros segundos del encuentro entre dos personas, decisivos para la formación de una imagen del otro. Uno conoce a alguien, y en seguida se crea una sensación positiva, negativa, o indiferente.
Hace veinte años viví durante un período prolongado en África Occidental, pero no me atrevería a escribir sobre ello hoy, habiendo pasado tanto tiempo. Tengo que refrescar mis recuerdos, volver a tomar el tren que lleva a Banakro, en Senegal, recorrer de nuevo el Níger y leer más cosas sobre la historia de Nigeria. Enfrentarme a la existencia física de algo es esencial para mí.
Antes de Imperio, los conocimientos que poseía sobre la Unión Soviética habrían bastado para redactar desde mi escritorio un libro sobre ese imperio en descomposición. Pero psicológicamente no habría estado en situación de hacerlo de no haber podido recorrer 60.000 kilómetros de Rusia, y en condiciones tan adversas que varias veces estuve a punto de renunciar a mi empresa. Me decía: "No soy lo bastante fuerte, hace demasiado frío, no hay nada para comer, no hay posibilidades de viajar, ni alojamiento". Naturalmente, llevaba algo de dinero, ¿pero qué significa el dinero en el paraje siberiano, donde no hay nada que comprar? Sufrí terriblemente. Tuve que obligarme a proseguir el viaje para poder comprender más. Viajar te hace cobrar seguridad.

Cuatro

Ya en el viaje se desarrolla el esquema básico de la trama. Mi memoria es muy fiable cuando se trata de datos importantes. Consignarlo más tarde es un proceso de selección y de creación de sencillez. La prosa bella, clara, requiere rigor, una selección exigente. La prosa es una forma tan transparente de literatura que el lector reconoce de inmediato dónde el autor se sentía inseguro y no ha sabido organizar el material. La sencillez crea una transparencia suma, por eso resulta complicado escribir con sencillez. Uno no puede engañar o hacer trampa. Mi sencillez se basa en una escuela clásica: la de Pascal, Stendhal, Flaubert, o la de la Biblia con sus frases claras y poderosas. Amo la prosa de Chéjov. En una ocasión quiso escribir un relato sobre una experiencia en el mar y buscó desesperadamente una definición del mar. Finalmente leyó en un trabajo sobre Homero de una alumna una frase de éste que decía: "El mar es monstruoso". Chéjov pensó: "Aquí está todo lo que puede decirse sobre el mar". Comenzar un libro con buen pie significa para mí una frase descriptiva simple. "Vivir otro día", mi reportaje sobre Angola, comienza con la sencillísima expresión: "Estuve viviendo tres meses en Luanda, en el Hotel Tívoli". No es posible eliminar aquí ninguna palabra, por eso la considero una frase modélica. Las frases deberían ser simples y la composición, polifónica.
Otra escuela de sencillez fue para mí la agencia de noticias. Como reportero de agencia uno se ve obligado a ser breve. He sido corresponsal en África para una agencia de noticias polaca muy pobre. Para describir el golpe de Estado de Nigeria en 1964 contaba con exactamente 100 dólares. Un télex costaba 50 centavos por palabra. De modo que sólo disponía de 200 palabras –eso equivale a una página–, para describir un acontecimiento de semejante complejidad. Debía ser extremadamente ahorrativo y, así, no pude caer en la tentación del barroquismo.
Mi objetivo es transmitir una sensación y hacer llegar la experiencia de una situación. No me detengo a reflexionar sobre principios constructivos poetológicos, por ejemplo según el lema: esta parte será un drama, la próxima poesía, la tercera un ensayo y la cuarta un reportaje. Escribir constituye para mí un proceso de aproximación cautelosa. Es evidente que no puedo ofrecer una descripción exhaustiva, y eso precisamente me permite desbaratar los límites tradicionales del género literario. Tengo que transgredir las normas de género heredadas para hacer justicia a la realidad y escribir de un modo enteramente nuevo.
Mi capacidad de idear no es de tipo abstracto, se asienta sobre experiencias personales. Sé por experiencia cómo hablan determinadas personas. Muchas de las descripciones de mis libros resultan de observaciones realizadas en situaciones comparables, que traspongo a fin de describir una determinada escena. En la base de tal procedimiento está la certeza, y la similitud de las situaciones no constituye para mí un requisito necesario. Mi escritura no se apoya en la libre imaginación, y la única manipulación consiste en la composición de la estructura, en la ligazón de diversas situaciones típicas y verdaderas para llegar a una afirmación condensada. Ulises vive de la enorme capacidad inventiva de James Joyce. Yo necesito complejidad y, al seleccionar a partir de material objetivo, lo transformo y lo compongo de nuevo.
La escritura de agencia es rápida, pero superficial. Tiende a dibujar el mundo sirviéndose de extremos, en blanco y negro, bueno y malo, revolucionario o reaccionario. La brevedad se antepone a todo, y esto tiene por consecuencia la simplificación. La compleja riqueza de la vida se pierde en ese lenguaje con el que condensamos las noticias. Después de tener que producir durante años caricaturas de mis percepciones, descubrí que se me habían arrebatado paisajes temáticos enteros de una escritura verdaderamente responsable. ¿Qué es un hecho? Por lo general, consideramos que se trata de un estado de cosas político, económico o histórico. ¿Pero, acaso el clima, los sentimientos y afectos, el ambiente que reina en una sociedad no son también realidades? ¿Dónde quedan estos hechos en el mundo de las noticias? Un incentivo importante fue la escuela francesa de historiografía Annales, que ha transformado la definición de aquello que hay que contemplar como un hecho histórico. La historia se ha entendido tradicionalmente como la historia política de reyes, gobiernos, instituciones o guerras. La escuela Annales empezó a investigar el papel que desempeñan el clima, las sequías, las mentalidades. Las obras de Marc Bloch, Fernand Braudel o Georges Duby me resultaron muy instructivas. Y así empecé a escribir de otra forma. Cada uno de mis libros se convirtió prácticamente en una segunda versión de lo referido por cable, de las llamadas ‘noticias puras y duras’. Los libros cuentan la historia que se escondía detrás.

Cinco

Simplificando mucho, hoy la situación que atraviesa la literatura se me aparece así: por una parte tenemos la literatura de ficción, que cada vez se concentra más en la vida interior, en la psique del individuo. El punto de partida es siempre la persona aislada. Hoy domina el interés por la vida interior y sus relaciones con la de los otros, y con estas relaciones se suele designar en nuestra tradición las relaciones con otros seres cercados, con la esposa, el vecino, amantes y amigos. En el polo opuesto del espectro literario tenemos las noticias: informes duros, breves, simples. ¿Hay un punto intermedio? Entre uno y otro hay un considerable vacío, sobre e que yo decidí trabajar. Para poder describir el clima o el ambiente, los sentimientos y afectos de los seres humanos hay que servirse de los logros de la literatura de ficción. Y, sin embargo, las noticias hablan de lo más importante: la creación de la historia.
La capacidad de retentiva del hombre es cada vez más escasa. Hoy asistimos a la desaparición de la conciencia histórica. La historia se sustituye por el ‘collage’. Las generaciones en proceso de maduración apenas saben lo que ocurrió hace veinte años. Esto es un fenómeno enteramente nuevo. Esa ruptura con el pasado sugiere la pregunta de cómo escribir con este trasfondo para que al día siguiente no se convierta en papel de desecho. A principios de diciembre de 1991, mientras escribía "Imperio", tuve que viajar a Nueva York para investigar. En los escaparates de las librerías descubrí una cantidad ingente de títulos nuevos sobre si la política de Gorbachov sería capaz, y cómo, de garantizar la pervivencia de la Unión Soviética. Su fecha de aparición se transformó en la fecha de su declive. ¿Cómo evitar que la propia escritura se vuelva obsoleta tan rápidamente? Mi respuesta a esta cuestión es la 'ensayificación' de mi prosa. Thomas Mann, y sobre todo sus novelas "La montaña mágica" y "Doctor Fausto", fueron para mí decisivos en este sentido.
Hoy la imagen la ocupa el televisor, y así seguirá siendo. Si queremos utilizar en la prosa la descripción de una imagen, dicha descripción sólo será eficaz si la imagen se convierte en punto de partida de una reflexión. En mis reportajes utilizo exclusivamente aquellas imágenes que ofrecen un trasfondo de reflexión. La televisión ofrece incesantemente imágenes del mundo, pero es incapaz de acompañarlas de reflexión. La solución sólo puede radicar en esta vinculación de imagen y reflexión. Uno ve una determinada imagen y trata de explicar lo que no muestra y, al tiempo, esa imagen es la única clave de dicha reflexión.
Hoy el autor escribe después de haber leído infinidad de libros, de haber absorbido una infinidad de opiniones distintas y de meditar sobre las cuestiones más diversas desde múltiples perspectivas. La distinción entre lo que es cosecha propia y lo que se absorbe de fuera resulta cada vez más difícil. Y, así, cada vez somos más compositores o arquitectos. Nuestra visión del mundo adquiere involuntariamente rasgos cubistas. Inconscientemente, participamos de un proceso creativo colectivo. Resulta prácticamente imposible saber quién escribe a partir de un yo auténtico. Ese yo auténtico ya no existe, ese yo femenino, masculino, o neutro, ha dejado, en rigor, de existir. La cuestión del talento y la individualidad se reduce cada vez más a una cuestión de selección, aprovechamiento, traslación de material, y de cómo dotarlo de rasgos individuales.

Seis

Todavía hoy me dejo fascinar por mis descubrimientos. Soy una persona curiosa. Cada vez que descubro algo nuevo, trato de entender cómo está hecho y cómo funciona. En el instante en que uno se convierte en testigo de un suceso, piensa: "¡Fabuloso! ¡Qué importante es esto!", y anota cada detalle. Tres meses después se constata que la mayor parte de estos hallazgos no era tan relevantes. De todo ello no queda más que la calidad de la observación y, aún más importante, la calidad de la reflexión. Se requiere una selección, y la valoración que distingue lo importante de lo que no lo es resulta decisiva. Se trata de escribir tan poco como sea posible, de seleccionar cuidadosamente, de descartar, cortar, reducir, tirar, y conservar una de cien observaciones. Ese proceso carece en mi caso de reglas; la intuición y mis conocimientos son los únicos criterios a los que me atengo. A menudo la evaluación y la renuncia constituyen una auténtica tortura psicológica.
Empecé a leer muy tarde debido a la guerra. Entonces, los grandes historiadores como Gibbon, Mommsen, Ranke, Michelet, Burckhardt, o Toynbee se convirtieron en figuras muy importantes. Y a ello se añade la filosofía, mi pasión. Me siento muy próximo al existencialismo. Más adelante dos tipos de escritores cobraron importancia para mí. Por una parte la tradición romántica de Hemingway y Saint-Exupéry, Chéjov y Conrad. Por otra, autores como Thomas Mann o Marcel Proust, que se acercan a esa frontera en la que resulta difícil distinguir entre filosofía y prosa de ficción. "Cool memories", o "America", de Jean Baudrillard, carecen prácticamente de trama, sólo son reflexión. En mi opinión, Baudrillard es uno de los autores contemporáneos más relevantes. No hace falta hablar de los méritos de autores como Bruce Chatwin, V.S. Naipaul, o Paul Theroux, pero no me influyeron excesivamente. Yo sigo mi propio camino.
La identificación constituye un requisito fundamental de mi trabajo. Tengo que vivir con los seres de los que escribo, comer o pasar hambre con ellos. Quiero convertirme en parte del mundo que describo, tengo que sumergirme en él y olvidar otras realidades. Cuando estoy en África no escribo cartas ni telefoneo a mi casa. El resto del mundo desaparece. De otro modo me quedaría al margen. Necesito tener la ilusión, al menos durante un tiempo, de que el mundo que experimento es el único que existe. Eso a veces supera la ilusión. En alguna ocasión estuve seguro de estar viviendo mi último mundo y de que de ahí iría directamente al otro.
No puedo hablar de la muerte en el frente desde un confortable hotel lejos del frente. No puedo saber qué significa estar sitiado, en qué condiciones se lucha, qué armas, qué ropas visten los soldados, qué comen, qué sienten. Hay que entender la dignidad de otros seres humanos, aceptarlos, y compartir sus miserias. Pero eso tampoco basta, sólo poner en juego la propia vida. Lo más importante es el respeto a los seres sobre los que se escribe.
A menudo informo sobre el frente, pero lo que me fascina no es el frente en sí. Me fascina el proceso a través del que se hace la historia. La historia la hacen seres humanos que ni siquiera sospechan cómo ocurre esto y que se convierten en víctimas de esa cruel diosa llamada "historia". A menudo luchan sin saber por qué, pero así se hace la historia casi siempre en nuestro siglo. La historia nace -desgraciadamente- incluso hoy en medio de la sangre, en la lucha, en la batalla. Y sólo se puede dar testimonio de ello ocupando los puestos de lucha.
Es posible que esta disposición mía a asumir riesgos esté influida por cierta ingenuidad infantil. En una ocasión volé hasta Nagorny-Karabach escondido en un avión ruso, disfrazado de piloto. En realidad, estaba seguro de que los militares me descubrirían. Se trata de una misión casi imposible. Si me hubieran descubierto, me habrían acusado de "intento de secuestro aéreo", y la ley rusa prevé la pena de muerte para este delito, que considera capital. Probablemente no habrían llegado a condenarme a muerte, pero es seguro que habría terminado en la cárcel. Finalmente, la cosa salió bien, y yo experimenté el placer del que se dice: "¡Otra vez lo he conseguido!". Ese es el juego.
Cuando un libro tiene éxito, uno siente una satisfacción similar. También "Imperio" constituía un gran riesgo. Me dije: "O escribo un libro extraordinariamente bueno, o será un desastre que acabará conmigo". Era luchar por mi vida. Siento un profundo deseo de experimentar un ambiente de extrema tensión. Cuando no es así, me sobreviene el sopor y soy incapaz de ser creativo. Mis libros surgen en el radio de la actividad.

Siete

En 1954, tras cursar estudios de historia, quise establecer contacto con la historia de un modo menos académico. Quería saber cómo se hace la historia, qué supone el surgimiento de la historia. Tuve la suerte de que hacia mediados de nuestro siglo el Tercer Mundo despertó. Se trataba de un fenómeno histórico totalmente inusitado. El siglo XX no sólo era único en su experiencia del totalitarismo, sino también por haber asistido al nacimiento del Tercer Mundo. Si comparamos un mapa político mundial de la primera mitad del siglo con otro de la segunda, veremos dos mundos muy distintos. Pues la primera mitad está estructurada jerárquicamente. El planeta está dominado por un puñado de estados independientes, el resto del mundo tiene el estatus de colonia, pseudocolonia y dominio. Todo forma parte de esta estructura controlada por Europa Occidental y por los EE.UU. Hoy contemplamos un mundo totalmente distinto. Reconocemos casi 200 estados independientes, observamos un mapa sin colonias, pseudocolonias o protectorados. No estoy hablando de la situación material o real; formal y legalmente, nuestro mundo es un mundo independiente. Yo tuve la suerte de poder seguir de cerca este fenómeno como periodista, viajero e historiador. A eso me refiero cuando hablo de la "creación de la historia".
Por lo general relacionamos el siglo XX con el surgimiento de la sociedad de masas. Las masas irrumpieron en el terreno histórico, y su mera aparición influyó enormemente en la historia. La experiencia totalitaria es un producto de la sociedad de masas. Cuando hablamos de sociedad de masas, nos imaginamos en primer lugar a los países desarrollados de Europa y los Estados Unidos de América. Pero esa imagen sólo vale para la primera mitad del siglo. Más tarde hubo una segunda evolución, que condujo a la sociedad de masas mundial. La descolonización del Tercer Mundo provocó un fenómeno único en la historia de la humanidad: la sociedad de masas instaurada a escala mundial.
El nacimiento del Tercer Mundo independiente fue muy rápido. Sólo en 1962 surgieron en África 17 estados independientes. El movimiento independentista, denominado en kisuahili ‘uhuru’, está estrechamente ligado a un segundo movimiento de masas: el del desplazamiento del campo a la ciudad. Dicho vínculo está relacionado con un fenómeno burocrático y otro de índole cultural. En la mayor parte de las primeras colonias, el acceso a la ciudad se restringía por procedimientos administrativos. Antes de la independencia, si alguien quería establecerse en la ciudad debía solicitar un permiso. Podía resultar muy peligroso viajar por Sudáfrica sin pasaporte. El mismo sistema imperaba en la Unión Soviética. Ser miembro de un koljós equivalía a disponer de un pasaporte. Sin pasaporte no cabía pensar en cambiar de residencia y, así, se seguía encadenado al koljós. En casi todas las colonias ocurría lo mismo, aunque no siempre fuera tan extremo, pero sin un permiso nadie obtenía trabajo y la estructura burocrática limitaba la movilidad de todos. La independencia quebró estas limitaciones impuestas por la administración colonial. Los hombres esperaban de la independencia una mejora inmediata de su nivel de vida y creyeron que ésta sólo era factible en las ciudades. Y en cierto modo es cierto.
Quien viaje hoy por África podrá ver la diferencia con sus propios ojos. Cuando llega la noche en el campo, la oscuridad es total; los que viven allí no tienen dinero para alumbrarse. Tampoco hay madera, pues ya han roturado todos los bosques. De modo que incluso cocinar se ha convertido en un problema. Tienen que dormir, porque no pueden hacer otra cosa. En una pequeña ciudad, en cambio, ya se ven algunas farolas, hay algo de electricidad. Esto se traduce en una mayor calidad de vida. Así ocurre en todo África. En los pueblos no hay calles. Y en verano resulta soportable, pero en época de lluvias es terrible. La gente está siempre mojada y chapotea en el fango. Sufren de reumatismo y otras enfermedades. Incluso en las regiones tropicales, donde hace calor durante la época de lluvias, se ven atenazados por las enfermedades y la incomodidad que ello supone. En cambio en las ciudades se han asfaltado algunas calles y se ven aceras. Esto supone una diferencia abismal, a la que los europeos no suelen prestar la menor atención. Pero para las personas que proceden de estas regiones miserables y apartadas, la vida en la ciudad constituye por sí misma un progreso. En la ciudad, además, es más fácil encontrar trabajo y conseguir alimentos y otros objetos necesarios para la subsistencia. La población africana ha vivido, además de su explosión demográfica, la transformación que supone pasar de una estructura campesina a una urbano-campesina.

Ocho

Es sorprendente que en medio de los parajes más hermosos sobrevengan los sucesos más crueles. Ruanda es un país de ensueño, y precisamente allí se produjeron esas terribles matanzas. Este fenómeno de la crueldad demuestra lo poco que tiene que ver un hecho así con la naturaleza. La naturaleza es maravillosa, pero las acciones de los hombres ofrecen un contraste absoluto con esta cualidad. Cuando uno vive allí, olvida la contemplación estética de la naturaleza, absorbido como está por la supervivencia. Uno olvida la naturaleza, se concentra en otros hombres, pues de ellos surge la amenaza. Los africanos permanecen en parte ligados a las tradiciones heredadas, están unidos a la naturaleza puesto que veneran piedras, rezan al sol y sacrifican plantas, animales y árboles. Su naturaleza está plagada de dioses, buenos y malos. Pero esta relación con la naturaleza se difumina cada vez más. Los africanos que se trasladan a las ciudades tienen que arreglárselas en un entorno desconocido, lejos de la naturaleza. Por una parte siguen ligados a un pasado rural, pero por otra han de adaptarse a la vida urbana. De este conflicto surgen grandes tensiones y crisis psicológicas.
En la Unión Soviética puede observarse otro fenómeno; gentes que vivían en el pueblo y se han trasladado a la ciudad, que son incapaces de adaptarse a las costumbres urbanas. Dejaron –y con ello me refiero a la gran mayoría de los habitantes de las ciudades rusas– de ser campesinos, pero no adquirieron una cultura urbana. El vacío cultural, la falta de identidad cultural los caracteriza. Las ciudades están sucias y descuidadas, las casas son pobres y están llenas de objetos kitsch. El kitsch se ha convertido en norma cultural. En términos generales, la ciudad rusa es una mezcla de estética kitsch, pobreza material y sequía cultural.
El nacimiento del Tercer Mundo creó las condiciones que facilitarán posibles progresos en el futuro. He estado, y aún estoy, fascinado por los seres del Tercer Mundo que han creado su propio Estado y su propia nación a costa de terribles luchas. Es el tema de mi vida. Probablemente se deba a mi procedencia de un rincón muy pobre de Europa. Cuando cumplí siete años, había guerra. Viví mucha violencia, pero sufrí mucho más a causa de la pobreza y el hambre. Era una situación desesperada, no había nada. En el invierno de mis diez años –y el invierno es frío en Polonia–, no tenía zapatos. Mis padres no me los podían comprar, no tenían dinero. Yo corría desesperado de un lado a otro, hasta que por fin un vecino que fabricaba jabón ilegalmente me ofreció generoso: "Ven, te doy crédito, intenta venderme el jabón". Un pedazo de jabón costaba un sloty, y un par de zapatos 400; nada de zapatos de cuero, sino zapatos con suelas de madera, no había otros. De modo que tenía que vender 400 trozos de jabón, pero las gentes eran pobres y casi nadie podía permitirse comprar jabón. Tenía hambre, lloraba y les contaba a todos mi historia, luché y luché, y tardé muchísimo en reunir los 400 sloty. Pertenezco a esa clase de personas que no se criaron en un ‘cuarto de juegos’. James Joyce escribía cartas admirables a los doce años; a esa misma edad yo corría descalzo y medio desnudo detrás de las vacas, y no había leído ningún libro. Quizá sea por eso por lo que me llevo mejor con los que no tienen nada que comer y no dejan de soñar con poseer algo, y que se sienten felices por tener cualquier cosa.
Me identifico con las mayorías silenciosas, con los seres pobres, marginados, que carecen de cualquier posibilidad de mejora real, y que, sin embargo, siguen viviendo. Su lucha me atañe, comparto sus sueños y sentimientos.
Los hombres y mujeres del Tercer Mundo, los soldados de los movimientos guerrilleros que llego a conocer suelen ser personas muy sencillas, y distintos entre sí. Uno conoce a buenos y a malos, listos y tontos. El tipo medio –casi siempre niños– tiene buenas intenciones y suele actuar ignorando por completo las reglas del juego de las grandes potencias enfrentadas. Trato de contar algo sobre estos seres, y no sólo en situaciones de guerra. La mayoría de nuestro planeta calla. No sabemos nada de esa mayoría silenciosa, pero habría que intentar escribir su historia. Mis escritos son escritos de partisano, pero trato de ser objetivo en ellos.

Nueve

En nuestro mundo, en general, pero sobre todo en las sociedades infradesarrolladas, la política lo impregna todo. Cala e influye todos los ámbitos vitales elementales y determina el destino de cada individuo. La política constituye un factor extremadamente poderoso y gracias a la difusión por los medios de comunicación opera en todos los rincones del mundo. El 90% de todas las noticias giran en torno a los actores del teatro político en cartel, los héroes de la clase política: presidentes, ministros, parlamentarios, generales, líderes, activistas, populistas. Hoy no se puede escribir ni reflexionar sobre la situación global ignorando la enorme importancia que reviste la política.
Normalmente consideramos el poder como un fenómeno político, como poder del gobierno, de la burocracia, de los militares. Sabemos que estamos incluidos en el juego del poder, pero no somos conscientes de la medida en que el poder constituye un fenómeno particular de la existencia humana. En este sentido es omnipotente.
Más allá de esta situación general está el poder político, que a su vez goza de una primacía mayor de lo que queremos admitir: ha ido afianzándose en cada nueva etapa del avance tecnológico. Los medios de comunicación electrónicos reforzaron su influencia en nuestra experiencia cotidiana, a pesar de que la electrónica pueda llegar también a convertirse en una fuerza contrapuesta al poder. Si observamos lo que ha ocurrido en los últimos veinte años, veremos que los combates más sangrientos se debieron en muchas ocasiones a la lucha por el control de los medios de comunicación de masas. En la revolución rumana de 1989, en Lituania, en Tayikistán, en el golpe de Moscú se luchaba por la televisión, signo de que el poder se ha desplazado desde sus centros políticos tradicionales hasta las emisoras.
Si queremos representarnos el mundo actual, debemos situar en un plano central el problema del poder. Las personas casi no son ya conscientes de en qué medida están incluidos en la política. Muchos no quiere admitirlo y dicen: "La política no me interesa. No me gusta, odio a esos políticos...". El común de las personas cree que será menos independiente si se ven incluidas en el acontecer político; que serán un peón en un tablero de ajedrez, una marioneta, una minucia manipulable. En los sistemas autoritarios, la política se convierte en un asunto muy peligroso. En las sociedades totalitarias, la política era privilegio o monopolio de la nomenklatura. La actividad política estaba vedada para el resto. Cuando yo participaba en una reunión y preguntaba más tarde a los que habían intervenido: "¿Por qué ha planteado usted esa pregunta política? ¿Qué es lo que le interesa de la política?" Casi siempre recibía la respuesta: "No me interesa en absoluto". Estas gentes llegaron a ser apolíticas por precaución, por miedo a ser castigados por su interés político, y prefirieron una vida tranquila al peligroso mundo de la lucha política. Mi escritura insiste en decir: "No hay vida social fuera del ámbito político".

Diez

Seguramente los factores emocionales son cruciales para el estallido de una revuelta o de una revolución; se trata de la sensación que tienen los humanos de verse humillados y maltratados. Se convierte en la gota que colma el vaso. La sensación preponderante en una revolución es esa sensación que lleva a exclamar: "¡Basta ya!". Las sociedades son enormemente pacientes, son estables y pueden esperar. Las sociedades son cuerpos pesados. Tienden a conservar su statu quo sin mostrar ninguna voluntad de cambio. Se mueven lentamente y con grandes dificultades. Sólo tras un largo período de aceptación del padecimiento llega el momento decisivo, altamente irracional, donde esta sociedad dice "¡basta!".
La emoción positiva más importante en una revolución es la esperanza. Desgraciadamente en estos casos se trata siempre de una especie de ingenua esperanza de que todo cambiará para mejor. La revolución estalla cuando las gentes dicen: "no queremos esperar más, ni un día, ni una hora. "¡Ya está bien!". De pronto creen que la situación puede modificarse por arte de magia, repentinamente, sin solución de continuidad, dar un giro de 180 grados. Esperan resultados directos y absolutos. Naturalmente, esta mejora inmediata jamás se produce. Y, así, toda fase revolucionaria concluye con la desilusión. Siempre tenemos la sucesión lógica de un período de paciencia muy prolongado, un estallido revolucionario, grandes e imperiosas expectativas, poco realistas, ingenuas y con un alto contenido emocional, que no pueden ser satisfechas. Y a ello le sigue la decepción.
Cuando los seres humanos se reúnen, perciben su fuerza. No hay ninguna explicación racional para el hecho de que en determinados momentos puedan llegar a reunirse un millón de personas en una plaza sin haber sido convocadas. Esta espontaneidad resulta muy interesante: un día cualquiera, un millón de seres humanos se congregan en lugar. ¿Por qué? Incluso si esto hubiera sido organizado de algún modo, en muchos casos este esfuerzo de planificación durante años no ha producido ningún efecto. En Francia se convocó a la revolución durante años, pero sólo funcionó en 1789, y fue entonces cuando estalló la Revolución Francesa.
Se trata de tomar conciencia del misterio, incluso diría que de la metafísica del momento crucial del estallido revolucionario. En una sociedad convulsionada por las crisis se dan todas las condiciones previas para un cambio. La mayoría de las sociedades del mundo contemporáneo se encuentran en una crisis permanente. Teóricamente se cumplen todos los requisitos de un alzamiento revolucionario, pero éste no se da. Las revoluciones ocurren raramente. ¿Qué falta para que se produzca una revolución? Esta s la pregunta que no encuentra respuesta. Una crisis social puede prolongarse durante años y años, y luego, de pronto, en ese enero particular, en ese lunes en concreto, estalla. ¿Por qué no el martes? ¿Por qué no el mes anterior?
En el marco de la lógica general de la evolución histórica me han llamado la atención ciertos elementos que no pueden ser explicados racionalmente o considerados necesarios. De pronto nos tropezamos con un fenómeno sorprendente. Y a posteriori buscamos una explicación racional: la situación económica era mala, el sistema estaba corrompido, y no había revolución. Tenemos que respetar la irracionalidad de estos momentos históricos particulares. Con la guerra ocurre lo mismo. A veces el detonante es una nimiedad. De pronto un hecho intrascendente se convierte en factor determinante. A veces nos encontramos con acontecimientos mucho más relevantes que no provocaron la guerra. En esta extraña alquimia, el comienzo real continúa envuelto en el misterio.
Cyprian Kamil Norwid, un gran poeta polaco y filósofo del siglo XIX, dijo que un pueblo como nación y, en particular, la masa de los humanos, es incapaz de pensar en abstracto. Piensa en términos de nombres, personas, historias de líderes; sólo eso les permite organizarse. Cuando se ha encontrado, o inventado, tal personaje, opera como acumulador de las expectativas y energías de la nación. Sin personas que organicen no hay revoluciones ni movimientos sociales relevantes. Se requería un Gandhi en la India, y un N'kruma en Ghana.
La mayor parte de los soldados rasos de los diversos movimientos de liberación africanos o latinoamericanos que he conocido poseían un nivel muy bajo de conciencia política. Muchos ni siquiera estaban al tanto de los objetivos políticos de su lucha. En Angola sólo sabían que luchaban por Aghostino Neto o Jonás Savimbi. Si Savimbi hubiera desaparecido de la escena de la noche a la mañana, el movimiento guerrillero se habría disuelto de inmediato. Naturalmente que hay un trasfondo tribal en el caso de estas funciones de liderazgo, pero esto no explica cabalmente su existencia. Hay una necesidades funcional que les lleva a organizarse en torno a figuras de líderes.
Consideremos el caso de Etiopía y el papel del comandante de la armada en la guerra civil contra los movimientos independentistas. El ejército etíope era el ejército más poderoso de África con medio millón de soldados enrolados. Participaron en la guerra civil luchando contra el movimiento guerrillero de Eritrea. Cuando se supo que su comandante en jefe, Mengisto, había huido del país, simplemente regresaron a sus casas. El ejército se disolvió sin que se disparase un solo tiro: ¡medio millón de soldados en un día! Esto prueba la importancia de la figura del líder como catalizador de todas las energías, expectativas, sueños, esperanzas y voluntades. Sin semejante foco nada funciona.

Once

Cada cultura tiene su propia escala de valores, y la economía no ocupa en todas el primer puesto. Las poderosas culturas de la China o de India no renunciarán a su identidad. Aceptarán ciertos avances tecnológicos, como el ordenador, pero seguirán siendo ellas mismas. Un buen ejemplo es la esquizofrenia soterrada que caracteriza a la mentalidad japonesa. Por una parte destaca como productora de las tecnologías universales más avanzadas, mientras que en la cultura, los modos de vida, la mentalidad y la esfera doméstica, sigue conservando su carácter específicamente japonés.
Las culturas antiguas están firmemente arraigadas. Las personas que pertenecen a ellas se sienten orgullosas de sus tradiciones y les son fieles, pues les confieren un sentimiento de dignidad. Todo el siglo XX es una prueba de que las tradiciones culturales fuertes y civilizaciones como las de China, India o México son muy resistentes. No pueden ser destruidas así como así. ¡Qué esfuerzos no hicieron los soviéticos para destruir la vieja cultura rusa, o las de Armenia, Chechenia, o Georgia! ¡Y cuánta sangre se ha derramado por eso! Y, sin embargo, estas culturas subsisten, y los hombres están dispuestos a morir por su cultura.
La cultura es un fenómeno complicado, y también puede constituir una rémora, tener un carácter conservador o reaccionario. Que la evolución actual no es capaz de destruir las culturas antiguas en su globalidad, sino que debe establecer un compromiso, un marco de coexistencia con ellas, prueba que el moderno mundo de la tecnología no constituye en este caso una verdadera amenaza. Los fenómenos de disolución se producen en las ciudades, donde impera la cultura del pop, del sexo, y los medios de comunicación. Pero éste no es el principal problema. Mucho más importantes son la pobreza, la carestía, el fanatismo, y, sobre todo, la paz. Hay un peligro indirecto que sí amenaza a las culturas tradicionales. Estas se conservan en los pueblos, y hoy asistimos a la lenta muerte del pueblo en todo el planeta. La clase campesina es cada año más reducida, a pesar del crecimiento demográfico. Los avances en el terreno de la agricultura son tan colosales que es muy probable que el campesinado deje de existir en cien años. Tal vez sobrevivan algunas granjas de gran tamaño, pero las pequeñas, con sus arados, su trabajo manual y su escasa productividad, serán pronto superfluas.

Doce

El fenómeno iraní no puede generalizarse. Morir por la causa, convertirse en mártir de la Guerra Santa, significa suerte en el islam chiíta. Durante la guerra entre Irán e Irak, la artillería iraquí sitió una colina. Un puñado de soldados iraníes la escalaron, se abrieron las camisas y ofrecieron su pecho desnudo al cielo mientras gritaban: "¡Danos más!". Todos murieron.
En el transcurso de la revolución iraní llegue a visitar a algunos comités revolucionarios de Jomeini. Sus cuarteles estaban llenos de fotografías de pasaporte de jóvenes. Me enseñaron estas fotos diciendo: "Estos son nuestros mártires". Cuantas más fotografías tenían, más orgullosos se sentían. Los comités emitían comunicados de guerra en farsi que enviaban a los padres de los fallecidos y que rezaban más o menos: "Felicitamos a Madam Sarah Mahmur y a su esposo Ibrahim Mahmut, pues dos de sus hijos han caído hoy en la Guerra Santa". Jamás he visto semejante energía de pensamiento y sentimiento exclusivamente concentrada en la muerte. En la universidad de Teherán vi a unos muyahidin caídos que eran conducidos, envueltos en paños blancos, cada uno en un carro, por una masa de rostros fanáticos. A su alrededor, una multitud se peleaba por tocar los cadáveres. Sus rostros expresaban éxtasis, los vi transfigurados de felicidad cuando lograban rozar los cadáveres. Jamás he visto nada parecido en ningún lugar.
El Islam no es sólo una religión, es toda una cultura, y esta cultura se expandirá, aunque le lleve tiempo. La civilización islámica es extraordinariamente dinámica. Hoy hay que añadir al poder del Islam la fuerza de países como Turquía, Paquistán e Irán. El mundo islámico es rico en petróleo y otros productos del subsuelo. La mayoría de los occidentales no son conscientes de esta increíble concentración de fuerza. El Islam es una religión extremadamente disciplinada. En "Sha" describí a una masa orante: un millón de seres que realizan en el mismo instante el mismo gesto, y sin una palabra que los guíe. Eso es increíble y caracteriza al Islam en general. Irán no volverá a adoptar el modelo de desarrollo occidental. El modelo del Sha era estúpido y suponía una humillación extrema para los habitantes del país. Cuando se importa agua mineral de París a un lugar cuyas magníficas corrientes han alimentado a los más grandes poetas del mundo, como el poeta persa Ferdausi, las gentes se extrañan y se ofenden. Importar pan alemán y americano a un país que cuenta con el riquísimo pan persa es sencillamente de mal gusto. Si yo hubiera vivido en Irán en aquel tiempo, también me habría rebelado contra el Sha.
La revolución iraní fue un acontecimiento fascinante e históricamente crucial. Supone una lección sobre la imposibilidad de democratizar los estados multinacionales. Irán era un imperio, un poder autoritario en el que las fuerzas democráticas quisieron alterar el equilibrio de poder. Comenzaron por atacar su centro. Cuando obtuvieron cierta ventaja, difundieron el eslogan de la democratización. Un Estado multinacional posee minorías; los kurdos, los armenios y el resto de minorías que coexisten en Irán se apropiaron del eslogan de la democratización y lo convirtieron en una exigencia de independencia. La democratización equivale para ellos al derecho a escindirse. La revolución iraní comenzó como un movimiento democrático; Bachtiar, Bani-Sadr eran abogados demócratas. El primer gobierno que sucedió a la revolución se componía de hombres que habían estudiado en Harvard, en la Sorbona, etcétera. Tras la victoria de la revolución, las minorías dijeron: "Para nosotros, democracia significa seguir avanzando. Nos gobernasteis y nos saqueasteis. La auténtica democracia equivale para nosotros a independencia". Al surgir esta exigencia, se produjo en el centro un cambio en el equilibrio de fuerzas. Y desde el centro de poder de la nación gobernante –que en este caso eran los farsi– respondieron: "No, este es nuestro Estado". En ese momento tuvo lugar una inversión radical de la revolución. Las fuerzas del gobierno autoritario y la dictadura se hicieron con el poder. Jomeini representó ese estadio de la revolución iraní en que la nación gobernante del Estado toma conciencia del peligro que entraña una desintegración total. Reacciona movilizando a las fuerzas represivas para sustituir el eslogan de la democratización por el de la "integridad nacional". Y de este modo se obtiene un medio para anular a las minorías, para mantener la integridad del Estado. Por eso todas esas revoluciones democráticas fracasan en los estados multinacionales, pues la condición previa de la democratización es la disolución del Estado.

Trece

El cinismo es incompatible con la profesión de corresponsal de guerra, incluso con la de corresponsal en el extranjero. Este oficio, esta misión, presupone una clara noción de las miserias humanas y requiere afecto por los seres humanos. Hay que verse como miembro de una familia, a la que pertenecen también todos los hombres sencillos de nuestro planeta que carecen hasta de lo más elemental. Hay que vérselas con problemas muy antiguos, con la penuria; así es el mundo, a la larga no se puede esperar mucho. El calor humano es esencial en este tipo de trabajo. Un cínico no podrá cosechar buenos resultados en este oficio. El cinismo y el nihilismo, la degradación de los valores y el desprecio de los demás hacen que el mundo sea insoportable. He visto a seres que se sentían infelices por tener que desempeñar este oficio, pero jamás me he tropezado con cínicos entre sus filas.
El tipo clásico del corresponsal de guerra suele ser alguien modesto, tratable, amable, cooperador. Se trata de un grupo muy particular de periodistas. Viven en las condiciones más adversas, y no solo porque estén expuestos a ser heridos o a morir. La gente que va a estos lugares necesita algo más que una motivación profesional. Este oficio precisa gente con disposición al sacrificio. A menudo falta el agua, la comida, hay problemas de transporte, se padece frío, humillaciones, golpes, arrestos. Pero jamás me he encontrado en este campo con meros aventureros, ni con seres deseosos de morir. Estos hombres y mujeres tratan modestamente de dar lo mejor de sí y cumplir con su deber. Sólo una motivación muy profunda hace que se queden aún a riesgo de sus vidas. Somos una especie de misioneros.
Naturalmente, a veces siento rabia por la ignorancia y el desinterés por la situación del Tercer Mundo que encuentro incluso entre los intelectuales europeos, pero aún me entristece más la imposibilidad de hacer algo. Soy muy consciente de los límites de mi actuación. Se trata de un trabajo idealista.
Se vive como un revolucionario, pero convencido de que jamás asistieron a un auténtico cambio revolucionario. Me entristece pensar que resulta casi imposible franquear el abismo que separa a las sociedades de consumo de las sociedades pobres.
Estoy convencido de que cada cultura es distinta, cada una es un todo, con una escala de valores propia, muy arraigada en las personas. Cuando hoy en día un voluntario de la ayuda al desarrollo va a un pueblo africano, casi siempre lo hace porque quiere, no porque sus habitantes están particularmente interesados en que lo haga. Posiblemente su cultura sea la del ocio, prefieren no hacer nada. Y resulta muy violento que se vean obligados a creer en los valores de una cultura ajena. A menudo los representantes de los países desarrollados se sorprenden al ver que hay quien rechaza las costumbres americanas. Pero es que hay culturas en las que trabajar es menos importante que rezar. De modo que no llegarán a fabricar automóviles u ordenadores, pero es que tampoco tienen ningún interés en hacerlo. Eso tampoco me defrauda, admiro la escala de valores de otros pueblos, como por ejemplo la familia, que consideran lo más importante de sus vidas y fuente de satisfacción más íntima. Este tipo de satisfacción tiene mucha dignidad y constituye un valor positivo. Uno ve vagar a seres por África que no llevan más que un pequeño hatillo. No tienen necesidad de poseer nada más, con un mínimo de propiedades se dan por satisfechos. Si habla uno con ellos, sonríen, son hospitalarios y afectuosos. Uno tiene la impresión de que son felices. Tienen otras recompensas. Lo mejor es aceptar esto. No se puede cambiar todo.

Catorce

Cada dos o tres años me veo impelido a escribir un libro, e "Imperio" me llevó cinco años de mi vida. Quiero viajar e investigar, y también tengo que sentarme a escribir. Pero mi curiosidad siempre me empuja a salir al mundo. No hay ningún lugar en el mundo del que pudiera decir: "A la larga, me quedaré aquí". Aunque quizá sienta una leve tentación de regresar a África, al Sahara. Amo el desierto. Tiene algo metafísico, trascendental. En el desierto, el cosmos se reduce a unos pocos elementos. Se trata de la reducción absoluta del universo: arena, sol, de noche las estrellas, el silencio, el calor del día. Uno viste una camisa, carece de zapatos, come alimentos muy básicos, un poco de agua para beber: la simplicidad absoluta. Esto te transmite la sensación de la maravilla del cosmos. No hay nada más entre tú y Dios, entre tú y el universo. Cada vez que he ido a África y he tenido tiempo he buscado la experiencia única del desierto. He cruzado el Sahara tres veces con los habitantes del desierto; en una ocasión con un grupo de nómadas con el que me crucé por casualidad. No podíamos entendernos verbalmente, pero proseguimos juntos el viaje. No intercambiábamos palabras, pero compartimos la experiencia conjunta de la amistad y la fraternidad. De pronto surgió una sensación increíblemente fuerte de que tus hermanos y hermanas están diseminados por todo el mundo, aunque no seas consciente de su existencia –una sensación prodigiosa.
Todos somos, en algún sentido, nómadas, y cada vez lo seremos más. Hace mucho tiempo, las gentes se trasladaban en busca de alimentos y para sobrevivir. Con los grandes movimientos migratorios de hoy, el nomadismo volverá a convertirse en un modo de vida. De alguna forma regresaremos a nuestros orígenes.

(Tomado de "Letra Internacional". N° 44, 1996)

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"La guerra del fútbol"

Ryszard Kapuscinski

Editorial Anagrama 1992

Pensé que como mejor daría a conocer África sería escribiendo sobre el hombre que en aquella época era la figura más destacada de todo el continente, político, visionario, tribuno y mago: Nkrumah. Pág. 20

Así es que ahora, como si quisieran recuperar el irreversible atraso, prácticamente todos los años de la gran marcha de África inscriben un nombre nuevo en la historia; 1956, Gamal Nasser; 1957, Kwame Nkrumah; 1958, Sékou Touré; 1960, Patricio Lumumba. Pág. 44

"Disponía de cinco hombres y veinte negros", me dijo un inglés. Hombres como él son los que han creado este mito. El mito del color de la piel, total, absoluto, y que ha pervivido lozano y poderoso hasta nuestros días. Pág. 56

Siempre he estado de vuestro lado, con toda mi alma y en todos los momentos de mi vida. Siempre he considerado a los colonialistas como canallas de la peor especie. Estoy con vosotros, y os lo quiero demostrar con hechos. Pág. 57

Cada encuentro con la muerte tiene un precio que hay que pagar; bien lo saben los que lo han vivido. Pág. 73

... A pesar de que el mundo está lleno de infamia e ignominia, también existen en él sentimientos nobles como la honradez y la honestidad. Pág. 74

Apartheid

Es el país del apartheid, la doctrina que ha enaltecido el más vil de los instintos humanos, la repulsión hacia otra raza, dándole la dignidad de ley y convirtiéndola en un dogma de fe. En afrikans, apartheid significa "segregación", "separación". Sólo que se trata de una separación en nombre de la dominación.

El apartheid tiene dos versiones: la popular y la "científica". En su versión popular, cotidiana, la filosofía del apartheid se basa en el principio de que todo aquel que no es blanco "no es un ser humano". Los conquistadores españoles de las tierras de América del Sur escribían en sus informes dirigidos a Madrid: "En esos días morábamos en la isla: el ganado, los indígenas y los hombres". Esta misma idea impera hoy en día no tan sólo en Sudáfrica, sino también entre todos los colonos blancos establecidos en el continente. Y no únicamente entre los blancos. El hindú de Nairobi nunca se referirá a un africano usando otro término que no sea black monkey, aunque el africano en cuestión sea un profesor de universidad y el hindú un barrendero.

En la versión "científica", es decir, aquella que el afrikaner muestra ante el mundo, esta teoría se presenta de la manera siguiente: los blancos y los que no lo son pertenecen a dos razas distintas, cuya convivencia dentro de un mismo estado siempre constituye una amenaza: para los blancos, la de perder el poder; para los no blancos, la de sufrir injusticias. Por un lado, los blancos no se pueden permitir el lujo de conceder derechos políticos a los de color, pues si lo hicieran, la civilización occidental se vería absorbida por la autóctona. Por otro lado, habida cuenta de que el indígena trabaja para el bienestar de los blancos, sería injusto negarle los derechos civiles. Además, el de color, al igual que el blanco, tiene derecho a desarrollar su propia lengua y su cultura. Si el negro llegase a ser ciudadano de un estado europeo (como el afrikaner considera a su país), en lugar de ser un auténtico africano, se convertiría en una mera imitación del europeo. En ningún estado de Europa puede un africano gozar de la igualdad de derechos ni ostentar el poder, cosas que sí les son posibles en su continente. De ahí que el africano debe tener su propio país (homeland), un territorio que pueda considerar suyo y en el que tenga la oportunidad de alcanzar la más alta posición de que sea capaz. Las reservas de indígenas, existentes también en otros estados de corte europeo, constituyen precisamente esa tierra patria del africano. No obstante, tal vez habría que cambiarles el nombre. Si el africano abandona la reserva para trabajar en el negocio de un europeo, será tratado como mano de obra extranjera, por consiguiente, no podrá disfrutar de los derechos civiles ni políticos. Esto le permitirá comprender y recordar que, una vez realizado el trabajo previsto en el contrato, deberá abandonar la parte europea de Sudáfrica y regresar de nuevo a la reserva. Hay que conceder a las reservas la importancia que se merecen, sin dejar de tener presente que los blancos seguirán manteniéndolas bajo su tutela por muchos años más, debido a que los africanos aún no han alcanzado el estadio de desarrollo que les permitiría gobernarse por sí mismos. Pág. 88-89

Aunque es blanco, el afrikaner no se considera europeo. Pág. 90

En opinión del afrikaner, el europeo es un liberal que deshonra a la raza blanca al ceder terreno a los negros en otras partes de África, es un ser indigno y desmoralizado porque los domingos se dedica a ir al cine y a comer en los restaurantes, y, lo que es mucho peor, parte de los europeos son comunistas. Pág. 90

La de los afrikaners es una de las cuatro naciones de origen europeo que se asentaron en territorios de ultramar a raíz de las grandes conquistas coloniales de la época del capitalismo naciente. Las naciones restantes son: la estadounidense, la australiana y la canadiense. Pág. 91

Los afrikaners descienden de los holandeses. Pág. 91

Para conquistar a la tribu ksosa, los afrikaners y los ingleses tuvieron que librar nueve guerras; para conquistar a los matabela, cuatro; para vencer a los zulúes, tres, y así sucesivamente. Pág. 92

El colonialista blanco encontró fuerza suficiente para conquistar Sudáfrica, pero fue demasiado débil para convertirla en su propiedad exclusiva. Pág. 92

En 1652 un emisario de la compañía, Jan Van Riebeeck, fundó en el cabo de Buena Esperanza un villorrio -más bien una taberna, antes que un puerto- para que allí pudieran atracar los barcos holandeses que cubrían la ruta: Europa-Indias Orientales-Europa. Pág. 93

La nación afrikaner se formará precisamente con la mezcla de estos tres elementos: holandés, francés y alemán… Pág. 93

... el parlamento británico suprime la esclavitud en 1836, asentando con ello dos duros golpes a los afrikaners: por un lado hace tambalear los cimientos de su economía, basada en el trabajo de los esclavos, y por otro, atenta contra su religión, cuyo principio fundamental afirma que Dios creó al negro para ser esclavo. Pág. 95

... Y, en efecto, los buscadores del oro sudafricano fueron tan lejos que en 1872 fundaron su propio estado, bautizándolo con el nombre de República de los Uitlanders.
... Al final, en 1899, estalla la guerra entre afrikaners e ingleses. Pág. 97

... El nuevo gobierno se compone de seis afrikaners y cuatro ingleses. Pág. 98
... El primer partido afrikaner se funda en 1912, los afrikaners se hacen con el poder del estado en 1948, pero la Iglesia de los afrikaners existía desde el siglo XVII. Pág. 98

... era su Iglesia, propia y única, la cuna de la ideología, que hacía las veces de oráculo, guía espiritual y máxima autoridad. Fue también en su seno donde surgió –como otra ala de la nación– su partido político. Y fue ese partido el que más tarde se haría con el poder del estado. Pág. 99

Dos dogmas del calvinismo... El dogma de la predestinación afirma asimismo que el que nace en la fe es superior al que nace en el paganismo, puesto que en él se ha posado la mano de Dios, colocándolo en el camino de la salvación.
Segundo dogma, el referente a la creencia en el pueblo elegido. Pág. 100

Argelia se cubre el rostro

... Se dijo de todo porque no se sabía nada. Pág. 106

... Argelia pertenece a los países de África donde más ha durado el colonialismo. El poder de los franceses se mantuvo aquí durante 132 años. Pág. 107

... El último grito de la moda parisina llega aquí el mismo día de su aparición en Francia, igual que la prensa y los cotilleos de París. Pág. 108

El Sahara cubre nueve décimas partes de Argelia. Pág. 110

... Que en el país haya tres millones de parados no le interesa a nadie; es algo que no se discute.
... La burocracia devora la mitad del presupuesto del estado argelino. Así pues, resulta evidente que cualquier programa serio de construcción del socialismo en Argelia tiene que empezar por plantear la eliminación de la estructura colonial de los salarios, privando en consecuencia a la burocracia de sus privilegios materiales.
Francia ha legado a Argelia una economía típicamente colonial, es decir, subdesarrollada. Pág. 112

... El norte, que constituye el 5% de la superficie del país, y el resto.
... La agricultura absorbe el 70% de la población.

La guerra de Argelia se prolongó durante siete años y medio. Junto con la revolución china y la guerra de Vietnam, fue la mayor guerra de liberación de cuantas se hayan producido en el mundo. Pág. 113

... La guerra terminó con la derrota de Francia.
Aparte de las pérdidas humanas y materiales, la guerra también dejó sus huellas en la conciencia colectiva de la sociedad. Pág. 114

En la Argelia de hoy sigue viva la memoria de lo que hizo cada cual durante la guerra, y no ha cesado el odio mutuo entre los que estuvieron en distintas barricadas. El problema consiste en que los colaboracionistas de antaño son hoy los cuadros dirigentes, pues sólo ellos han tenido la oportunidad de convertirse en personal calificado. Pág. 115

... iría perfilándose hasta formar tres grupos, tres fracciones: Los emigrantes, los combatientes y los colaboracionistas. Esta es la clave fundamental para comprender los entresijos de la política argelina. Pág. 116

En estas páginas pretendo defender a Ben Bella, como también defenderé a Bumedián. Ben Bella no fue "el demonio" de la precipitada, nerviosa y demagógica declaración del 19 de junio, como Bumedián tampoco fue "el reaccionario" de un artículo de Unitá. Ambos son víctimas del mismo drama que viven todos los políticos del Tercer Mundo cuando son honestos, honrados y patriotas. Fue el drama de Lumumba y de Nehru, y es el drama de Nyerere y De Sékou Touré. El quid de este drama consiste en la tremenda resistencia de la materia con que topa cualquiera de ellos al dar su primer, segundo o tercer paso en la cumbre del poder. Todos ellos quieren hacer algo bueno; empiezan a hacerlo, y al cabo de un mes, de uno, dos o tres años, ven cómo nada les sale bien, cómo todo se les escapa de las manos y se encalla en los implacables médanos del desierto. Todo se conjura para obstaculizar el camino trazado: el secular subdesarrollo, el primitivismo de la economía, el analfabetismo, el fanatismo religioso, las rencillas y luchas tribales, la ancestral hambruna, el pasado colonial con su política de aplastar física y psíquicamente a los conquistados, el chantaje de los imperialistas, la avidez de los corruptos, el paro, los balances negativos. Siguiendo semejante camino, el progreso resulta difícil. El político empieza a debatirse en su impotencia ante lo imposible. Busca la salida en la dictadura. La dictadura crea la oposición. La oposición prepara el golpe.
Y el ciclo vuelve a repetirse.
Si bien es cierto que este mecanismo puede adoptar formas diferentes, el esquema principal resulta prácticamente invariable. En el mundo del subdesarrollo, las dictaduras surgen como obedeciendo a una cierta regla de periodicidad. En muchos casos, no se trata de frutos del ansia de poder que puedan tener algunos déspotas patológicos, sino de la consecuencia lógica de las condiciones que imperan en el país, en las cuales resulta imposible gobernar el estado de acuerdo con el modelo de Platón. Pág. 118-119

El socialismo de Ben Bella fue un experimento valiente y original. Simplificando, debía sostenerse sobre una economía socialista, pero sin renunciar a la estructura islámica. La oposición reprochaba a Ben Bella que hubiera hablado demasiado sobre el asunto pero que, en contrapartida, no hubiera hecho lo suficiente. Que el suyo era un socialismo verbal. Pág. 121

… todo esto ocurre en una situación ideológicamente indefinida... tres elementos que conforman el poder –el partido, el aparato del estado y el ejército– ...

En el mundo árabe no existe la tradición de partidos políticos como fuerzas dirigentes de la sociedad. Pág. 123

Este divorcio entre la política exterior y la interior, tan típico de los países del Tercer Mundo, nunca puede prolongarse demasiado. El país, su propio país, no tarde en volverlo a la dura realidad, pues no puede soportar por mucho tiempo semejante política. No se puede permitir tamaño lujo, y además, ni siquiera está interesado en hacerlo.
Tal vez la desaparición de Ben Bella vaticine el fin de la época de los grandes líderes del Tercer Mundo, políticos cuyas figuras se han elevado de un modo muy visible por encima de la mísera vida cotidiana de su país, que han sido más guías espirituales de su pueblo que administradores de estado.
Tal vez se avecina una época en la que una política exterior activa y que cuente en los foros internacionales, será sólo un lujo al alcance de los países desarrollados, y los países pobres tendrán que ajustarla a sus posibilidades, por lo general bastante menguadas y muy por debajo de sus aspiraciones nacionales. Pág. 125

La de Ben Bella era una personalidad compleja, con muchas facetas. Por un lado, no confiaba en nadie, y por otro, intentaba convencer a todo el mundo de su buena disposición hacia todos. Pág.127

... Olvidaba que el ejército no sólo se componía de los uniformados, sino también de aquellos que ya habían cambiado el uniforme por un traje civil, pero que habían iniciado su carrera formando parte de la tropa. Pág. 128

... Si se ve obligado a pronunciar una palabra, lo hace con tal esfuerzo que parece que esté tallando piedras. Pág. 130

... El golpe dejó al descubierto la absoluta dispersión de aquella sociedad, su desunión, su falta de elemento aglutinador, la ausencia total de fuerzas organizadas. Pág. 133

... En Argelia, la política es el dominio de veintiañeros, de treintañeros. Pág. 135

... En la escena política argelina sólo ha quedado el ejército. En Argelia, poco se sabe de lo que ocurre en su seno. El ejército tiene algo de mafia, algo de secta religiosa. Los oficiales no se cuadran al saludarse sino que se estrechan las manos y se dan besos en las mejillas. Pág. 135

... Entonces, Soglo en persona colocó frente al edificio el mortero en cuestión (era el único hombre en todo el ejército que sabía manejarlo) y anunció por un altavoz que si el gobierno no dimitía antes de las cuatro de la tarde, abriría fuego sobre el edificio. El gobierno tomó unánimemente la decisión de dimitir, acto que le fue comunicado a Soglo desde una ventana. De este modo acabó la crisis política de octubre de 1963. Pág. 142

... Las estrellas que iluminan la noche sahariana son inmensas.
... Durante la noche, el Sahara es verde como los infinitos prados de nuestra Mazovia. Pág. 146

Quien quiera comprender a África debería leer a Shakespeare.
En los dramas políticos de Shakespeare, todos los protagonistas muere, los tronos chorrean sangre y el vulgo, aterrorizado, contempla en silencio el gran espectáculo de la muerte. Pág. 156

... Toda ciudad yoruba tiene su rey, que se llama oba.
... Toda su cultura está impregnada de una intensa sensualidad, elemento que los yorubas introdujeron en su momento en la cultura sudamericana, principalmente en la brasileña y la cubana. Pág. 162

... A los africanos les gusta mucho meterse en juicios. Les apasiona recorrer las salas de los juzgados y tribunales. Los periódicos están llenos de noticias sobre juicios. Y el abogado se convierte en la figura de máxima cualificación: sabe lo que está permitido y lo que no lo está. La gente lo mira con admiración: éste sí que sabe desenvolverse en la vida evitando trampas. Pág. 163

La cárcel desempeña un papel muy importante en el proceso creador de los mitos. El político ocupa posiciones muy diferentes en la sociedad antes y después de pasar por la cárcel. La cárcel afianza su posición y le hace ganar la confianza y la simpatía de la opinión pública. Con un poco de suerte, puede subir de un solo salto varios peldaños de su carrera política. Y a menudo entra en la historia. Pág. 167

... Es mejor sudar que orinar; los riñones trabajan menos. Pág. 170

... Tampoco puede ser corresponsal el que tiene miedo de la mosca tse-tse, de la cobra negra, del elefante, de los caníbales, de beber agua de ríos y arroyos, de comer tartas hechas de hormigas asadas; el que se estremece con sólo pensar en las amebas y en las enfermedades venéreas, en que le robarán y lo apalearán; el que ahorra cada dólar para construirse una casa cuando vuelva a su país; el que no sabe dormir en una choza de barro africana, y el que desprecia a la gente sobre la cual escribe. Pág. 173

... Y es que nuestra profesión recuerda el trabajo del panadero: sus bollos conservan el sabor mientras están calientes y recién hechos; a los dos días, se vuelven duros como una piedra, y a la semana, cuando se cubren de moho, ya no sirven sino para ser arrojados a la basura. Pág. 173-174

... Sentado a su mesa, el hombre nos recuerda más a un minusválido metido en un corsé ortopédico que a un funcionario responsable ocupándose de un trabajo serio. Pág. 177

... Los muebles separan a la gente; los hombres se atrincheran tras ellos como detrás de unas barricadas. Los perdemos de vista como a los pájaros que se esconden en los huecos de los árboles. Pág. 178

... Los muebles como género, como espécimen, son meros instrumentos, hasta esclavos al servicio del hombre, pero en nuestro caso los papeles se invierten: el hombre se convierte en instrumento y esclavo del mueble. Pág. 178

En América Latina, decía, la frontera entre el fútbol y la política es tan tenue que resulta casi imperceptible. Es larga la lista de los gobiernos que cayeron o fueron derrocados por los militares sólo porque la selección nacional había perdido un partido. Los periódicos llaman traidores a la patria a los jugadores del equipo perdedor. Cuando Brasil ganó en México el Campeonato Mundial, un amigo mío, exiliado político brasileño, estaba destrozado: "La derecha militar", dijo, "tiene asegurados por lo menos unos cinco años de gobierno sin que nadie la importune". Pág. 189-190
... En toda Latinoamérica, los estadios cumplen esta doble función; en tiempos de paz sirven como terreno de juego, y en tiempos de crisis se convierten en campos de concentración. Pág. 196

Todas las guerras provocan un terrible desorden y no hacen sino malgastar vidas y cosas. La humanidad lleva miles de años de guerras y, sin embargo, parece que cada vez se empiece desde el principio, como si se tratase de la primera guerra en la historia. Pág. 197.

... Verdaderamente, resulta muy desagradable la sensación que experimenta uno cuando camina consciente de que en cualquier momento le pueden meter un balazo. Las piernas se le vuelven como de plomo y gotas de sudor le empapan la frente. Sin embargo, nadie reconoció abiertamente que tenía miedo. Pág. 199
... No hay guerra que se pueda transmitir a distancia. Pág. 210

... La guerra vista a distancia y hábilmente manipulada en una mesa de montaje no es más que un espectáculo. En la realidad, el soldado no ve más allá de la punta de su nariz, tiene los ojos cubiertos de polvo e inundado de sudor, dispara a ciegas y se arrastra por la tierra como un topo. Y, sobre todo, tiene miedo. Pág. 211

... La guerra crea una situación en la que uno convive permanentemente con la muerte. Es una experiencia que siempre queda profundamente grabada en la memoria. Más tarde, conforme avanzan los años, el hombre recurre con una frecuencia cada vez mayor a sus vivencias de la guerra, como si con el paso del tiempo se le multiplicaran los recuerdos, como si hubiera pasado toda su vida en una trinchera. Pág. 211

La guerra del fútbol duró cien horas. El balance: seis mil muertos, veinte mil heridos. Alrededor de cincuenta mil personas perdieron sus casas y sus tierras. Muchas aldeas fueron arrasadas. Pág. 213

El fútbol ayudó a enardecer aún más los ánimos de chovinismo y de histeria seudopatriótica, tan necesarios para desencadenar la guerra y fortalecer así el poder de las oligarquías en los dos países. Pág. 215

Los dos gobiernos estaban satisfechos de la guerra, porque durante varios días Honduras y El Salvador habían ocupado las primeras planas de la prensa mundial y habían atraído el interés de la opinión pública internacional. Los pequeños países del Tercer Mundo tienen la posibilidad de despertar un vivo interés sólo cuando se deciden a derramar sangre. Es una triste verdad, pero así es (1969).

... Pero el creer en una sola alma no es más que una simplificación primitiva del complicado enigma de la existencia humana, pues la verdad es que en el cuerpo del hombre habitan muchos espíritus, instalados en las diversas partes de su organismo. Pág. 220

... Simón el Profeta iba de una a otra, retocando los inmóviles rostros de los santos. Les cambiaba el tono claro de sus frentes y el rosado de sus mejillas, convertía en gruesos sus labios finos y en rizados sus cabellos lisos. Hasta que los santos se tornaban negros, a imagen y semejanza de Simon y de sus fieles. Este fue el primer gesto revolucionario en el Congo: deslizar un pincel por una imagen.
... De ahí que cada vez que un nuevo presidente llega al poder, siempre hay un grupo de personas que abandonan el país. Pág. 224

... Necesitan del silencio los tiranos y los ocupantes que velan para que su actuación pase inadvertida. Advirtamos con cuánto celo lo cuidaron y lo mimaron todos los colonialismos. Con qué discreción trabajó la Santa Inquisición. Con qué empeño evitó toda publicidad Leónidas Trujillo. Pág. 225

... El silencio exige que los campos de concentración se levanten en lugares apartados. El silencio precisa de un aparato policial gigantesco. Necesita de todo un ejército de delatores. El silencio exige que sus enemigos desaparezcan de repente y sin dejar rastro.
... El silencio posee la facultad de expandirse…
... También tiene la capacidad de aumentar de peso, y de ahí que hablemos del "peso del silencio" igual que hablamos del peso de los cuerpos sólidos o líquidos.
... Hoy en día se habla mucho de combatir el ruido, cuando combatir el silencio es mucho más importante. En la lucha contra el ruido está en juego la tranquilidad de nuestros nervios, mientras que en la lucha contra el silencio lo que está en juego es la vida humana. Pág. 226

... ¿Qué abunda más: lo que se dice o lo que se calla? Se puede calcular con facilidad el número de personas que trabajan para la publicidad. ¿Y si se calculase el número de personas que trabajan para que las cosas se mantengan en silencio? ¿Cuál de las dos cifras sería mayor? Pág. 226-227

... Qué manera de desperdiciar las energías, pensé, qué humillación para la dignidad humana. Gentes sin nada que hacer, desocupadas, pululando por los suburbios de Lima y de Bogotá…
... Mil millones de personas capaces de trabajar que en toda su vida no han hecho nada o casi nada. No las necesita nadie, nadie las quiere en este mundo nuestro, en el que tanto queda por saber. Si se les diese una ocupación digna, la humanidad entraría en el camino de un progreso vertiginoso. Pág. 231

... Si bien aquí la gente es longeva, la mitad de sus vidas transcurre en la vejez. Pág. 233

... no existen medias tintas, todos los colores, llamativos, perfectamente definidos, chocan unos con otros con inusitada violencia. Pág. 238

Ogaden es un gran semidesierto, una sartén gigantesca en la que el aire abrasado por el sol hierve durante todo el día, y donde todo el esfuerzo del hombre se centra en la búsqueda de una sombra y de una brisa. Pág. 245

... para ellos, el mundo no se divide en países sino en lugares donde hay agua, y por tanto vida, y lugares donde impera la sequía, y por tanto la muerte. Pág. 249


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"Ébano"

Ryszard Kapuscinski

© Editorial Anagrama, 2000

El problema de África consistía en la contradicción entre el hombre y el medio, entre la inmensidad del espacio africano (¡más de treinta millones de kilómetros cuadrados!) y el hombre, indefenso, descalzo y pobre: su habitante. Se dirigiera la vista donde se dirigiese, todo estaba lejos, todo estaba desierto, deshabitado, infinito. Era necesario caminar cientos, miles de kilómetros para encontrar a otros seres humanos (no se puede decir: "a otro ser humano", porque en aquellas condiciones un hombre solo no podría sobrevivir). La información, el conocimiento, los avances de la técnica, los bienes de consumo, la experiencia de otros, nada de esto había penetrado, nada había encontrado el camino. No existía el intercambio entendido como una forma de participación en la cultura universal. Cuando surgía, se trataba de una excepción, era todo un acontecimiento, una fiesta. Y, sin el intercambio, no hay progreso.
La población de África no era sino una gigantesca y enmarañada red que, cubriendo todo el continente y hallándose en constante movimiento, fluía y se entrelazaba, se concentraba en un lugar y se dispersaba en otro. Una tela multicolor. Un tapiz abigarrado.
Esta forzada movilidad de su población ha hecho que en el interior de África no haya ciudades antiguas, tan antiguas –como las de Europa o de Oriente Medio– que se hayan conservado hasta hoy. Otra situación parecida –una vez más a diferencia de Europa y de Asia–: un gran número de comunidades (algunos dicen que todas) ocupa territorios en que no había vivido antes.
Todos han llegado de otros lares, todos son inmigrantes. África constituye su mundo común, pero dentro de sus fronteras, ellos se han desplazado, la han pateado durante siglos (en muchas partes del continente este proceso dura hasta hoy). De ahí el impactante rasgo de esa civilización: su provisionalidad, su carácter de algo accidental, su falta de continuidad material. La choza levantada tan sólo ayer hoy ya no existe. El campo cultivado hace tan sólo tres meses hoy es tierra baldía.
La continuidad que sí goza aquí de buena salud y cimenta diferentes comunidades es la de las tradiciones y ritos tribales y el profundo culto a los antepasados. De ahí que, más que una comunión material o territorial, el africano se siente ligado con sus allegados por una comunión espiritual. Pág. 25- 27

Perseguida e indefensa, África fue saqueada de sus gentes, arruinada y destruida. Quedaron despobladas vastas extensiones del continente y yermos de maleza cubrieron soleadas regiones de vegetación floreciente. Pero la huella más dolorosa y duradera la ha dejado aquella época en la memoria y la conciencia de los africanos: siglos de desprecio, humillación y sufrimiento han creado en ellos un complejo de inferioridad y un sentimiento de daño moral jamás reparado que anida en lo profundo de sus corazones.
El colonialismo vive su apogeo en el momento en que estalla la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, el curso de la misma y la elocuencia simbólica de su realidad inician el declive y anuncian la derrota de este sistema. Pág. 33

Y, de pronto, los africanos alistados a la fuerza en los ejércitos británico y francés ven cómo, en la guerra europea en la que participan, un blanco se pelea con otro blanco, cómo dispara sobre él y le destruye las ciudades. Es toda una revelación, conmoción y sorpresa. Los soldados africanos del ejército francés ven cómo Francia, su soberana colonial, es vencida y conquistada. Los soldados africanos del ejército británico ven cómo Londres, la capital del imperio, es bombardeada; ven a los blancos presa del pánico, a blancos que huyen, suplican y lloran. Ven a blancos desarrapados, hambrientos y clamando por pan. Y a medida que avanzan hacia el este de Europa –y junto a los blancos ingleses dan palizas a los blancos alemanes– se topan aquí y allá con columnas de blancos vestidos con uniformes a rayas, hombres-esqueletos, hombres-despojos. Pág. 35

El joven activista y teórico ghanés Kwame Nkrumah se convirtió en gran entusiasta del panafricanismo. En 1947, tras acabar la carrera universitaria en Norteamérica, regresó a su país natal. Fundó un partido al que atrajo a combatientes de la Segunda Guerra así como a la juventud, y en una de las concentraciones de Acra lanzó el combativo lema de "¡Independencia ya!". En aquel tiempo, en el África colonial, el lema sonó como el estallido de una bomba. Pero diez años más tarde Ghana se convertía en el primer país independiente del África subsahariana; y Acra, el primer centro, aún provisional e informal, de todos los movimientos, ideas y acción para todo el continente. Pág. 35-36

El comercio de esclavos: dura cuatrocientos años, empieza en el siglo XV y ... ¿termina? Oficialmente, en la segunda mitad del XIX, aunque en algunas ocasiones dura más: por ejemplo, hasta 1936 en Nigeria del Norte. Dicho comercio ocupa un lugar central en la historia de África. Millones (entre 15 y 30: existen diversos cálculos) de personas fueron secuestradas y transportadas más allá del Atlántico en condiciones terribles. Se estima que durante un viaje así (de dos o tres meses de duración) moría de hambre, asfixia y sed casi la mitad de los esclavos; hubo casos en que murieron todos. Los supervivientes trabajaban más tarde en las plantaciones de caña de azúcar y de algodón en el Brasil, en el Caribe y en los Estados Unidos, construyendo la riqueza de aquel hemisferio. Los traficantes de esclavos (principalmente portugueses, holandeses, ingleses, franceses, norteamericanos, árabes y sus socios africanos) despoblaron el continente y lo condenaron a una existencia vegetativa y apática: incluso ya en nuestros tiempos, grandes superficies de aquella tierra seguían despobladas y se habían convertido en desiertos. Hasta hoy día África no se ha desprendido de esta pesadilla, no ha levantado cabeza tras semejante desgracia.
El comercio de esclavos también ha tenido consecuencias desastrosas en el terreno psicológico. Envenenó las relaciones personales entre los habitantes de África, les inyectó odio y multiplicó las guerras. Los más fuertes intentaban inmovilizar a los más débiles para venderlos en el mercado, los reyes comerciaban con sus súbditos; los vencedores, con los vencidos; y los tribunales, con los condenados.
Semejante comercio marcó la psique del africano con el estigma tal vez más profundo, doloroso y duradero: el complejo de inferioridad. Pág. 92

Toda esta filosofía de desprecio y odio obsesivos, de vileza y salvajismo, antes de inspirar la construcción de Kolymá y Auschwitz, hacía siglos que había sido formulada y escrita por los capitales del Martha y el Progresso, el Mary Ann o el Rainbow, cuando al mirar desde sus cabinas por el ojo de buey hacia los palmerales y las playas incandescentes, aguardaban a bordo de sus barcos, atracados en las islas de Sherbro, Kwale o Zanzíbar, el cargamento de turno de esclavos negros.
En este comercio –planetario a decir verdad, pues participaron en él Europa, las dos Américas y muchos países de Oriente Medio y Asia–, Zanzíbar se revela como una estrella negra y triste, una dirección nefasta, una isla maldita. Durante años, más aún, durante siglos enteros, se dirigen hacia ella caravanas de esclavos recién atrapados en el interior del continente, en el Congo y Malawi, en Zambia, Uganda y Sudán. A menudo atados con cuerdas para que no se escapen, sirven al mismo tiempo como porteadores: llevan al puerto, a los barcos, mercancías muy preciadas; a saber, toneladas de marfil, de aceite de palmera, pieles de animales salvajes, piedras preciosas, ébano...
Trasladados de tierra firme a la isla a bordo de barcazas, son expuestos en el mercado como un producto cualquiera. El mercado se llama Mkunazini y es una plaza, situada cerca de mi hotel, en la que hoy se levanta la catedral anglicana. El abanico de precios es muy amplio: desde el dólar por un niño hasta los doce por una muchacha joven y hermosa. Pág. 93

Lo que describo se produce en un momento en que el mundo árabe y el África negra, a un mismo tiempo, se hallan en el camino de la independencia. ¿Pero qué significa esto en Zanzíbar? Aquí los árabes dicen: Queremos independencia (bajo lo cual entienden: Queremos conservar el poder). Los africanos dicen lo mismo: Queremos independencia, pero cargan este lema de otro sentido, a saber: ya que somos mayoría, el poder debe pasar a nuestras manos.
He ahí la manzana de la discordia y el meollo del conflicto. Además, los ingleses no hacen sino añadir leña al fuego. Como están en buenas relaciones con los sultanes del Golfo Pérsico (de los cuales procede el sultán de Zanzíbar) y temen una África revuelta, declaran que Zanzíbar forma parte del mundo árabe y no africano, y al concederle independencia reafirman el poder de los árabes. Pág. 96

En su breve historia, muchos países africanos viven de esta manera su segunda etapa. La primera ha consistido en una descolonización rápida, en conseguir la independencia. Optimismo, entusiasmo y euforia se adueñaron de todo el mundo. La gente estaba convencida de que la libertad significaba un techo mejor encima de su cabeza, un cuenco de arroz más grande y unos zapatos, los primeros en la vida. Que se produciría un milagro: la multiplicación del pan, de los peces y del vino. No se produjo nada de esto. Todo lo contrario: aumentó vertiginosamente la población, para la cual faltó comida, escuelas y trabajo. Decepción y pesimismo no tardaron en reemplazar al optimismo. Toda la amargura, rabia y odio se dirigieron hacia las propias élites, que, voraces, se dedicaban a llenarse los bolsillos lo más deprisa posible. En un país que no tiene una gran industria privada, donde las plantaciones pertenecen a extranjeros y los bancos también son propiedad de capital extranjero, una carrera política es la única posibilidad de amasar una fortuna.
En resumen: la pobreza y la decepción de los de abajo y la codicia y la voracidad de los de arriba crean un ambiente emponzoñado y minado que el ejército olfatea; presentándose como defensor de los humillados y ofendidos, abandona los cuarteles y alarga la mano para tomar el poder. Pág. 115

En aquella época, en Etiopía murió un millón de personas, pero primero lo ocultó el emperador Haile Selassie, y luego, el hombre que le había arrebatado el trono y la vida, el comandante Mengistu. Los separaba la lucha por el poder, los unía la mentira. Pág. 146

Amín es un bayaye típico… llegó a campeón de Uganda de los pesos pesados. Pág. 151

Son los años cincuenta: se acerca la época de la independencia. Ha llegado el tiempo de la africanización, también en los ejércitos. Pero los oficiales británicos y franceses quieren quedarse en ellos el mayor tiempo posible. Para demostrar que son insustituibles, de entre sus subordinados africanos ascienden a hombres de tercer orden, sin muchas luces pero obedientes; de la noche a la mañana, convierten a cabos y sargentos en coroneles y generales. Bokassa en la República Centroafricana, Soglo en Dahomey y Amín en Uganda pueden servir de ejemplo. Pág. 152

A fin de cuentas, la mayor parte de los blancos ha muerto en el mundo no a manos de negros sino de blancos, y la mayoría de los negros ha muerto en nuestro siglo a manos de negros, y no de blancos. Pág. 152

La SRB sembró el terror en Uganda. La fuerza de este organismo radicaba en el hecho de que cada uno de sus miembros tenía acceso a Amín. Pág. 157

Amín huyó a Libia y luego se instaló en Arabia Saudí, que de esta manera le pagó por sus servicios en la expansión del Islam. Pág. 158

Pues bien, en África los niños llevan años, muchos, mucho tiempo, matando a otros niños, y en masa. A decir verdad, las guerras contemporáneas que se libran en este continente son guerras de niños. Pág. 160

Estas escaramuzas armadas de la chiquillería resultan especialmente encarnizadas y sangrientas, porque el niño carece del instinto de conservación, no siente ni comprende el horror de la muerte, desconoce el miedo que sólo la madurez le hará conocer. Pág. 160

Las guerras de niños se han hecho posibles también gracias al desarrollo tecnológico. Hoy las armas de repetición de mano son ligeras y cortas; sus nuevas generaciones se asemejan cada vez más a juguetes infantiles. Pág. 161

"La civilización moderna -concluye- aquí no ha aportado nada: ni la luz eléctrica, ni el teléfono, ni la televisión. Lo único que han traído son las metralletas. Pág. 165

La emboscada es la forma de lucha que con más frecuencia se aplica en África. Para los que la organizan, tiene muchas ventajas. Los artífices de las asechanzas aprovechan, antes que nada, el factor sorpresa... Pág. 166

El punto principal de la ceremonia de celebración de la fiesta nacional consistía, año tras año, en un desfile de estas vacas ante la tribuna real. Pág. 179

Como suele suceder en casos semejantes, no encuentran sino una respuesta: retrasar soluciones, demorarlo todo. Hasta entonces, los belgas habían gobernado Ruanda apoyándose en los tutsis: se apoyaban en ellos y los utilizaban. Pero los tutsis forman la capa más instruida y ambiciosa de los banyaruanda, y son precisamente ellos los que ahora exigen la independencia. Y además, ¡ya!, cosa para la que los belgas no están preparados en absoluto. Así que Bruselas, bruscamente, cambia de táctica: abandona a los tutsis y empieza a apoyar a los hutus, más sumisos y dispuestos a compromisos. Comienza por iniciarlos contra los tutsis. Los efectos de tal política no se hacen esperar. Los hutos, animados y envalentonados, se lanzan a la lucha. En 1959 estalla en Ruanda una sublevación campesina. Precisamente allí, único caso en África, el movimiento de liberación adoptó formas de revolución social, antifeudal. De entre toda África, sólo Ruanda vivió su toma de la Bastilla, su destronamiento de un rey, su Gironda y su Terror. Pág. 180-181

Así se origina la tragedia ruandesa, el drama del pueblo de los banyaruanda, la imposibilidad –como el caso palestino– de conciliar las razones de dos comunidades que reclaman el derecho a un mismo territorio; un pedazo de tierra, empero, demasiado pequeño y apretado para darles cabida. En medio de este drama nace la tentación –en un principio débil y poco definida, pero con el paso de los años cada vez más clara e insistente– de la Endlösung, la solución final. Pág. 183

Toda la historia de las relaciones entre hutus y tutsis no es más que una negra cadena de incesantes pogromos y masacres, de destrucciones mutuas, de migraciones forzosas y odios enconados. En la pequeña Ruanda no hay lugar para dos pueblos tan extraños y enemistados a muerte. Pág. 192

Existen cálculos dispares del número de víctimas. Unos hablan de medio millón, otros de uno. Nadie obtendrá jamás cifras exactas. Lo que más aterra en todo esto es el hecho de que unos hombres inocentes han dado muerte a otros hombres inocentes, haciéndolo, además, sin motivo alguno, sin ninguna necesidad. Aún así, incluso si no se tratase de un millón sino, por ejemplo, de un solo hombre inocente, ¿acaso no sería ello prueba suficiente de que el diablo mora entre nosotros, sólo que en la primavera de 1994 se encontraba precisamente en Ruanda? Pág. 193

La primera guerra sudanesa se prolongó durante diez años, hasta 1972. Después, a lo largo de otros diez, hubo una paz, frágil e inestable, tras lo cual, en 1983, cuando el gobierno islámico de Jartum intentó imponer a todo el país la ley coránica (sharia), empezó una nueva fase, la más terrible, de la vieja contienda, que dura hasta hoy. Se trata de la mayor guerra y la más larga de la historia de África y, seguramente, es la más grande del mundo en el momento presente, pero, como se desarrolla en una provincia profunda de nuestro planeta y no constituye amenaza directa para nadie –en Europa o Norteamérica, pongamos por caso–, no despierta mayor interés. Por añadidura, los escenarios de esta guerra, sus extensos y trágicos campos de la muerte, a causa de las dificultades del transporte y de las drásticas restricciones de Jartum, permanecen prácticamente inaccesibles para los medios de comunicación; de modo que la mayoría de la gente en el mundo no tiene ni la más remota idea de que Sudán es escenario de una gran guerra. Pág. 207

Así nació la dominante clase de los latifundistas árabes, que, aliada con el generalato y la élite burocrática, tomó el poder en 1956 y lo ejerce hasta hoy, liderando una guerra contra el "negro" Sur, al que trata como a una colonia suya, al tiempo que oprime a sus hermanos de etnia, los árabes del Norte.

La guerra, incluso la más larga y grande, desciende deprisa a la zona de la no-memoria y cae en el olvido. Pág. 209

¿Documentos? Aquí jamás los ha habido. No hay órdenes escritas, ni mapas del estado mayor, ni claves, ni octavillas, ni llamamientos, ni periódicos, ni correspondencia. No existe la costumbre de escribir memorias ni diarios (muchas veces, las más, es que, simplemente, no hay papel). No existe tradición de escribir la historia. Pág. 210

El régimen de Jartum lleva años utilizando el arma del hambre para aniquilar la población del Sur. Hace hoy con los dinka y con los nueros lo que Stalin hizo con los ucranianos en 1932: condenarlos a la muerte por hambre. Pág. 211

El somalí nace en algún lugar junto a un camino, en una cabaña-refugio o, simplemente, bajo el cielo raso. Jamás sabrá su lugar de nacimiento, que tampoco será inscrito en parte alguna. Al igual que sus padres, no tendrá una aldea o un pueblo natal. Tiene una única identidad: la que marca su relación con la familia, el grupo de parientes y el clan. Cuando se encuentran dos desconocidos, empiezan diciendo: ¿Que quién soy? Soy Soba, de la familia de Ahmad Abdullah, la cual pertenece al grupo de mussa Araye, que, a su vez, pertenece al clan de Hasean Said, el cual forma parte de la unión de clanes isaaq, etc. Tras semejante presentación, le toca el turno al segundo desconocido, quien procederá a facilitar los detalles de su origen y definir sus raíces, y ese intercambio de información, que se prolonga durante largo rato, resulta sumamente importante, pues ambos desconocidos intentan averiguar lo que los une o separa, y si se fundirán en un abrazo o se abalanzarán el uno sobre el otro con un cuchillo. Pág. 217

Cuando el niño cumple ocho años, se le concede un gran honor: a partir de este momento, junto con sus compañeros, se encargará de cuidar de un rebaño de camellos, el tesoro más preciado de los nómadas somalíes. Entre ellos, todo se mide por el valor de los camellos: la riqueza, el poder, la vida. Sobre todo la vida. Si Ahmed mata a un miembro de otra familia, la suya tiene que pagar a la del muerto una indemnización. Si ha matado a un hombre, cien camellos; y si a una mujer, cincuenta. Si no, ¡habrá guerra! Sin camellos la persona no puede existir. Se alimenta de la leche de las hembras. Traslada su casa a lomos del animal. Sólo vendiéndolo puede fundar una familia: entrar en posesión de una esposa exige pagar un precio, siempre en camellos, a los parientes de la elegida. Finalmente, salvará la vida, pagando la correspondiente indemnización con dichos animales. Pág. 218

A mí me resultaba de lo más chocante que cada vez que encontrábamos a unos somalíes al borde de la muerte, acompañados de unos camellos en el mismo estado, aquellos hombres por nada del mundo querían separarse de sus animales, aun a sabiendas de que no los aguardaba sino una muerte segura. Pág. 221

Pues bien, aquellos somalíes eran capaces aun de hacer ahorros, de vender el maíz y el azúcar a los mercaderes que deambulaban por el campamento, de acumular una suma de dinero necesaria para comprar un camello y huir al desierto. Pág. 221

En aquella ocasión vi una vez más que en África, a pesar de que los robos se repiten a cada paso, la reacción ante el ladrón entraña un rasgo irracional, rayano en la locura. Pág. 226

… por eso, paradójicamente, el trabajo de la policía no consiste tanto en perseguir a los ladrones como, más bien, en defenderlos y salvarles el pellejo. Pág. 227

… se ve en la tradición e imaginación de sus habitantes no existe la noción del espacio dividido, diversificado y segmentado. Pág. 229

Aquí, la vida es un esfuerzo continuo, un intento incesante de encontrar ese equilibrio tan frágil, endeble quebradizo entre supervivencia y aniquilación. Pág. 229

Una vez hice el esfuerzo de ir al mediodía de choza en choza. Eran las doce. En todas ellas, sobre el suelo de barro o sobre esteras y camastros, estaban tumbadas personas mudas e inmóviles. Sus rostros aparecían cubiertos de sudor. La aldea era como un buque submarino en el fondo del océano: existía pero sin dar señales de vida, sin voz y sin movimiento alguno. Pág. 230

Al enterarse de la huida de su líder, aquel ejército poderoso y armado hasta los dientes se desmoronó en pocas horas. Los soldados, hambrientos y desmoralizados, en un instante se convirtieron en mendigos, ante los ojos de los atónitos habitantes de la ciudad. Pág. 234

Alguien trajo de Londres un número de Hal-Abuur (Journal of Somali Literature and Culture), revista trimestral somalí, publicado en verano de 1993. Los conté: de entre sus diecisiete autores, científicos y escritores –intelectuales somalíes de primera fila– nada menos que quince vivían en el extranjero. He aquí uno de los problemas de África: la mayor parte de su intelligentsia vive fuera del continente; en los EEUU, en Londres, en París, en Roma... En sus países, in situ, han quedado: abajo, las masas formadas por un campesinado ignorante, atemorizado y explotado hasta la última gota de sudor; y arriba, la clase de los burócratas corruptos hasta la médula o la soldadesca arrogante (el lumpenmilitariat, como la define el historiador ugandés Ali Mazrui). ¿Cómo puede África desarrollarse, participar en la gran transformación del mundo, sin la intelligentsia, sin una propia clase media culta? Además, cuando un académico o escritor africano es objeto de represalias en su patria, lo más normal es que éste no busque refugio en otro país de su continente sino, y sin dilación, en Boston, Los Ángeles, Estocolmo o Ginebra. Pág. 236-237

- África necesita una nueva generación de políticos que sepan pensar de la nueva manera. La presente tiene que marcharse. En lugar de pensar en el desarrollo, sólo piensa en cómo mantenerse en el poder;
¿Una salida para África? Crear un nuevo clima político:
a) aceptar, como obligatorio, el principio del diálogo;
b) garantizar la participación de la sociedad en la vida pública;
c) respetar os derechos humanos básicos;
d) empezar la democratización.
Si hacemos todo esto, los políticos de nuevo cuño surgirán solos. Políticos que tendrán su propia visión de las cosas, clara y nítida. Pág. 240

Exactamente sobre el mismo tema hablo un día con A., un inglés viejo que lleva años viviendo en África. A saber: la fuerza de Europa y de su cultura, a diferencia de otras culturas, radica en su capacidad crítica y, sobre todo, en su capacidad para la autocrítica. En su arte de análisis e investigación, en sus búsquedas continuas, en su inquietud. La mente europea reconoce que tiene límites, acepta su imperfección, es escéptica, duda y se plantea interrogantes. Otras culturas carecen de tal espíritu crítico. Más aún, tienden a la soberbia, a considerar todo lo propio como perfecto; en una palabra, se muestran todo menos críticas con ellas mismas. Las culpas de cualquier mal las cargan, exclusivamente, sobre otros, sobre fuerzas ajenas (complots, espías, dominación exterior, en la forma que sea). Perciben toda crítica como un ataque maligno, como una prueba de discriminación, como racismo, etc. Los representantes de estas culturas consideran la crítica como una ofensa a sus personas, como un intento premeditado de humillarlos, incluso como una forma de enseñarse con ellos. Si se les dice que su ciudad está sucia, lo perciben como si les dijésemos que lo están ellos, que tienen sucias las orejas, el cuello, las uñas, etc. En lugar de sentido autocrítico, llevan dentro un montón de resentimientos, complejos, envidias, rencores, enojos y manías. Esto hace que, desde el punto de vista de su cultura, de su estructura, sean incapaces de progresar, de crear en ellos, en su interior, una voluntad de cambio y desarrollo. Pág. 240-241

La cultura africana no conoce el transporte rodado, la gente lo lleva todo ella misma, preferentemente sobre la cabeza. Pág. 242

El bidón de plástico tiene un número de virtudes ilimitado. Una de las más importantes radica en que sustituye a la persona en una cola. Pág. 243

Liberia no constituye sino la prolongación del orden establecido por el sistema de la servidumbre, impuesto por la voluntad de los propios esclavos, que no desean destruir un sistema injusto, sino que lo quieren conservar, desarrollar y usar en provecho de sus intereses personales. Salta a la vista que una mente sometida, envilecida por la experiencia de la esclavitud, una mente –en palabras de Milosz– "nacida en la no libertad, encadenada desde el alumbramiento", no sabe pensar, no sabe imaginarse un mundo libre en el que las personas, todas, también lo fuesen. Pág. 252

Un año antes del nacimiento de Lenin, esto es en 1869, se crea en Monrovia el True Whig Party, que detentará el monopolio del poder en Liberia a lo largo de ciento once años, es decir, hasta 1980. Pág. 255

Sólo siendo miembro del partido se podía llegar a conseguir algo. Sus adversarios o estaban encarcelados o vivían en el exilio. Pág. 255

Tanto como el poder a Tubman, a Tolbert lo fascinaba el dinero. Era la corrupción personificada. Pág. 257

En la madrugada del 12 de abril de 1980, un grupo de soldados irrumpió en la residencia presidencial y descuartizó a Tolbert en la cama. Le sacaron las entrañas y las arrojaron al patio, para que las devorasen los perros y los buitres. Pág. 257

El poder de los ricos, mundanos y bien asentados américo-liberianos (que mientras tanto habían conseguido huir del país) pasó ahora a manos de una tribu selvática, mísera, analfabeta y asustada ante su nueva situación, los krahn, que, repentinamente sacados de sus cabañas hechas de esparto y hojas trenzadas, por primera vez en su vida veían cosas como una ciudad, un coche o unos zapatos. Comprendían, eso sí, que la única manera de sobrevivir consistía en aterrorizar o en liquidar a sus enemigos, reales y potenciales, es decir, a todos los no krahn. Pág. 259

En la opinión pública local, político es sinónimo de jefe de un gang de delincuentes que hace negocios con el tráfico de drogas y de armas, y pone el dinero a buen recaudo en cuentas abiertas en bancos extranjeros, porque sabe que su carrera no durará mucho, que él mismo acabará teniendo que huir y necesitará medios de vida. Pág. 261

Cuando estuve en Monrovia, el casete que mostraba cómo se había torturado al presidente era el producto más atractivo en el mercado de medios de comunicación. Pág. 262

Después de cien metros ya me veo rodeado por niños pequeños de caras hinchadas y ojos cansados, algunos sin un brazo o sin una pierna. Mendigan. Son los soldados de las Small Boys Units de Charles Taylor, las más terribles de sus unidades. Taylor recluta a niños pequeños y les da armas. También les da drogas, y cuando se hallan bajo sus efectos, empuja a esos niños al ataque. Los chiquillos, atontados, se comportan como kamikazes, se lanzan al fragor de la lucha, van directamente al encuentro de las balas, estallan junto con las minas. Cuando su dependencia crece hasta tal punto que dejan de ser útiles, Taylor los expulsa. Algunos llegan hasta Monrovia y acaban su breve vida en alguna cuneta o basurero, comidos por la malaria o por el cólera o por los chacales. Pág. 264

El número de ‘warlords’ va en aumento. Es una nueva fuerza, una nueva clase de soberanos. Al apropiarse de los bocados más suculentos, de las partes más ricas de sus países, hacen que el Estado, aunque consiga mantenerse a flote, siempre será débil, pobre e impotente.
Por eso mismo África es tan infrecuente escenario de guerras interestatales: a los países del continente los une una misma desgracia; inseguros de su destino, comparten un futuro incierto. Por el contrario, abundan las guerras civiles, es decir aquellas en cuyo curso los warlords se reparten el país entre ellos y saquean a sus habitantes y se adueñan de las tierras y de las materias primas.
Aunque también sucede a veces que los ‘warlords’ lleguen a la conclusión de que todo lo que había por robar ya ha sido rapiñado y se ha agotado la fuente de sus ingresos. Entonces empiezan lo que llaman un proceso de paz. Convocan una conferencia de las facciones en lucha (la llamada warring factions conference), firman un acuerdo y fijan una fecha para unas elecciones. En respuesta, el Banco Mundial les concederá todos los préstamos y créditos que soliciten. Entonces los warlords serán todavía más ricos de lo que han sido, pues al Banco Mundial se le puede arrancar mucho más que a unos compatriotas muertos de hambre. Pág. 270

No perdamos de vista que África cuenta con auténticas masas de mullahs y morabitos islámicos, con ministros de cientos de sectas y de fracciones cristianas y, también, con sacerdotes al servicio de dioses y objetos de culto africanos. Pág. 277

Estoy pensando en el campamento que hemos dejado atrás al salir de Dakar, en el sino de sus habitantes. En lo provisional de su existencia, en las preguntas acerca de su finalidad y sentido, preguntas que, por lo demás, tampoco plantean a nadie, ni siquiera a sí mismos. Si el camión no trae comida, morirán de hambre. Si la cisterna no trae agua, morirán de sed. No tienen para qué ir a la ciudad, y en cuanto al campo, no tiene por qué volver. No cultivan nada, no crían nada, no producen nada. Tampoco estudian. No tienen una dirección, ni dinero, ni documentación. Todos han perdido sus casas; muchos, a sus familias. No tienen a quién acudir para quejarse ni a nadie de quién esperar algo. Pág. 288

La africana es una cultura del intercambio. Tú me das algo y es mi obligación corresponderte. Y no sólo una obligación. Lo exige mi dignidad, mi honor y mi humanidad. Pág. 291

Las dos comunidades, la sedentaria y agrícola bantú y la rauda y errante tuareg, siempre se han regido por filosofías opuestas. Para los bantúes, la tierra, sede de sus antepasados, constituye la fuente de su fuerza, incluso de la vida. Sepultan a sus muertos en los campos que cultivan, a menudo en las proximidades de sus casas o incluso bajo el suelo de la choza en que viven. De esta manera, el que ha muerto sigue compartiendo, aunque sólo sea simbólicamente, la existencia de los vivos, a los que protege, aconseja, concilia, bendice o castiga. La tierra de la tribu, de la familia, no sólo es una fuente de sustento sino también un valor sagrado, el lugar del que ha nacido el hombre y al que volverá. Pág. 298

El tuareg –errante–, hombre de espacios abiertos y confines infinitos, el veloz jinete de la caballería ligera, el costado del Sahara, muestra una actitud muy diferente hacia los antepasados. El que muere desaparece de la memoria de los vivos. Los tuaregs entierran a sus muertos en el desierto, en cualquier lugar, obedeciendo a una sola regla: no volver por allí nunca más. Pág. 298

La mayoría de estas sectas tiene sus sedes centrales en los Estados Unidos, en las Antillas y otras islas del Caribe, o en Gran Bretaña. Precisamente de allí salen, con destino a sus filiales y misiones africanas, las dotaciones económicas, la ayuda para la medicina y la enseñanza. En vista de ello, la pobre África es una cantera inagotable de aquellos que desean engrosar las filas de las sectas. Éstas, a su vez, cuidan mucho de que sus adeptos ocupen una determinada posición social y económica. Por eso no aceptan a pobres diablos muertos de hambre. Ser miembro de una secta significa todo un ennoblecimiento. África alberga a muchos miles de tales comunidades y sus miembros se cuentan por millones. Pág. 304

El mercado africano es un gran amontonamiento de baratijas de diverso pelaje. Una mina de chucherías y trastos chapuceramente hechos. Montañas de birrias y de pegotes kitsch. Pág. 314

Sea como fuere, resulta muy difícil no toparse con alguien que no haya rozado el elemento y la pasión más arrebatadora de África: el comercio. Pág. 315

La guerra se acabó en 1991 y dos años más tarde Eritrea se convirtió en un país independiente. Y lo había sido un logro y el orgullo de los eritreos ahora se ha convertido en su problema y su tragedia: Pág. 324

Eritrea: dos alturas, dos climas y dos religiones. En el altiplano, allí donde se levanta Asmara y no hace tanto calor, vive la comunidad tigriña. Pertenece a ella la mayoría de los habitantes del país. Los tigriña son cristianos, coptos para ser exactos. La otra parte de Eritrea son las tórridas llanuras semidesérticas a orillas del Mar Rojo, entre Sudán y Djibuti. Pág. 326-327

… bajo el sol africano, para existir, el hombre necesita sombra, y el árbol es su único depositario y administrador. Pág. 330

… los africanos están dotados de una naturaleza gregaria y muestran una gran necesidad de participar en todo aquello que constituye la vida colectiva. Pág. 330

Si entre dos habitantes de la aldea surge una disputa, el tribunal reunido bajo el árbol no buscará la verdad ni intentará averiguar quién tiene razón, sino que se dedicará, única y exclusivamente, a quitar hierro al conflicto y a llevar a las partes hacia un acuerdo, no sin considerar justas las alegaciones de ambas. Pág. 330-331

… la discusión exige mirar al rostro del hablante; que se vea si sus palabras y sus ojos dicen lo mismo. Pág. 331

¿Cuánto? Hasta donde llega la memoria. Aquí, la frontera de la memoria también lo es de la Historia. Antes no había nada. El antes no existe. La Historia no llega más allá de lo que se recuerda. Pág. 331

El africano nunca deja de sentirse amenazado. Pág. 332

Aquí todo se produce de manera multiplicada, desbocada, histéricamente exagerada. Pág. 332

El africano es un hombre que desde que nace hasta que muere permanece en el frente, luchando contra la –excepcionalmente malévola– naturaleza de su continente, y ya el mero hecho de que esté con vida y sepa conservarla constituye su mayor victoria. Pág. 332

Pero por eso mismo, libre de lastres, del rigor de los datos y las fechas, la Historia alcanza aquí su encarnación más pura y cristalina: la del mito. Pág. 333

En tal concepción del tiempo, no existe la noción de progreso, cuyo lugar lo ocupa la de durar. África es un eterno durar. Pág. 333

De modo que el lugar bajo el mango permanecerá vacío hasta la madrugada. Al alba en la tierra aparecerán, al mismo tiempo, el sol y la sombra del árbol. El sol despertará a la gente, que no tardará en ocultarse ante él, buscando la protección de la sombra. Es extraño, aunque rigurosamente cierto a un tiempo, que la vida del hombre dependa de algo tan volátil y quebradizo como la sombra. Por eso el árbol que la proporciona es algo más que un simple árbol: es la vida. Si en su cima cae un rayo y el mango se quema, la gente no tendrá dónde refugiarse del sol ni dónde reunirse. Al serle vetada la reunión, no podrá decidir nada ni tomar resolución alguna. Pero, sobre todo, no podrá contarse su Historia, que sólo existe cuando se transmite de boca en boca en el curso de las reuniones vespertinas bajo el árbol. Así, no tardará en perder sus conocimientos del ayer y su memoria. Se convertirá en gente sin pasado, es decir, no será nadie. Pág. 333

Pero en África la soledad es imposible; solo, el hombre no sobrevivirá ni un día: está condenado a muerte. Por eso, si el rayo destruye el árbol, también morirán las personas que han vivido a su sombra. Y así está dicho: el hombre no puede vivir más que su sombra. Pág. 334

-El desierto te enseñará una cosa –me dijo en Niamey un vendedor ambulante sahariano–: que hay algo que se puede desear y amar más que a una mujer. El agua. La sombra y el agua, dos cosas volátiles e inseguras, que aparecen para luego desaparecer no se sabe por dónde. Pág. 334

El drama de éstas –incluida la europea– consistió, en el pasado, en el hecho e que sus primeros contactos recíprocos pertenecieron a una esfera dominada, las más de las veces, por hombres de la más baja estofa: ladrones, sicarios, pendencieros, delincuentes, traficantes de esclavos, etc. También se dieron casos –pocos– de otra clase de personas: misioneros honestos, viajeros e investigadores apasionados, pero el tono, el estándar y el clima los creó y dictó, durante siglos, la internacional de la chusma rapiñadora. Pág. 336

No les interesaba sino conquistar, saquear y masacrar. Pág. 336

La monopolización de los contactos interculturales por una clase compuesta de brutos ignorantes decidió y selló el mal estado de sus relaciones recíprocas. Pág. 336-337

Cada una de las lenguas europeas es rica, sólo que su riqueza no se manifiesta sino en la descripción de su propia cultura, en la representación de su propio mundo. Sin embargo, cuando se intenta entrar en territorio de otra cultura, y describirla, la lengua desvela sus límites, su subdesarrollo, su impotencia semántica. Pág. 338

El espíritu de África siempre se encarna en un elefante. Porque al elefante no lo puede vencer ningún animal. Ni el león, ni el búfalo, ni la serpiente. Pág. 339-340

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